Editorial

Horror sin l韒ites
5 de Febrero de 2015


Aunque intentaron dar con las palabras precisas para descalificar la incineraci髇 del piloto jordano Muaz Al-Kasasbeh por el Estado Isl醡ico, los l韉eres del mundo se quedaron cortos en la condena a un ataque terrorista

Aunque intentaron dar con las palabras precisas para descalificar la incineración del piloto jordano Muaz Al-Kasasbeh por el Estado Islámico, los líderes del mundo se quedaron cortos en la condena a un ataque terrorista que confirmó que odio y crueldad son uno en manos de multimillonarios fundamentalistas aspirantes a ablandar, por el miedo, a gobiernos y pueblos humillados con sus secuestros infames, sus presiones desbordadas y su capacidad de manipular al sistema informativo y a los líderes de opinión en redes sociales. La ausencia de palabras adecuadas para expresar el rechazo puede mostrar impotencia o mucha incompetencia, o ser preámbulo definitivo a acciones que forjen solidaridad y unidad de los pueblos para nombrar y actuar frente a la amenaza.


Con precisión de relojero, los terroristas han construido y perfeccionado un libreto que se ha repetido en grandes ataques contra la humanidad o contra naciones específicas a lo largo de la historia y muy especialmente tras el nazismo. Aunque arrasan vidas humanas, once desde el cruel asesinato del periodista estadounidense James Foley, su pretensión es desestabilizar a los gobiernos instituidos para proteger los derechos de sus nacionales, humillar a las naciones que se estremecen con su martirio y, finalmente, doblegar al mundo entero frente a sus intereses. La espiral de crueldad que tanto nos temíamos desde que comentamos la “viralización” de esa primera ejecución, ha alcanzado un nuevo nivel con la atroz tortura e incineración en vida del piloto jordano, que, como hace parte de su lógica, llegó a su máximo impacto gracias a la publicación en redes sociales y por importantes medios de comunicación de alcance global de parte o la totalidad de las imágenes que, no obstante estremecer, son vistas repetidamente, en un rito que concluye cuando aparece un nuevo escándalo o curiosidad que le robe la efímera atención mundial. 


La entrega de esos videos y la divulgación de las presiones ejercidas sobre los gobiernos objeto de las amenazas, son eficientes armas que el terrorismo sabe utilizar y que le permite secuestrar la conciencia de los pueblos, vía la extensión de la amenaza hasta el infinito. Aun a sabiendas de que la emisión de las amenazas y de las imágenes del dolor colabora con la causa de los criminales, grandes medios de comunicación las publican o emiten, previa alguna declaración de advertencia o una descalificación al hecho. En el colmo del equívoco, algunos medios equipararon las fotos del cautiverio del piloto con las de Sayida Al-Rishawi, sentenciada en Jordania por terrorismo y que ayer recibió pena de muerte.


Tras las primeras protestas contra la masacre en el semanario Charlie Hebdo han surgido voces, no tan marginales como se desearía, que falazmente equiparan las ofensas que recibe quien es objeto de la burla contenida en una caricatura con el daño irreparable para múltiples víctimas cuando se asesina una persona. Tal posición no fue adoptada por sujetos que estarían listos a encender una bomba contra sus contradictores, sino por personas que comienzan buscando explicaciones lógicas para lo irracional e injustificable, y desde allí transitan un camino que empieza con la excusa y fácilmente llega a la concesión, que es el ablandamiento social y generalizado que pretenden quienes se embarcan en el terrorismo y están dispuestos a esperar hasta el paso de generaciones para disfrutar su éxito, que no miden por la calidad o cantidad de seres humanos y grupos sociales victimizados, sino por la victoria de sus ideas o luchas. Así como la humanidad asistió al fin del nazismo, ha terminado exigiendo concesiones a otros criminales, no estatales pero equiparables en crueldad.


Mientras la ONU se limita a declaraciones generales, que no se traducen en decisiones de apoyo a la coalición internacional, Estados Unidos sigue, a su pesar, llevando el peso de liderar un combate en el que ha logrado convocar a Europa, las principales naciones -y más amenazadas- del Medio Oriente, y a otros países asiáticos, pero que sigue teniendo por fuera a Rusia y China, perversos jugadores en el tablero internacional, así como a importantes medios de comunicación y líderes de opinión pública, reacios a reconocer que la “guerra justa”, como la llamara el presidente Obama al recibir el Nobel de Paz, es una opción necesaria para cuidar de la civilización humana y sus logros de siglos.


Nota: para el estudio de esta noticia y redacción de este editorial rechazamos acceder a todo contenido gráfico denigrante, invitación que extendemos a nuestros lectores.