Columnistas

Carta abierta a los escépticos de la democracia
Autor: David Roll
23 de Octubre de 2014


Desde que la Guerra Fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos se acabó con la disolución de la primera hace más de 20 años, sólo existen dos actitudes posibles ante las instituciones democráticas: aceptación o indiferencia.

Desde que la Guerra Fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos se acabó con la disolución de la primera hace más de 20 años, sólo existen dos actitudes posibles ante las instituciones democráticas: aceptación o indiferencia.


En los nuevos tiempos, en los que el lector está viviendo, los países que exportaban revoluciones las deshicieron o las congelaron regresando al capitalismo, con algunas pocas excepciones. O son más bien, como Cuba hoy, escenarios para el desmantelamiento pacífico de los últimos ejércitos revolucionarios de izquierda del mundo con poder real, las guerrillas colombianas.


Así las cosas, de las cuatro actitudes que existían frente a la democracia, la idea de destruirla mediante revoluciones violentas, la de quebrarlas para hacer gobiernos militares de derecha (que pasaron de moda mucho antes que las revoluciones), y  las de apoyarlas o ser indiferentes a su destino, sólo nos quedan estas dos últimas.


En ese sentido, terminada la Guerra Fría, la única opción posible hoy en toda Europa y América, pero también en muchos países de los otros continentes, es tener mejores o peores democracias, porque no hay más para donde mirar. Y se supone que entonces todo el mundo debería querer tener mejores democracias y luchar por ello, pero no parece ser esa la situación real. 


La insatisfacción generalizada frente a este sistema político que nos heredó la historia, por sus muchas imperfecciones en lo que respecta a quien gobierna finalmente o por sus resultados en términos de eficiencia o bienestar, es un hecho indudable. Es fuerte especialmente en los países como el nuestro, con más cantidad de pobres y pequeñas clases medias atrapadas entre grandes capitales intocables y políticas benefactoras cargadas a sus impuestos.


Pero es que no hay otra opción. Dejadas atrás las ideas de dictaduras de izquierda o de derecha, lo único que queda es hacer algo para que las democracias tan duramente conseguidas y defendidas funcionen mejor que peor. Esto implica pocas cosas para la mayoría y muchas cosas para unos pocos. A la mayor parte de la población, que a duras penas puede solucionar lo de su vida cotidiana, sólo se les puede pedir que cumplan las leyes y hagan bien sus trabajos, y que intenten votar de la mejor manera posible. También se quisiera que participaran en partidos políticos o en organizaciones cívicas o movimientos sociales que presionen políticas públicas necesarias; pero estos sólo son una minoría entre esa gran mayoría, y ese parece ser el orden natural de las cosas por el momento. 


A unos pocos entre la población sí les toca colaborar más en la construcción de mejores democracias. Entre ellos están los muy ricos, por ser los más beneficiados del sistema, y por supuesto los políticos, y en general los que tengan algún poder real en la sociedad por sus altos cargos, en instituciones, empresas, iglesias, medios o similares. Los profesionales en general, pero especialmente los graduados en ciencia política y en derecho, están llamados a poner el hombro de alguna manera, así como los funcionarios públicos en ciertos niveles, y los profesores en todas las etapas educativas, pues se nos encargó de un modo u otro formar a los ciudadanos. Parecen muchos, pero somos muy pocos, aunque se le sumen otros grupos que se consideren igualmente  responsables ante este tema.


A la primera enorme mayoría les pediríamos además que tuvieran una actitud de aceptación frente a la democracia y no de escepticismo, pero entendemos que a veces eso sea difícil. A los segundos, a la minoría mencionada, no sólo se les pide esto, sino que se les debe exigir, porque están en la posición de ser constructores de la democracia. Quienes estamos en este grupo tenemos que hacer un esfuerzo mayor en la defensa de la democracia y su perfeccionamiento. Si bien eso incluye un espíritu crítico frente a determinados gobernantes y políticas públicas, no implica esa perorata indiscriminada contra la democracia a la que están acostumbradas muchas personas que pertenecen a esta minoría de la población. Quizá puedan escaquearse de ese deber histórico de colaborar más, pero lo que sí no tienen derecho es a fomentar entre el resto de la ciudadanía una actitud de indiferencia y escepticismo sistemático frente a las posibilidades de mejorar las instituciones democráticas. No les luce, además.


*Profesor Titular Universidad Nacional


www.davidrollvelez.com