Columnistas

Del placer de traicionar
Autor: José Alvear Sanin
20 de Mayo de 2015


En mi juventud leía con frecuencia a Henry de Montherlant (1895-1972), mediocre novelista antes de la guerra, exitoso dramaturgo después de ella.

Acusado de elegante colaboración literaria con el ocupante nazi, se excusó diciendo que obedecía al “goût de trahir”, expresión que puede traducirse como el placer de traicionar. Desde entonces me causa escalofrío, aun antes de encontrar en otra clase de collaborateur, Jean Genet (1910-1986), maleante, ladronzuelo y delator al servicio de la Gestapo, en su novela Prisonnier d´amour, esta aterradora confesión: “Quien no ha experimentado el éxtasis de traicionar, nada sabe sobre el éxtasis”.  


Entonces, la definición de la traición como “falta que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener” (Drae), no capta el asco que ella produce en quienes la padecen o en quienes la observan. La traición a la patria, por ejemplo, suscita un repudio visceral que explica la aceptación de la pena de muerte para quienes la cometen, porque jamás una pena inferior satisface la justicia.


Por eso, desde hace meses vengo preocupado con el tema de la traición a la patria, porque la preparación de la entrega del país a los peores criminales de su historia, para muchos representa la alta traición como la ha entendido la tradición jurídica anglosajona. 


Otros piensan que esa traición es imposible, dados los antecedentes oligárquicos, dinásticos y sociales del doctor Juan Manuel Santos. Sin embargo, Freud, en El malestar en la cultura, nos advierte que los “hombres cometen actos de crueldad, perfidia, traición y barbarie sin justificación alguna”, además de recordarnos una y otra vez que “se encuentra placer en la agresión”. 


Acabo de tropezar con un excelente ensayo, Nietzsche y Freud, negación, culpa y crueldad: Las pulsiones y sus destinos (Agresividad y destructividad), de Adolfo Vásquez Rocca, catedrático de la Complutense. De acuerdo con ese texto, el filósofo opina que la crueldad es la “gran alegría festiva de la humanidad”, que “ver sufrir produce bienestar (...) hacer sufrir, más bienestar todavía”, mientras el psicoanalista dice que muchas veces “el núcleo del sueño es la trasgresión de la ley, sus contenidos —sadismo, crueldad, perversión, incesto— son deseos reprimidos. Se sueña contra la ley”.


A medida que se hace más evidente la imposibilidad de lograr la paz con las Farc (porque ellas solo aceptan la entrega del país), con mayor tozudez insiste el presidente en acelerar el proceso que nos conduce al abismo. ¿Será que haciéndonos sufrir, cada día más, deriva el gobernante mayor bienestar, mayor placer?


Cuando la traición no es motivada por dádivas, parece incomprensible. Por ejemplo, Dalí reconocía que escupir el retrato de sus padres le producía placer, y Proust, tan apegado a su madre, regaló sus muebles al regente de un burdel homosexual...


Traigo estos terribles casos a colación porque no entiendo cómo el hijo de Enrique Santos, el resobrino de Eduardo, el primo hermano de Hernando, el editorialista económico de El Tiempo, el jugador de póker en los más exclusivos clubes y el perpetuo anglófilo, puede gozar con su ingreso al exquisito círculo de Castro, Maduro, Evo, Timochenko, Iván Marquéz, Pablo Catatumbo, Pastor Alape y Petro, y ver cómo se va convirtiendo Colombia en un narcoestado gobernado por la más sanguinaria camarilla. 


Alejo entonces de mi mente la imagen del doctor Santos desacralizando sus ídolos familiares, con la esperanza de que todavía sea capaz de separarse de sus nuevos mejores amigos, para regresar a las antiguas y más aconsejables compañías, porque en lo más profundo del Inferno, Dante (canto XXXIV), encuentra merecidamente junto a Dite, al Iscariote, a Bruto, a Casio...


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Nadie se ha pronunciado mejor que Edward Ávila, cuyas piernas exhibe el ELN como trofeo, cuando dice: 1. Que la negociación debe ser entre el Estado y los delincuentes y no entre el gobierno y las Farc. 2. Que todo el pueblo debe conocer lo que se negocia. Estadista el cabo, frente al pelele elástico del mindefensa. 


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En el baboso comunicado n° 50, del pasado 8 de mayo, De La Calle implora a las Farc que no incorporen menores de 17 años, porque les recuerda que la edad autorizada en la legislación colombiana para reclutar es de 18.