Columnistas


Decepción y optimismo
Autor: Dario Ruiz Gómez
25 de Agosto de 2014


Hay muchísimos colombianos que tomaron la decisión de no volver a leer periódicos ni a escuchar noticias al considerar que quienes están encargados de “informar sobre la realidad del país” no lo están haciendo correctamente...

Hay muchísimos colombianos que tomaron la decisión de no volver a leer periódicos ni a escuchar noticias al considerar que quienes están encargados de “informar sobre la realidad del país” no lo están haciendo correctamente ya que entre la realidad que el ciudadano afronta diariamente y lo que se le informa no existe ninguna correspondencia. Las últimas elecciones presidenciales fueron una demostración de que, quienes han tomado esa decisión -muy extendida igualmente en Estados Unidos y Europa- están en lo correcto porque la desinformación llegó en muchos casos a verdaderas aberraciones éticas. Pero es necesario tener en cuenta algo que además es aún más contundente al respecto: las nuevas generaciones ya no leen ni libros ni periódicos y para nada les interesa “la problemática nacional” y se han decidido por unas formas de vida en las que la política, el conocimiento, tampoco parecen interesarles. Esto nos llega a exacerbar para enrostrarles los manidos argumentos de que “carecen de valores morales, de responsabilidad política, de esas inquietudes intelectuales” que supuestamente,  caracterizaron a las generaciones adultas que, farisaicamente, les hacen ahora el reclamo por su indiferencia.


Es cierto que entre las generaciones adultas hay quienes conocieron por anticipado de la imposibilidad de intentar cambiar la sociedad o sea de construir una sociedad más justa y prefirieron el silencio, vivir con modestia cerca de la familia, dedicados a escuchar sus boleros preferidos y a comentar el fútbol ya que  hubo otros que alzaron su voz para denunciar las injusticias, la miseria, la mala calidad de la salud pero rápidamente les abrieron un prontuario y esto terminó con su vocación por una política justa. En cada generación los puros, los idealistas han sido traicionados por dirigentes que rápidamente se plegaron al sistema. Y cada generación de vencedores alarga las cadenas para que durante algún tiempo tengamos la ilusión de que somos libres hasta que al sentir la opresión de los grilletes, debamos resignadamente,  terminar por aceptar que esa ilusión se ha esfumado melancólicamente.


 Voltaire aconsejó en su “Cándido”  para sobrevivir con dignidad en tiempos de confusión dedicarse a cultivar “el propio jardín”. ¿El decepcionado de los ideales políticos donde creyó encontrar la dignidad, no se convierte en una especie de muerto en vida? Ya que lo que se abandonó para seguir tras esos ideales fue la vida que, sin consideraciones, continuará fluyendo gloriosamente sin nosotros. Es aquello ante lo que se pone serio, nos recuerda Ruskin, lo que nos permite descubrir el verdadero carácter de un ser humano. ¿Es posible seguir tomándonos en serio la conversión de la política en ramplona politiquería? ¿Están todos los caminos cerrados y es la anomia de los jóvenes la actitud negativa de quien elude sus responsabilidades o es por el contrario la actitud positiva de quien se niega a plegarse a un sistema de valores totalmente desacreditados? En “La educación sentimental” Flaubert, un precoz desilusionado, nos describe a través de Fréderic Moureau su protagonista la decisión de quien, después de vivir el vértigo de la revolución de 1848 y ver caer a los amigos en el arribismo, en el envilecimiento de la politiquería, de ver morir la ilusión del amor, de los sentimientos más nobles, decide al despedirse de su amigo olvidarse de todo y comenzar una nueva vida lejos de París.


Porque en esa otra realidad de las gentes se encuentra una vida que no ha sido sofocada aún por falsas normas, por engañosas promesas, donde bullen la palabra  liberada de toda servidumbre, ese horizonte que el buen Don Quijote sale a recorrer sabiendo de antemano que Dulcinea no existe. Afirmar esa ilusión es la sublime razón de su vida.