Columnistas

Falsa generosidad
Autor: Omaira Mart韓ez Cardona
31 de Marzo de 2015


Un proverbio 醨abe dice que la generosidad consiste en dar antes de que se nos pida y nuestra tradici髇 dice que es tan comprometedor deber favores como dinero o disculpas.

Ambas afirmaciones tienen sentido y se evidencian en estos tiempos en los que el mundo gira en torno a tanto individualismo y en los que la integralidad de las personas no está definida por la coherencia entre sus pensamientos, sentimientos y acciones sino por las exigencias de sus intereses para subsistir aún por encima del bienestar de los otros sin ningún escrúpulo. 


En medio de tantas necesidades y adversidades en la actualidad, la generosidad es una de las virtudes menos practicadas que se confunde con otras actitudes  que están lejos de ser generosas y por el contrario, terminan convirtiéndose en una estrategia para dominar, someter y presionar. 


Pocos comprenden que no es lo mismo hacer un favor que ser generosos. Los favores generalmente se retribuyen en especie, se devuelven; mientras que una acción generosa no espera retribución alguna porque es una cualidad y una característica de la personalidad de quien la brinda. Por eso, a ser generoso no se aprende, ni se practica solo por días o con ciertas personas. Así como la bondad y la humildad,  la generosidad también es un atributo con el que nace la persona. Se es o no generoso, sin esperar nada, de manera  incondicional, desinteresada y sin alardear. 


No hay que dejarse confundir por quienes aparecen de manera sorpresiva ofreciendo favores a los que desesperadamente necesitan resolver alguna necesidad y se dejan llevar por la actitud hipócrita y el falso discurso de generosidad disfrazada de cadena de favores que nunca termina y que genera una relación de dependencia  y compromiso que puede ser interminable. La generosidad no se mide, ni tiene precio, no se negocia,no es “rosquera”, ni selectiva o temporal. Por eso en un mundo tan complejo  y con personalidades cada vez más aturdidas y volubles, es habitual que muchos se dejen envolver por falsas acciones generosas que atan a una relación interesada y se convierten en una deuda que puede ser cobrada por siempre. 


Tampoco se trata de generar más desconfianza, prevención o abuso, por naturaleza, a todos agrada recibir y más aún cuando se necesita; es cuestión de aprender a distinguir, hay muchas personas generosas que confían en los otros,  que tienen la capacidad de entenderlos, de solidarizarse, de ponerse en sus zapatos sin juzgar, reclamar o exigir; hasta el más mínimo gesto de consideración con los demás puede ser un acto de generosidad sin generar compromiso, dependencia y abuso de quienes se aprovechan sin ningún escrúpulo de las manifestaciones de generosidad y caridad.  


En esta cultura aún asistencialista, se confunden las acciones de caridad de los politiqueros, algunos gobiernos, organizaciones empresariales y otras  catalogadas como humanitarias que muchas veces se hacen solo para cumplir con normas de responsabilidad social. Ni el acceso a un empleo, ni la prestación de algún servicio, la gestión de un trámite o la asistencia social y humanitaria tienen porque ser favores que se conceden, son derechos a los que se debe acceder por mérito o  por procesos legales, normales y en igualdad de oportunidades para todos. Con la necesidad no se negocia. Pocos practican la generosidad como una virtud y una acción bondadosa hacia los demás sin distinción de ideología o condición, con la convicción de que brindarla gratifica tanto a quien la da como a quien la recibe.