Editorial

Un hijo natural
8 de Septiembre de 2014


Guillermo Gaviria Echeverri (1923-2014)
Como una de las únicas voces que se alzó de manera constante contra la corrupción internacional que rondó la contratación y construcción del Metro de Medellín, queda el testimonio de este editorial publicado el 30 de noviembre de 1985. Sexto de nueve en homenaje a nuestro Director.


El Metro ya es una realidad en marcha y un patrimonio común muy valioso de los medellinenses que queremos compartir, en lo que tiene de exultante, con el resto de los colombianos, pero que no le deseamos a otras ciudades en lo que ha tenido de oscuro, marrullero y gravoso. Y si alguien tiene derecho a solicitar a los medellinenses que lo cuiden, somos nosotros que hemos criticado su origen vicioso y que sabemos que nos costó mucho más de lo previsto pero que, a pesar de eso, su valor hay que encontrarlo en lo que representa hacia el futuro como solución parcial al problema del transporte masivo y como contribución al desarrollo de la ciudad y a la mejoría substancial de la calidad de vida de su población. 


Nos vamos a abstener, entonces, de participar de los ditirambos que por estos días copan páginas y espacios de radio y televisión, aunque, obviamente, nos sentimos contentos porque se salvó siquiera un porcentaje de lo que nos costó. Porque, no nos digamos mentiras, el Tren Metropolitano es un hijo ilegítimo, engendrado con violencia, puesto que la corrupción es una de sus formas más sutiles pero más dañinas. Y no nos queda la más mínima duda de que en su génesis, especialmente en los contratos con las firmas españolas y alemanas hubo corrupción en mayor cuantía. Pero, como todo hijo natural, se quiere tanto como se quieren los hijos legítimos. Luego de nacidos, no hay ninguna diferencia entre ellos, cuanto más en estos tiempos de igualdad neoconstitucional.


No debemos, pues, olvidar su origen, y esperemos que algún día se haga público quiénes fueron los que se beneficiaron fraudulentamente con este abuso de la necesidad de una ciudad que buscaba con urgencia la solución de su problema de transporte público, para engendrar una obra mostrenca por la que antioqueños y colombianos estaremos superempeñados durante los próximos sesenta años. No participamos del exagerado canto al poderío de la raza antioqueña, porque pensamos que tanto fervor puede contribuir, involuntariamente desde luego, a encubrir el pecado de algunos avivatos que abusaron del entusiasmo y buena fe de muchos paisas y aun del nombre mismo de Antioquia, y ese ánimo marrullero y en ocasiones malévolo de engañar a la Nación, que obviamente no compartimos jamás todos los hijos de esta tierra.


Como hemos venido diciendo en los informes especiales de La Metro -la revista metropolitana de EL MUNDO- el Tren es de la gente, de quienes lo usarán diariamente y lo habrán de cuidar y defender como se cuida y se defiende todo aquello que nos cuesta tanta “sangre, sudor y lágrimas’’. Los escandalosos negociados y las reclamaciones injustas y ventajosas de los contratistas quedan atrás solo aparentemente, porque después del regocijo de la inauguración, la gente del Metro, que somos no solo los usuarios sino todos los contribuyentes, tendrá que seguir vigilante sobre un proceso que no puede quedar en la impunidad en relación con la contratación, y vigilante también sobre la marcha de las obras que aún no han sido entregadas y que no son de menor cuantía: la línea B, para vincular como beneficiarios directos a los habitantes de un vasto sector del Occidente de la ciudad; el tramo Sur de la Línea A que lo pondrá al alcance de los vecinos sabanetenses y, ¡que no se olvide!, las obras de paisajismo y ornato en torno de las estaciones. Y, sobre todo, que en el fragor de los aplausos no se vaya a diluir otra dolorosa noticia sobre el interminable y monstruoso litigio de las reclamaciones. 


Nos parece oportuno pedir a las autoridades municipales un esfuerzo más en busca de acuerdo, e invocar la sensatez de los dirigentes de los gremios transportador y de venteros ambulantes, para que abandonen por un momento sus aspiraciones egoístas, aunque puedan revestirse de alguna legitimidad, y entiendan que de lo que se trata es de poner a salvo la más fabulosa inversión social y la obra de la cual, mal que bien, todos habremos de beneficiarnos. Nadie, con los pies en la tierra, podrá pensar en eliminar de un tajo el comercio informal, pero no puede aceptarse que esa condición de informalidad se traduzca en desorden. El derecho al trabajo es sagrado, pero es igualmente o más respetable el que tienen los ciudadanos al uso del espacio público. Y en cuanto a los señores transportadores, pretender que la tarifa de buses y busetas sea la misma que estaba vigente, cuando ahora los recorridos serán muchísimo más cortos y menor el desgaste de sus equipos, nos parece un abuso y un sabotaje inaceptable al funcionamiento pleno del Metro.


Como vemos, entonces, ni tanto honor ni tanta indignidad, como decía el doctor Eduardo Santos. Nuestro Metro, por su origen, es hijo natural y por su nacimiento, con tanto faltante, un sietemesino. Son esos hijos del infortunio, sin embargo, los que provocan el más profundo sentimiento de amor maternal y los que, con el tiempo, suelen llegar a ser soportes de la familia. ¡Así lo esperamos, con plena fe en el futuro de Antioquia!