Columnistas

Cita en octubre
Autor: Sergio De La Torre
15 de Febrero de 2015


Los comicios presidenciales del año pasado estuvieron marcados por la crucial negociación de La Habana, que dividió los electores, casi por mitades, entre las palomas de Santos y los halcones de Zuluaga.

Los comicios presidenciales del año pasado estuvieron marcados por la crucial negociación de La Habana, que dividió los electores, casi por mitades, entre las palomas de Santos y los halcones de Zuluaga. Ganaron las primeras y ello se tomó como un voto de confianza hacia la propuesta de paz oficial, no obstante haberse impuesto por precario margen.


Sí. La distancia entre las dos opciones no fue nada apabullante, pero como a tales comicios se les dio un carácter plebiscitario y los plebiscitos se definen por cualquier diferencia, la victoria de Santos, a cuyo alrededor se alinearon el centro y la izquierda civil toda, fue interpretada como se debía: un espaldarazo, o mejor, un nuevo aire para un proceso que desfallecía por cuenta de la lentitud de las Farc, ya experimentada en anteriores ensayos, verbigracia el Caguán, el más emblemático en cuanto a las fallas que aquí los acompañan siempre. Pues bien, a partir de dicha medición de fuerzas, o elección, que comportó un mandato para ambos bandos, Timoshenko y los suyos se dejaron de tantas mañas y redujeron las maniobras dilatorias destinadas a ganar tiempo, visibilidad y figuración ante el mundo. El cual, según sus cálculos, de tanto oírlas y verlas ahí sentadas, de igual a igual, terminaría equiparándolas al gobierno legítimo, merced al dichoso “estado de beligerancia” que de hecho la insurgencia viene labrándose y detentando en la mesa, y que tantas prerrogativas ofrece en trance tan azaroso e incierto como el que vive Colombia.


A partir de tales comicios, pues, la guerrilla, dándose por notificada, se avino al clamor general, al imperativo de acelerar el paso para que la ardua empresa del diálogo no naufragara en medio del aburrimiento y desencanto de una ciudadanía, ya de por sí desconfiada, prevenida por la experiencia de los fracasos padecidos a manos de Belisario y Pastrana. Todo pareció encarrilarse entonces a raíz de la urgida, dramática reelección del Presidente y del explícito mensaje que la acompañaba a favor del proceso, pero ahorrándole las trabas y la parsimonia que los comandantes suelen imprimirle para retrasarlo tanto como puedan. Acaban ellos de aliviarnos el reclutamiento de menores y en diciembre decretaron un alto el fuego unilateral, que han respetado en lo estrictamente militar, aunque en aspectos claves, propios del acostumbrado accionar guerrillero y que afectan a los civiles (extorsión, minas quiebrapatas, etc.), muy poco hayan aflojado.


Si aquellas elecciones sirvieron para medir el grado de aceptación al Proceso de Paz, las que vienen en octubre apuntan a lo mismo, pese a su alcance local. Pesará mucho ahí este asunto de la paz, la manera como se viene negociando y las condiciones finales respecto a la impunidad, la reparación (si correrá ella solo a cargo del Estado o también coayuvará la guerrilla, de su propio pecunio, que debe ser inconmensurable) y otros tópicos harto candentes, duros de digerir por las incontables víctimas anónimas y por la sociedad  en su conjunto.


Quiérase que no, estas elecciones  tendrán también el carácter de consulta, o plebiscito, por decirlo así. Los precandidatos o candidatos a gobernaciones y alcaldías, por pobres o alejadas que estén, mal podrán soslayar el tema. Tendrán que tomar posición a favor o en contra, y ojalá desde ahora. Por supuesto incidirá mucho en el resultado de las urnas el hecho de que para esa fecha el acuerdo esté firmado. Y si así no fuere, que al menos las Farc para entonces hayan cesado no solo el fuego sino toda forma de criminalidad (extorsión, narcotráfico y demás) y hayan devuelto los menores que tienen en sus filas, y los secuestrados todavía cautivos.


Por lo pronto, la puja por la alcaldía de Bogotá, que abarca la cuarta parte del país, incorporó como uno de sus temas decisorios este de La Habana. Los sufragantes estarán bien atentos a lo que opinen Pardo, Peñalosa, Clara y Pachito. Lo propio sucederá con las gobernaciones y las otras alcaldías del país, incluyendo, en lugar preeminente, a Antioquia y Medellín. Ténganlo presente los aspirantes: los sufragantes todos estamos muy pendientes, pues ya sabemos que la violencia en Colombia, con todas sus  modalidades y derivaciones, tiene origen y, por ende, connotación “territorial”, como gustan de decirlo ahora, empleando la misma palabreja, ciertos analistas que a veces caen en perogrulladas  rimbombantes y peregrinas obviedades.