Editorial

Alberto Lleras Camargo
6 de Septiembre de 2014


Guillermo Gaviria Echeverri (1923-2014)
El cuarto de los nueve editoriales escritos para o por nuestro Director, que publicaremos a manera de “Novena”. Publicado el 3 de julio de 2006, refleja su visión histórica sobre uno de los más importantes presidentes de Colombia y dos de las etapas más complejas de nuestra historia política: “La Violencia” y el “Frente Nacional”.


Conmemoramos hoy el centenario del natalicio de una figura cimera de la política colombiana del siglo XX. Alberto Lleras Camargo fue una personalidad tan polifacética en sus múltiples actividades de carácter intelectual y político que resulta complicado determinar en qué se destacó más, si como estadista y Presidente de Colombia en dos momentos cruciales de nuestra historia o como político en la dirección del gran Partido Liberal o como diplomático de alto reconocimiento internacional, especialmente por su papel en la transformación de la Unión Panamericana, de la cual era director, en lo que hoy es la Organización de Estados Americanos, de la cual fue elegido por unanimidad su primer Secretario General o, en fin, como escritor y periodista de opinión e incluso como locutor porque de su voz se dijo que era una de las más bellas del país, la que supo lucir en sus célebres discursos, caracterizados, como sus muy leídos artículos de prensa, por la sobriedad, la elegancia del estilo y, sobre todo, el gran fondo conceptual y argumentativo.


 


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Como estadista y sobre todo como pensador de la transformación del país, el doctor Alfonso López Pumarejo es el número uno en la Colombia del siglo pasado, seguido muy de cerca por el doctor Lleras, que creció a su sombra en esta materia pero cuyo cultivo intelectual y refinamiento literario lo hicieron ver superior a aquél en algunos aspectos e, inclusive, en un momento dado, como el único que podía reemplazarlo cuando López anunció en 1945 su retiro de la Presidencia, en su segunda administración, acosado por adversas circunstancias políticas, pues las propias mayorías liberales lo habían abandonado. Lleras fue el hombre que tuvo el encargo doloroso y difícil de terminar el período del Partido Liberal en la Presidencia de la República, lo que cumplió con un valor  civil extraordinario en un momento en que entregar el Gobierno, sobre todo teniendo las mayorías, era un asunto bastante peligroso. Con su gran autoridad, el doctor Lleras logró que el Liberalismo asimilara aquella derrota, creando así bases más sólidas para un avance político cierto en Colombia. Lamentablemente, ese primer mojón en la paz política del país no se consolidó como era deseable, debido al proceso paulatino y creciente de radicalización por parte de los conservadores, que no manejaron el tema con la misma grandeza republicana de Lleras, sino que intentaron perpetuarse en el poder por la violencia, ejercida a través de instrumentos tan nefastos como la policía chulavita lanzada contra los liberales, que en la mayor parte del país no tuvieron más remedio que armarse en guerrillas para defenderse. 


Esa misma idea de convivencia y debate civilizado la expresaba así doce años después: “canalizar hacia el objetivo único de la pacificación de la patria las dos grandes fuerzas que han movido, bien o mal, la opinión pública casi desde los orígenes mismos de la nacionalidad”, en su discurso de posesión el 7 de agosto de 1958, como primer Presidente del Frente Nacional, que había logrado un año antes la caída de la dictadura del general Rojas Pinilla -quien lo llamó en algún momento “guerrillero intelectual”- contra la que luchó denodadamente con la única fuerza de la palabra, y al que dio sustento la subscripción de los históricos acuerdos de Benidorm y Sigtes en 1956 y 1957 con el jefe conservador Laureano Gómez, de los cuales, como es sabido, nació ese sistema de alternancia en el poder de las dos colectividades históricas que, en efecto, contribuyó enormemente a la pacificación del país, pero implicó un costo grande desde el punto de vista institucional, porque se fueron acendrando los vicios inherentes a la falta de una verdadera oposición, donde poco a poco la tarea de Gobierno se asimila a la del partido único, con todos los inconvenientes que eso conlleva. El Frente Nacional era una etapa transitoria y así estaba definido en la propia Constitución, pero duró lo suficiente para contribuir al deterioro de la capacidad de los partidos de mantener unas líneas políticas, los unos para manejar el Gobierno y los otros para ejercer la oposición. 


Eso, por supuesto, no demerita un ápice el aporte de Alberto Lleras al desarrollo de una verdadera cultura política en el país, al que sirvió con lealtad, sacrificio y austeridad ejemplares y, sobre todo, con una consistencia intelectual y doctrinaria que fue en nuestro sentir el rasgo más sobresaliente de su recio carácter, que lo distinguió desde su muy temprana incursión en la política hasta su muerte a la edad de 84 años. No obstante ser un hombre de profundas convicciones liberales, nunca abandonó el centro para coquetear con las extremas, y por eso, fuera del aprecio y la consideración que desde su nacimiento manifestó por este diario, nos sentimos orgullosos de ser legítimos depositarios de su herencia política.