Columnistas

Carta al guardián del manicomio
Autor: José Alvear Sanin
15 de Abril de 2015


En 1848 aparecieron el “Manifiesto Comunista”, proclama que habría de incendiar a Europa varias veces, y el “Programa Conservador”, de Mariano Ospina Rodríguez y José Eusebio Caro, antítesis del anterior.

No es que nuestro Programa fuera una respuesta directa al de Marx y Engels, pero, obviamente, significaba el rechazo de las ideologías cada vez más virulentas que empezaban a propagarse en América Latina. 


Desde su aparición, el conservatismo colombiano se consideró como el dique contra todo movimiento violento, disociador, anarquista y revolucionario, porque se define como:


“(…) el que sostiene el orden constitucional contra la dictadura; la legalidad, contra las vías de hecho; la moral del cristianismo, contra la del materialismo; la libertad, contra la opresión y el despotismo; la tolerancia, contra el exclusivismo; la propiedad, contra el robo y la usurpación ejercida por los comunistas (…) la civilización, en fin, contra la barbarie.”


Breve y maravillosa página que nos compromete, porque “si alguno o muchos de los hombres eminentes del partido se apartan del Programa, el partido los abandona, los rechaza”


Esa es la realidad, los conservadores debemos rechazar a los políticos que cohonestan la entrega de las instituciones democráticas, mediante un falso proceso de paz.


El pasado 7 de abril, los doctores Mariano Ospina Hernández, Enrique Gómez Hurtado e Ignacio Valencia López, dirigieron una carta al doctor David Barguil, presidente del Directorio Conservador, para exigirle cambio de rumbo, porque el partido no puede apoyar


“(…) un régimen inmoral, corrupto, clientelista e irrespetuoso de la Constitución y de la ley, que parece estar dispuesto a entregar el futuro de los colombianos a un extraño aparato de mando que será dominado por las fuerzas comunistas que integran los grupos guerrilleros que están dentro y fuera de la mesa de negociación de La Habana, de la que saldrá una supuesta paz, que no es cosa distinta a una rendición disfrazada.”


Esta enérgica llamada de atención me hace recordar otros desvíos históricos del conservatismo. 


En 1858, el partido renegó de sus principios cuando aceptó el federalismo, que tanto mal le haría al país. Comentando esa desviación, Miguel Antonio Caro diría que “el guardián del manicomio se había contagiado de la enfermedad de los locos”.


En 1932, cuando el gobierno de Olaya Herrera se dedicó a la actividad más sectaria, el grupo del senador Román Gómez prefirió recibir dádivas para aliarse con el gobierno contra el partido. 


Ahora, un nuevo “romanismo” que chorrea mermelada, clientelismo y abyección, colabora con la entrega del país a la subversión. 


La carta a Barguil —ocasional guardián del manicomio— ha recibido como respuesta una inmediata visita al presidente para ofrecerle apoyo al proceso de la paz. Salieron sin nuevas prebendas, pero les conservan los puestos de dos ministros dizque conservadores.  Horas después, en un reportaje baboso, Barguil dijo que el partido no puede contribuir a “desinstitucionalizar” el país, como si precisamente lo de La Habana fuera cosa distinta de descuadernar totalmente a Colombia.  ¿No será que el nuevo romanismo también se contagió de locura?


Arrimarse, así sea un poquito, al inagotable plato de lentejas del gobierno, es la ideología de panza de quienes nos dejaron sin partido, tan parecidos a mi general Mora Rangel, que recorrió las guarniciones para asegurar que los sueldos y prebendas militares no corrían peligro, ¡para dejarnos sin ejército!


***


Abril 17, cabo de año de Andrés Uriel Gallego, gran ministro, sucedido por una larga serie de figuras improvisadas y enredadas en proyectos desproporcionados.