Columnistas

Equilibrio de poderes
Autor: Bernardo Trujillo Calle
21 de Marzo de 2015


Suena bien lo del equilibrio de poderes. Lo que no todos saben es que en el Congreso hay tantos amigos como enemigos de que se consiga.

No debería tener ni un opositor, si existiera la total independencia para votarse allí lo que le conviene al país. Pero lo dudo. Y lo dudo porque entre los temas que se debaten, hay por lo menos dos que ofrecen una cerrada resistencia en un amplio sector de congresistas de aquellos que cosechan sus triunfos haciendo nugatorio el querer nacional y las normas de la decencia. El voto preferente y la lista cerrada y la eliminación de la circunscripción nacional, son acechados por los francotiradores apostados en las curules para malograrlos, pues en ellos reside el quid del problema que motiva su rechazo. Hay un importante número de senadores y representantes que han llegado allí pagando en efectivo cada voto. No hay por qué ocultarlo. Es el cáncer de nuestra democracia.


Lo que digo se viene denunciando desde hace rato. El cacique o candidato al cacicazgo consigue hacerse elegir por electores que jamás han oído hablar de él sólo porque a su paso por los pueblos abre la tula de billetes con los cuales compra la voluntad del elector pobre. Ya lo hemos padecido y hasta podríamos mencionar algunos nombres. Y nos preguntamos ¿cómo es posible que un guajiro o nariñense, por ejemplo, consiga miles de votos en Antioquia o Valle sin haber pisado estos departamentos, ni tener amigos o conocidos en ellos, si no es por su sucio dinero que reparte a manos llenas? El voto se ha convertido en una mercancía que se vende al mejor postor. La vergüenza de vender el voto es un hecho del pasado lejano cuando era ofensa grave llamar a alguien vendido o “voltiado”, o torcido.


Por tal razón, terminar con esa en mala hora introducida circunscripción nacional, es una tarea de sanidad política que le corresponde cumplir al Congreso. Porque también es un derecho del ciudadano que aún cree en el voto como la gran conquista de la democracia. La tonta propuesta de dejar 89 curules del Senado en manos del poder económico corrupto, es transigir con el delito y darle por ganada la batalla a los inmorales de dentro y de fuera del Congreso. En tal caso preferible fuera que se quedaran con el ciento por ciento del botín para aligerar el proceso de la crisis total. Lo dicho es válido para repudiar lo del voto preferente que tiene los mismos fundamentos de la circunscripción nacional. El deshonesto que compra votos no le ofende ocupar el último lugar en la lista cerrada porque él conoce las mañas para llegar al primero con su chequera. Ya se ha visto. Conocemos de memoria los nombres de infinidad de traficantes de la decencia que saltan de la nada a los primeros lugares de figuración política abriendo la faltriquera. Algún fulano de por aquí se ha preguntado cínicamente: ¿De qué me ha servido la decencia? ¿Seguiremos votando por estos personajes?


La lista cerrada tiene sus propios vicios, mas no de la entidad de los del voto preferente. De allí la importancia de fortalecer los partidos y reglamentar hasta donde las circunstancias lo permitan el correcto acceso a las listas con el fin de que a ellas lleguen los candidatos por su buen nombre, su trabajo político y su decoro personal. No aceptar rufianes, así lleven la chequera por delante. El Congreso, las Asambleas, los Concejos son cuerpos respetables que deben convocar lo mejor de la sociedad. No me refiero a doctores, ni a gente ilustrada. Sólo a hombres y mujeres de buena conducta social.


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Salvemos la Corte Constitucional. Pretelt y sus compinches deben salir. Hay qué hallar la forma de su autorregulación interna con el fin de que pueda destituir a los magistrados indignos. El Tribunal de Aforados se justifica aún más con todo lo que ha pasado. Lo mismo que la prohibición a los exmagistrados para litigar ante las Cortes antes de 10 o más años. Y prohibir bajo sanción disciplinaria la visita de los abogados litigantes a los despachos donde tengan pleitos, en función de simples lobistas. Son pústulas de la justicia que deben ser eliminadas antes de que pudran lo bueno que aun queda.