Columnistas

La Soledad de Garc韆 M醨quez
Autor: Dario Ruiz G髆ez
16 de Febrero de 2015


Hay en la actual vida de nuestras clases ilustradas una al parecer cr髇ica incapacidad para profundizar en la tem醫ica que define nuestra vida p鷅lica.

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Hay en la actual vida de nuestras clases ilustradas una al parecer crónica incapacidad para profundizar en la temática que define nuestra vida pública, la crisis social que nos agobia y a la cual se hace frente no recurriendo a las exigencias de la inteligencia, a las pautas que define y reclama la cultura, sino a la más repudiable superficialidad convirtiendo en gracejo y anécdota lo que debería ser ocasión de reflexión sobre nuestro destino como nación, de ahí también nuestro crónico provincianismo. Esta ligereza va desvirtuando lastimosamente las tareas sobre lo que podría ser la reconciliación, la necesidad del perdón ante los ofendidos, pues la desidia y el desinterés  continúan apoderados de nuestra vida privada fatalmente lanzada, en su miedo a la responsabilidad, a caer en la banalidad. Hemos recordado la muerte de García Márquez con un lastimoso ceremonial reducido a repetir anécdotas folclóricas, impúdicos alardes de supuesta amistad, al recuento bobalicón  de “Yo recuerdo cuando Gabo…” que ha puesto en evidencia el hecho triste de que esa comparsa de falsos amigos no lo ha leído de verdad pues para esta actitud de advenedizos lo que cuenta es la figura del triunfador y no lo que ha llegado a significar su obra como un logro universal.


Porque ese García Márquez como el hombre público en que fue convertido sobre todo a partir de su premio Nobel viene a ilustrar las caídas, a veces lastimosas, de quien se dejó manipular por los poderes, de quien políticamente se equivocó gravemente. De quien permitió que lo cercara ese mundo postizo de periodismo farandulero y damas fatuas, administradores de toda clase de palmaditas en la espalda. Por un lado la hipócrita reverencia al personaje consagrado mundialmente pero,  soterradamente,  el odio y la envidia ante un escritor de origen humilde que vino a desestabilizar la caverna de las rígidas jerarquías de las élites capitalinas dueñas hasta entonces de la exclusividad de la inteligencia y el jet set internacional, algo que jamás lograron. Los artículos denigrantes aparecidos en algunos grandes medios de comunicación a raíz del reconocimiento mundial de “Cien años de soledad” bien demuestran esta sacudida histórica. Por desgracia los valores estrictamente literarios de su obra comenzaron a ser sofocados  bajo ese mal que es la publicidad e incluso cierto sensacionalismo ante los cuales su agente literario no movió un dedo para impedir que esa adulterada imagen se convirtiera además en lo peor, en imagen de poder político,  lo que le causó tantos rechazos. Bajo la mediatización del marketing que impide el diálogo moral con el lector la desfiguración del significado de su obra se hizo posible tal como lo hizo posible esa comparsa de aduladores cuyo rostro conforma  hoy el nuevo filisteísmo cultural.


Pero un escritor es su escritura ya que todo lo demás sobra y en este sentido la escritura que se adentró con sublime grandeza en los espacios del mito telúrico recuperando las historias que la hojarasca había borrado, la figura de esa madre que va con su hijo en un tren somnoliento, de ese inolvidable muchacho que pierde el tren en un desconocido pueblo,  es la escritura que con Carrasquilla nos concede un pasado del cual carecíamos, la escritura que se sumerge en los ociosos laberintos del azar y de lo imposible. Por esto la lectura no se impone como una moda más pues ésta es es una decisión que se toma en una reconquistada soledad. Desde una lectura no mediatizada ya por las imposiciones del comercio es desde donde se recuperará para nuestros imaginarios esta parábola sobre la tierra que nos fue arrebatada.




Comentarios
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Mar
2015/02/16 11:30:39 am
Dario Ruiz, lo has clavado!