Editorial

Inicia la carrera por la Casa Blanca
6 de Noviembre de 2014


Su reto, pues, no era lograr esta victoria que hist髍icamente ha sido suya, sino demostrar que tienen capacidad para regresar a la Casa Blanca y ejercer el poder ofreciendo acciones acordes con los tiempos modernos.

En las elecciones de mitad del segundo mandato del presidente Obama, el Partido Republicano obtuvo el control del Senado, renovado en la tercera parte de sus escaños; conquistó 18 de las 36 gobernaciones estatales con elecciones, y conservó la mayoría de escaños de la Cámara de Representantes, posición alcanzada en 2010, cuando le propinó un fuerte golpe al Partido Demócrata. Los resultados, aunque dolorosos para el partido que desde hace seis años detenta la presidencia en cabeza del primer presidente afrodescendiente de los Estados Unidos, no difieren de los que que han sufrido sus predecesores, con excepción de Bill Clinton, que en 1998 logró aumentar la presencia demócrata en el Congreso, gracias a una contundente victoria que, sin embargo, se convirtió en derrota en las elecciones presidenciales del año 2000, cuando el republicano George W. Bush se impuso sobre el candidato demócrata Al Gore. 


La derrota total (shellacking es el modismo que la nombra) del Partido Demócrata en las elecciones del pasado martes había sido pronosticada por las encuestas de opinión y anunciada por analistas que previeron el éxito de la agresiva estrategia del partido opositor, unificado en su afán de obligar al presidente a defenderse, en la Cámara de Representantes y en los escenarios de opinión, donde hasta escándalos como el del ébola sirvieron para atacarlo por todos los flancos. La fuerte ofensiva republicana inició con el agresivo bloqueo a proyectos estructurales en que Obama había comprometido su prestigio ante electores jóvenes, como las reformas migratoria y educativa, y frente a la opinión progresista, como los controles al sistema financiero de Wall Street y a las emisiones contaminantes. El ataque tuvo sus frutos en la formación de la imagen de un mandatario blando como un profesor universitario lejano a la política, según lo describieron los medios de comunicación, e incapaz de defender a Estados Unidos, amenazado por la violencia creciente por nuevos actores en el Medio Oriente y el agresivo Vladimir Putin.


La estrategia del Partido Republicano hizo acelerar el regreso del péndulo hasta conseguir una fuerte mayoría en el Senado y confirmar su predominio en la Cámara de Representantes. Pero este triunfo, señalan observadores estadounidenses como los editorialistas del diario The Washington Post, puede salirle caro a un partido que tiene la aspiración de conquistar la Casa Blanca en el 2016.  Durante estos dos años tendrá que demostrar, como fuerza mayoritaria en el legislativo, capacidad de proponer soluciones a las crisis cuyo manejo tanto ha criticado, y creatividad a la hora de enfrentar el costo político que generarán sus posiciones frente a temas como la reforma migratoria, entre otros. Su reto, pues, no era lograr esta victoria que históricamente ha sido suya, sino demostrar que tienen capacidad para regresar a la Casa Blanca y ejercer el poder ofreciendo acciones acordes con los tiempos modernos.


La presión de una opinión cada vez más exigente y conformada por grupos emergentes, que el Centro Pew considera con menos apegos a los valores tradicionales de los estadounidenses, no se ejercerá ahora sobre un gobernante que da sus últimos pasos, y que anuncia que se arriesgará a aprobar reformas por la vía ejecutiva, sino especialmente sobre un partido dividido, en el que el prestigioso John McCain (Arizona) representa el ala moderada y capaz de dialogar con el Gobierno demócrata mientras que el fuerte senador Ted Cruz (Texas), personero del Tea Party, representa la facción extremista que defenderá su postura a cualquier precio, y ambos se distancian de la consolidación de Mitch McConnell  (Kentucky) como líder de la mayoría en la Cámara Alta. 


Concluida esta justa electoral, el presidente Obama ha quedado definitivamente con el sol a las espaldas, pero protegido por el aumento de protagonismo de sus contendores, que compartirán con él las cuentas de cobro que se pasarán en las elecciones de 2016, y por la fuerza con que la aspirante a sucederlo, Hillary Rodham Clinton, ha iniciado su aspiración presidencial.  Dada la alta abstención en estas elecciones (cerca del 60 %) y el hecho de que en ellas no jugó un papel preponderante la “generación del milenio” que muy seguramente será la que defina la balanza de las próximas elecciones presidenciales en Estados Unidos, sigue vigente la pregunta de si Obama será el primer presidente demócrata reelegido que, tras la Segunda Guerra Mundial, le entrega la presidencia a un integrante de su partido, victoria que lo haría equiparable al mítico Ronald Reagan, republicano, que legó el poder a George Bush, padre.