Editorial

Señales equívocas en Unasur
8 de Diciembre de 2014


El pasaporte único podría favorecer el viraje de Unasur hacia un modelo de alianza que tenga como norte el pragmatismo económico y la cooperación entre distintos.

Con esmero, Rafael Correa, presidente de Ecuador, y Ernesto Samper, secretario General de la entidad, prepararon la VII Cumbre de Unasur y la inauguración del pomposo edificio que el gobierno ecuatoriano construyó en “La mitad del mundo”. Buscaban lanzar el período Correa, pragmático y eficaz, y abrir paso al olvido del período chavista. Aunque hubo derroche de promesas, sonrisas amistosas y lujo, el encuentro dejó vivas las heridas y fracasos de un grupo preso de prejuicios e ideologismos.


 


El centro de la reunión fue la apertura del edificio de 20.000 metros cuadrados construidos y 17.000 metros cuadrados de jardines, diseñado por el arquitecto Diego Guayasamín y financiado por el Gobierno ecuatoriano, que derrochó tecnología, ingeniería y lujo en la obra. El ampuloso centro Néstor Kirchner, recuerdo de viejas épocas doradas, no oculta la inacción, los desacuerdos y la falta de ocupantes que demuestren que Unasur vive. 


 


Además de despedir al presidente Pro Témpore, Pepe Mujica, los gobernantes analizaron el estado de la organización y recibieron la propuesta de reformar los estatutos, para eliminar el consenso como requisito para aprobar proyectos comunes. La sorpresiva arremetida del presidente Correa contra el consenso coincidió con el elocuente silencio de los mandatarios sobre la propuesta ecuatoriana, impulsada con intenso lobby en cada país por el fiscal Galo Chiriboga, de crear una Corte Penal de Unasur. Aunque los promotores insistieron en que tal organismo sería instrumento de combate a los delitos transnacionales, parece que no lograron convencer a los críticos que alertaron porque se le usara como tribunal de absoluciones de abusos gubernamentales y hasta para las Farc, convenientemente notificadas por Human Rights Watch de que no permitirá la impunidad que buscan.


 


El encuentro del fin de semana también sirvió para que el presidente Ernesto Samper presentara su idea de una “ciudadanía sudamericana”, que promete, inspirada en el modelo de “espacio Schengen”, constituido por la Unión Europea para garantizar la libre circulación de sus ciudadanos por los distintos países, propuesta que pareciera ir más lejos que la ágil Alianza del Pacífico en la idea de facilitar la movilidad de ciudadanos. El pasaporte único podría favorecer el viraje de Unasur hacia un modelo de alianza que tenga como norte el pragmatismo económico y la cooperación entre distintos, fuente del pluralismo, y como medio la vocería legítima de los intereses regionales, no ideológicos, en los escenarios de diálogo multilateral. Tal propuesta demandaría de los líderes aceptar que el organismo es punto de encuentro, no instrumento para encerrar la región, combatir a otros organismos o librar batallas ideológicas, postura en la que insisten personajes como el canciller argentino Héctor Timerman, cuando indican que “la principal función de Unasur es política y debe ser defender la democracia”.


 


A pesar de los puños levantados y las amplias sonrisas de los participantes en la inauguración de la sede de 43 millones de dólares, la foto del evento recuerda dos ausencias fundamentales en un encuentro que se señalaba trascendental para la historia de Unasur, las de los presidentes Michelle Bachelet, de Chile, y Ollanta Humala, de Perú, mandatarios que, en contraste, se precian de ser juiciosos asistentes a las reuniones de la Alianza del Pacífico, de la que sus países son cofundadores, junto a México y Colombia. Su ausencia representa desacuerdos que validan las críticas de la brasilera Dilma Rousseff sobre la falta de capacidad de ese organismo para realizar sus propuestas de desarrollo de infraestructura, interconexión eléctrica y otros proyectos esperados con gran interés por países que necesitan nuevo impulso para reavivar economías que empiezan a sentir el retroceso de los precio de sus principales productos de exportación.


 


Junto a las ausencias, por todo el continente resonó el patético silencio de los presidentes asistentes, sobre los abusos que el régimen venezolano sigue cometiendo contra los líderes de oposición, representados en el encarcelado Leopoldo López y la perseguida María Corina Machado, demócratas integrales sometidos por una tiranía fraguada con fraude y sostenida por el miedo. Mal que la asociación que se define democrática, oculta los atropellos a los derechos políticos y al principio republicano de la separación de podres. Sobreviviente entre contradicciones, batallas de poder y radicalizaciones ideológicas, Unasur amenaza convertirse en nuevo escenario de la soledad de América del Sur.