Columnistas

Los verdaderos magisterios
Autor: Dario Ruiz Gómez
29 de Septiembre de 2014


Los ídolos con pies de barro han abundado durante las últimas décadas en la vida colombiana y con una frecuencia donde se puede percibir de qué manera nuestra vida política...

Los ídolos con pies de barro han abundado durante las últimas décadas en la vida colombiana y con una frecuencia donde se puede percibir de qué manera nuestra vida política,  empresarial, la vida intelectual se han dejado permear por el poder degradante de los llamados nuevos capitales, por la corrupción,  gracias al enorme vacío ético que se ha producido debido a la incontrolable proliferación de estos capitales o sea –para recordar con Bauman- los capitales que ya no surgen de una ética del trabajo. La presencia de esta economía es su capacidad de anestesiar las otrora conciencias cívicas, los antiguos códigos éticos de la empresa haciendo que por encima de cualquier escrúpulo ante lo que evidentemente es un delito, prevalezca la codicia desenfrenada tomada como la reacción lógica de una nueva racionalidad del mundo de la política, del mundo de los negocios. Fíjense que ni siquiera la guerrilla que comenzó con el despliegue de unos ideales emancipatorios de justicia social pudo escapar a esta enfermedad, lo que ha contribuido a la expansión de la sociedad criminal.


Hace algunos meses recordaba yo que la desaparición del principio de autoridad, tal como lo señala Hanna Arendt, conduce a la abdicación de toda responsabilidad por parte de los adultos respecto a la tarea que históricamente les fue asignada en la sociedad. La desaparición del principio de autoridad dio paso a una peligrosa permisibilidad ante el delincuente, ante el terrorismo, y que, con la decadencia de antiguas familias dueñas del poder permitió la caída en el delito de muchos hijos de papá. Ha sido desde entonces cuando se comenzó a hablar de la crisis de valores como si los valores del respeto a los demás, de la ética del trabajo, de la defensa de la justicia hubieran sido exclusividad de estos grupos de poder que sólo respondieron a sus ambiciones.


Esto condujo a que el lenguaje de medios de comunicación dominados por este pragmatismo cayeran en un relativismo moral que les permite, bajo el sofisma de dar una “información imparcial” colocar al terrorista a la misma altura del defensor de las instituciones, introduciendo la confusión, el descrédito de la ética. Sin darse cuenta de que, oh paradoja,  esta operación ha convertido en  “políticamente correcta” la exaltación del delincuente. Guillermo Gaviria, Jhon Gómez Restrepo contaron con un periódico propio pero para ponerlo al servicio irrestricto de la defensa de la democracia, al servicio del ideario liberal. Jaime Tobón Villegas como dirigente, empresario, nunca se doblegó ante los espejismo de la codicia y supo defender su posición de dirigente alerta ante la corrupción de las administraciones.


Esa militancia en la verdad definió el alcance de su ejercicio político y no se convirtió en máscara de un falso rejuvenecimiento sino en manifestación de una madurez conceptual que fue expresión de sabia firmeza ante el peligro que la perversión de esa economía suponía para nuestras costumbres y tradiciones democráticas y de la cual la guerra es culminación de su praxis militar. Reaccionarios lo fueron en la medida en que reaccionaron ante la proclividad de ciertas instituciones ante la coacción de la sociedad criminal, en que sabían que no podían permitir que se hiciese tabula rasa de nuestros principios de civilización. A esto se le llama independencia intelectual, otra virtud bien escasa en estos tiempos. Yo que disfruté de su cercanía humana, lo llamo magisterio espiritual porque rescata ese principio de autoridad perdido y necesario que se impone bajo los argumentos de la razón y no sólo del poder económico ya que es un argumento de cultura política y no un estólido producto de esa maquinaria de publicidad en que cada día se fabrican nuevos ídolos de barro.