Editorial

Un respiro en Ucrania
15 de Febrero de 2015


El cese al fuego en el conflicto alimentado por Vladimir Putin tras la destituci髇 del presidente V韐tor Yanukovich, el 22 de febrero del a駉 pasado, y la separaci髇 de Crimea...

El cese al fuego en el conflicto alimentado por Vladimir Putin tras la destitución del presidente Víktor Yanukovich, el 22 de febrero del año pasado, y la separación de Crimea, fue recibido por los ucranianos como respiro, todavía incierto en su seriedad y duración, en un conflicto con profundas raíces históricas y económicas. De la escasa fuerza coactiva que tiene el acuerdo -que es más una declaración, pues ni siquiera fue firmado por quienes lo impulsaron- dan fe el seguimiento estrecho de Estados Unidos, Alemania y Francia a los movimientos de las partes y las mutuas exigencias de respeto al compromiso que se hicieron Petró Poroshenko, presidente de Ucrania, y Alexander Zakharchenko, líder de los rebeldes prorrusos.


El conflicto de Ucrania capta la atención del mundo y compromete un territorio conformado por la antigua Ucrania y zonas que fueron rusas pero que los jefes del Politburó soviético cedieron a una nación que después de la disolución de la U.r.s.s. optó por independizarse física y políticamente. Tales territorios son los que los nacionalistas nostálgicos como Putin buscan revertir por orgullo patrio y por razones prácticas, como asegurar acceso sin restricciones al Mar Negro y conectar sus gasoductos con las capitales europeas, sin estar obligados a aceptar peajes económicos o políticos impuestos por el país de obligado paso. De allí, pues, que los guiños de Ucrania a la Unión Europea prendieran las alarmas del presidente Putin, y la instauración de un gobierno independiente de la voluntad de Moscú se convirtió en su excusa para iniciar un conflicto que inquieta a las democracias de Occidente.


En la crisis de Ucrania, incluso más que en Siria o en la negociación nuclear en Irán, han saltado las profundas diferencias que existen entre el vanidoso Vladimir Putin, heredero de la Guerra Fría y sus formas de buscar el poder, y el sereno Barack Obama. El primero, personero de la combinación de las formas de lucha, que los colombianos hemos padecido en tantos momentos de nuestra historia, aprovecha las ocasiones que le da la diplomacia, para pretender dar pasos adelante en su propósito de hacerse al poder absoluto del país. El estadounidense, futurista defensor de los valores democráticos y el sueño de la libertad humana y de las sociedades, es consciente de su responsabilidad pero no quiere asumir un liderazgo antes de que Europa se apersone de lo que les corresponde.


Pero lo anterior no significa que Estados Unidos, aunque ausente en la reunión de Minsk, se mantenga al margen. El ablandamiento que pudo generar la llamada telefónica en la que el presidente Obama reclamó a su homólogo ruso facilitar una solución durante el encuentro con Poroshenko, Merkel y Hollande, o someterse a la determinación estadounidense de apoyar a Kiev con armas de alto poder mortífero, surtió efecto en esa segunda declaración de Minsk, que comprende el cese bilateral al fuego, el repliegue de ambas fuerzas para dejar una zona de distensión, el intercambio de todos los prisioneros y en el largo plazo, la soberanía de Ucrania en todo el territorio pero dando más autonomía a las regiones pro rusas mediante reforma constitucional. 


Interesado en recuperar el lugar de digno interlocutor de la comunidad internacional, que sacrificó por arrebatos imperiales que le han costado fuertes sanciones económicas de sus principales compradores -que llegaron poco antes de la caída de precios del petróleo- y la exclusión, en marzo del año pasado, del club de países democráticos y ricos (G7 más 1), Vladimir Putin se sometió a conversar con sus homólogos de Alemania y Francia y a servir de puente, en apariencia convincente, para que los rebeldes también aceptaran suscribir y respetar los acuerdos que debían regir desde la madrugada de este domingo, o sea las 22 hrs del sábado GMT.


A diferencia de ingenuos en otras latitudes, los presidentes garantes y los grandes medios de comunicación de Occidente saben que la formación en la KG no es un accidente sino la esencia de Vladimir Putin. Y tanto desconfían de su palabra, así quisieran lo contrario, que una vez promulgada la declaración, iniciaron seguimiento y constataron que, como antesala al cese al fuego, Rusia continuó -aunque insiste en negarlo- el envío de armamento pesado al este de Ucrania, el desplazamiento de los rebeldes y el impulso a ataques que se mantuvieron hasta minutos antes de la declaratoria oficial de tregua.