Columnistas

Las buenas personas
4 de Septiembre de 2014


Guiglielmo Ferrero habla de los genios invisibles de la ciudad para referirse a la legitimidad, o sea a la creencia por parte de los ciudadanos en la organización política en la que viven, lo que hace que no se explote en mil pedazos el sistema a pesar de los muchos problemas que enfrenta.

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Guiglielmo Ferrero habla de los genios invisibles de la ciudad para referirse a la legitimidad, o sea a la creencia por parte de los ciudadanos en la organización política en la que viven, lo que hace que no se explote en mil pedazos el sistema a pesar de los muchos problemas que enfrenta. En realidad, el genio invisible de la ciudad es el padre o la madre de familia común que se levantan cada mañana a cumplir una serie de papeles encomendados por la sociedad y asumidos dentro de la legalidad y de ciertos parámetros éticos. Son los que hacen que esto, la democracia, funcione.


Pero Nir Baram, un joven y exitoso escritor israelí, en su más reciente libro, “Las buenas personas”, presentado en el pasado “Hay Festival” por él mismo,  explica como entre estos genios de la ciudad, o sea, las buenas personas, la gente común y corriente, se camuflan quienes por una razón u otra no son realmente “buenas”, en el sentido social y no necesariamente religioso de la palabra. En mi propia interpretación son personas que buscan solamente sus intereses por encima de las reglas establecidas o los derechos de los demás,  para su propio beneficio o para favorecer algún grupo, bien de interés o ideológico o religioso, con el que simpatizan o con el cual han hecho alianzas por voluntad e incluso por miedo, pero casi siempre por cálculo.


El autor  sitúa a sus personajes en el contexto de los regímenes hitleriano y estalinista de 1938, pero su descripción es tan parecida a un texto de Dostoievsky, que resulta evidente en las primeras páginas como su intención es demostrarnos que en todas las sociedades existen estas especies de zombies camuflados en buenas personas. Y aunque Federico Nietszche intentó convencernos en su “Mas allá del bien y del Mal” o en “Genealogía de la moral”, que esa clasificación entre buenos y malos es falsa, no nos digamos mentiras, el sentido común y una abundante biblografía nos indican lo contrario. Pero sobre todo los millones de víctimas de Hitler y Stalin, a los que se refiere la novela, y por supuesto las víctimas del conflicto colombiano, son una prueba contundente de ello.


No hay fórmula para que la humanidad se libre de esa plaga en este mundo, como concluyen todas las religiones y se infiere de la correspondencia entre Freud y Einstein, sobre las nulas reales posibilidades de acabar con la guerra, pero no cabe duda de que en los regímenes dictatoriales y en las situaciones de conflicto es cuando estos zombies se hacen señores poderosos y actúan sin control. Es por ello que la democracia debe ser defendida como una conquista de la humanidad a pesar de todos sus defectos, y por lo cual se debe hacer todo el esfuerzo posible para neutralizar los conflictos bélicos internacionales e internos.


Dicho esto, solo queda preguntarnos ¿qué hacer en el día a día de los sistemas democráticos contra estos aliens silenciosos? Lo que se concluye del libro de Nir Baram es que quienes no sean de ellos, esto es, las auténticas buenas personas, deben tener la valentía de enfrentarlos en ocasiones especiales aunque ello suponga una amenaza. Mejor dicho, que los auténticos genios invisibles de la ciudad no son los que pasan agachados, aunque hagan lo correcto, sino los que asumen riesgos  para que las no buenas personas no se salgan con la suya todas las veces. Algunos lo asumen de forma heroica, y ningún homenaje es grande para agradecérselos, como es el caso de Luis Carlos Galán. Pero las personas que hacen que la democracia siga funcionando a pesar de todo es también  la gran mayoría de “ genios invisibles” de la vida diaria, enfrentados en su cotidianidad con esa especie de alienígenas mal intencionados con los que les ha tocado vivir.


*Profesor Titular Universidad Nacional