Columnistas

Una masacre con lecciones
Autor: Alfonso Monsalve Solórzano
19 de Abril de 2015


El vil asesinato de los militares en el departamento del Cauca ha conmovido la conciencia nacional.

Aunque durante el criminal accionar de las Farc durante las conversaciones, los colombianos hemos reaccionado ante sus horribles crímenes, este se ha convertido en un revulsivo, en un grito de Basta Ya,  contra esa organización, por las circunstancias en las que se cometió: en medio de una tregua unilateral anunciada por la organización terrorista  (aunque violada casi a diario) y el premio de la suspensión de bombardeos por parte de las Fuerzas Armadas, concedido por el Gobierno, sin que se sepa por qué, dada la evidencia de que las Farc han seguido atacando a militares y civiles.


Revuelve el estómago, aunque uno creería que ya está acostumbrado a todo, la respuesta que los cabecillas han dado al clamor nacional de que dejen de matar con sevicia a nuestros soldados: que es responsabilidad del Gobierno y que lo que hay que hacer es declarar un cese bilateral del fuego. ¡Ah! Y que este tipo de “incidentes” se seguirán produciendo si no se aceptan todos sus términos.


¿Cómo, dígame alguien, pueden las Farc, que están en esa supuesta tregua, declarada unilateralmente por ellas, liquidar a once militares y dejar heridos a diez y ocho, y mantener, a la vez, que siguen en dicha tregua, pero que seguirán atacando a nuestras Fuerzas? ¿Que fue, según argumentan, una operación defensiva? Monstruoso. Ha quedado claro que el Ejército estaba en una misión contra narcotraficantes de esa organización. Con la disculpa de la tregua, ¿pueden estos criminales seguir con sus cultivos de coca y tráfico del alcaloide?  ¿La tregua es para que puedan narcotraficar sin que los estorben o persigan? ¡No faltaba más! Con la disculpa de la tregua han cometido éste e innumerables crímenes. No habría Ejército que se respete en el mundo que paralizara su accionar -aunque existe la sospecha de éste sí lo ha hecho, al menos en el plano estratégico, con el cese de los bombardeos- por unas palabras que lo que buscan es poder tener el espacio abierto para atacar a los colombianos y delinquir.


Es hora de replantear estas conversaciones. Pero ya el Gobierno salió con la manida teoría de que lo fácil es continuar con el conflicto y lo difícil es perseverar en la búsqueda de la paz, y que protestar por el manejo se le ha dado a este crimen horrendo por parte de la oposición, es usar “los cadáveres” políticamente, como se atrevió a decir el delfín del presidente, y como lo ha venido repitiendo su padre. Ahora, luego de tomar nota de las distintas opiniones que han repudiado este vil asesinato, el primer mandatario ha salido a decir que ha esto hay que ponerle plazos. 


¡Qué posturas más falaces! El dolor de los colombianos no es propiedad del Gobierno, ni éste puede decidir a quiénes les duele de verdad esta masacre y a quiénes no. Más si el padre de uno de los militares asesinados invitó al expresidente Uribe al sepelio. ¿Puede el senador negarse para que el gobierno no lo estigmatice? Este lo que debería hacer es tomar nota de los sentimientos de los colombianos y, especialmente, de las familias de los que están siendo sacrificados por la patria en unas conversaciones en las que el enemigo de los colombianos y de sus Fuerzas Armadas es el ganador. Por otro lado, los plazos por sí solos no resuelven nada; si a esta negociación no se le ponen condiciones, las Farc seguirán fortaleciéndose militarmente y el Estado colombiano, concomitantemente, debilitándose; con el paso del tiempo, se actuará como si no hubiese ocurrido nada y se continuará en la misma dinámica hasta llegar a un punto de no retorno donde no quede más espacio que la entrega de nuestras instituciones y la asunción de una dictadura marxista.


De ahí la necesidad de una pausa para reacomodar las cargas. El reordenamiento implica, en primer lugar, que  la tregua unilateral de las Farc sea verificable, y para ello, sólo hay un mecanismo: que concentre sus fuerzas en un lugar que pueda ser monitoreado para que se cumpla. Esa debe ser la conditio sine qua non. En segundo lugar, deben admitir las responsabilidades de sus víctimas y de sus crímenes, y pagar por ellos, incluyendo penas de prisión, que pueden ser rebajadas, como con los paramilitares; en tercer lugar, dejar de negociar la democracia colombiana y, en cuarto lugar, que las Farc entreguen sus armas.


Estas condiciones hay que presionarlas. La movilización de los colombianos  en la calle, repudiando a las Farc y al estilo de negociación, es una estrategia que está a la orden del día. Los colombianos ya tienen experiencia en esta clase de manifestaciones, como la que se hizo hace algunos años contra las Farc. Otras acciones de repudio, pacíficas y respetuosas del ordenamiento constitucional, también son posibles. Y ya es hora de que los patriotas de todos los partidos se unan en un frente por una paz con dignidad. Sólo así se podrá revertir esta pesadilla.