Columnistas

Planeaci髇 participativa
Autor: Jorge Alberto Vel醩quez Betancur
16 de Abril de 2015


Superar las desigualdades sociales, dise馻r y aplicar programas realistas y eficaces de convivencia ciudadana, garantizar la sostenibilidad con pol韙icas claras de movilidad, h醔itat y construcci髇,

son los principales retos que enfrentan las grandes ciudades del mundo, Medellín entre ellas, en el presente siglo. Con una advertencia: las ciudades de hoy han sido diseñadas por los arquitectos y el balance no es muy favorable, que digamos. Creo que los humanistas merecemos la oportunidad de participar en la planeación de las ciudades siguientes, porque no estaremos pensando en vender metros cuadrados sino en permitirles a nuestros vecinos y a nosotros mismos la posibilidad de ser felices en nuestro propio entorno.


En Colombia, la violencia fue el detonante de la urbanización en los años cincuenta y sesenta del siglo veinte.  Casi al tiempo, la política de sustitución de importaciones, bajo cuyo manto se abrieron fábricas de textiles, alimentos y manufacturas, permitió dar empleo a la mano de obra expulsada del campo. Detrás vino la exigencia de mayor capacitación y educación. Se masificó la educación y las laderas y los bordes de las ciudades vieron crecer una clase social emergente, cuyos descendientes todavía reclaman atención a sus necesidades básicas  insatisfechas. Desde entonces, las grandes ciudades crecen entre el caos y la desesperanza.


¿Ha evolucionado la administración pública al mismo ritmo en que ha cambiado la sociedad y han crecido los problemas? En la era de la globalización las ciudades no pueden gobernarse con los estilos y criterios del siglo pasado. Ya no valen ni los instintos ni los impulsos repentinos de alcaldes dominados por la soberbia o por la ignorancia. 


La planeación ordenada de las ciudades es una obligación, que para el caso colombiano es un mandato constitucional desde 1991, en conexidad con una regla de oro, pero incumplida, que es el voto programático. Pero ya ni siquiera vale la planeación por cuatrienios o quinquenios. Una ciudad como Medellín, que tiene unas tendencias de crecimiento definidas y cuantificables en el tiempo, debe ser planeada siquiera con la mira puesta en los siguientes 50 años. Así, cualquier ladrillo que se pegue o cualquier metro cuadrado que se pavimente, debe ser pensado para las cinco décadas siguientes, pues en materia de crecimiento urbano y desarrollo social no vale improvisar.


La planeación de las ciudades va más allá de dibujar vías y edificios en mapas cada vez más atiborrados. Para planear las ciudades primero hay que entender las tendencias de crecimiento y de comportamiento humano, lo que significa tener en cuenta los sitios dónde se vive y se trabaja, los desplazamientos a mañana y tarde, la ubicación de los centros de ocio y diversión y la configuración de los parques y plazas públicas. En nuestro caso, por ejemplo, hay que dejar atrás la costumbre de ir a almorzar a la casa al medio día, porque el tiempo no alcanza y se desmejora la calidad de vida. En cambio, hay que incentivar la jornada continua o la doble jornada en dependencias oficiales y establecimientos comerciales, lo que dinamizará la vida social y la economía.   


En el siglo pasado era normal que todo el mundo tuviera que ir al centro de la ciudad. Muchos de los estudiantes de mis cursos de hace unos años conocieron el centro acompañando a sus mamás a comprar tubinos de hilo a Mil Curiosidades o a Mil Colores. Hoy ya casi nadie compra tubinos de hilo y la gente sabe de Versalles y el Astor, por lo que les cuentan. Ahora las megaciudades deben ser divididas en microciudades, espacios claramente delimitados con autonomía para satisfacer todas las necesidades humanas: vivienda, empleo, educación, salud, deporte, diversión, compras, lo que facilita las relaciones entre las personas y mejora la calidad de vida, haciendo innecesario que la gente tome el automóvil hasta para ir a comprar la leche, como sucede hoy en día.


La planeación de las ciudades exige, pues, sentido común. Y ese sentido común lo aporta la comunidad, el principal actor en los procesos de planeación pública participativa.


*Centro de Comunicación Pública