Columnistas

Volvieron los toros
Autor: Anibal Vallejo Rendón
10 de Febrero de 2015


El espectáculo taurino que sobrevive bajo el argumento de la tradición cambió los habituales alguacilillos por dos amazonas.

El espectáculo taurino que sobrevive bajo el argumento de la tradición cambió los habituales alguacilillos por dos amazonas. Es que estamos hablando de una tradición machista, con sus excepciones como en todo, pero en este caso pocas en su larga historia. Por ahí quedaron en los anales del recuerdo aquellas señoritas toreras mexicanas, que ni eran señoritas, ni eran toreras ni eran mexicanas. En 1945 en evento organizado por Alvarado, matador de toros mexicano de corta duración en la carrera, figuraron como tales Lupita Montes, Teresa Montero y la negra Esperanza. En 1951 se registró a la Gitana: Gloria Martínez como una de ellas y a Teresa Andaluz.  Los años terminan y empatan con el nuevo con corridas de toros y las corralejas, y cada vez se oyen los lamentos, no el de los animales allí sacrificados, sino el de los detractores y las defensas empecinadas de los seguidores, y al mes siguiente de la matanza de Turbaco y otras más se volvieron a olvidar. Cómo quedarse callado, cómo no expresar el lamento de esos animales allí sacrificados, ahogados por la música y por el griterío de los espectadores, que ven pero que no quieren oír los quejidos ni entender el abuso que contra esos animales se comete. Muy diciente de lo que sucede en el espectáculo donde se rebaja la presencia de nombres nacionales al 31%. Buena “universidad” hacen quienes aspiran a toreros: cortando orejas, cortando colas, pinchando y estocando, pegando muletazos, metiendo la espada, descabellando, pegando golpes “con dulzura” como dijo un cronista.


Arte en la manera de utilizar los instrumentos para doblegar al animal. Es decir habilidad y destreza, el mismo arte que puede tener un zapatero trozando y moldeando el cuero del animal muerto. El primero el que quita la vida y se distingue por matar. El segundo, el que satisface una necesidad valiéndose de su capacidad creativa. El primero como un matador, el segundo como un artesano. Y magia, sí, la de hacer desaparecer en un momento la vida, como la de hacer salir una paloma volando de un sombrero de mago. Eso del arte de torear se le debe a Pepe Hillo (José Delgado) quien apenas sabía leer pero no escribir, y dictó el primer código taurino, estableció las reglas dentro del ruedo y elevó el toreo a esa categoría. Esas reglas por él propuestas, sin embargo, no le escaparon de la muerte. Murió corneado por Barbudo en 1801. Ya que hacemos esta referencia señalemos que el director de la primera escuela de tauromaquia en Sevilla (1830) Pedro Romero, a lo largo de su carrera mató 5.600 toros. Buen ejemplo ese de matar. Y eso que entonces no tenían doctorado. Y se recurre a un lenguaje retórico, ampuloso, poético, después de una faena en la plaza para referirse con términos eufemísticos al dolor causado a un ser vivo para la simple diversión pasajera y que al salir se echarán al olvido las imágenes del toro puyado, banderillado, estocado, sangrante, caído… “convertir el agua en vino… muletazos con una suavidad que esconde, bajo el guante de seda…, lo imposible se hace posible, multiplicar la duración de los toros… se hizo en fotogramas que no son otra cosa que la acción reducida a la absoluta quietud. Solo que si se junta un instante tras otro resulta el movimiento”. Terminemos con lo que dijo Lagartijo “los toros que nosotros hemos matado nos pedirán cuentas en el otro mundo, porque nos conocen”.