Editorial

Las víctimas en La Habana
19 de Agosto de 2014


Las albricias del primer encuentro, que demostró la generosidad de las víctimas con el país, y el comunicado de las partes, no ocultan temores, dolores y desconfianzas sobre este difícil momento de la negociación.

Con el regreso al país de los doce colombianos que iniciaron el proceso de encuentro de sesenta víctimas del conflicto armado con los voceros en la mesa de conversaciones de La Habana y con la publicación del comunicado conjunto del Gobierno Nacional y las Farc sobre su compromiso de trabajar por “el reconocimiento de los derechos de las víctimas, con el fin de garantizar su mayor satisfacción y dar garantías de no repetición” se abrió la negociación del quinto punto de negociación, el primero que ha despertado interés general de la opinión pública y amplios debates que han mostrado pluralidad de posturas frente a los acuerdos. Las albricias del primer encuentro, que demostró la generosidad de las víctimas con el país, y el comunicado de las partes, no ocultan temores, dolores y desconfianzas sobre este difícil momento de la negociación.


Por decisión de las partes en la mesa, defendida por el presidente Santos cuando declaró que “el conflicto es uno” y de los organizadores de los encuentros con los negociadores del Gobierno y las Farc, en los cinco viajes a realizarse se han incluido víctimas de las Farc, de agentes del Estado, de paramilitares y de otros actores, algunos no identificados. Dado que no existe opción jurídica para que una norma de origen parlamentario, como la Ley de Víctimas, se modifique en trámite ajeno al Congreso, faltan explicaciones sobre la presencia de víctimas de actores que no participan en esa negociación, y por quienes no pueden decidir el Gobierno o las Farc; que, por su afán de amplitud, sin embargo, serán evaluados por las respuestas y garantías para todos los convocados a presentar sus demandas. Al recoger víctimas no satisfechas en otros procesos de negociación, además, se establece que quienes así se consideren, en adelante, tendrán la esperanza de otra mesa de conversaciones que los escuche y ampare. Queda abierto, pues, un amplio campo de incertidumbre sobre la vigencia de los acuerdos.


En intervenciones que precedieron al Foro de Cali, el presidente Santos enfatizó, en postura que entonces saludamos, que el reconocimiento de las víctimas y el respeto a sus derechos serían la base de la negociación. Sus palabras no fueron coherentes con la errática organización de los foros, delegada a la oficina en Colombia de Naciones Unidas y al Centro de Pensamiento de la Universidad Nacional, organismos que despertaron sospechas y la sensación de que excluían las voces críticas, y necesarias, frente a la mesa y sus decisiones. La fuerza de las víctimas y la afortunada vinculación de la Conferencia Episcopal Colombiana favorecieron una apertura que empezó a ser notoria en el Foro Nacional y que debe permanecer, porque, como lo demostraron en La Habana, las víctimas no son el centro sino la razón y la fuerza de la negociación.


Hasta ahora, y con la mera excepción de las peticiones de perdón que algunos señalaron que recibieron el sábado, las Farc también han sido inferiores al reto de reconocer y respetar a sus víctimas. Con expresiones soberbias y cicaterías, el guerrillero alias “Timochenko” y algunos negociadores, pretendieron minimizar, ridiculizar y amedrentar a los colombianos víctimas, aspiración que fracasó por la convicción de las organizaciones y por la solidaridad de la opinión pública, que demostró ser tan generosa en su respaldo a las conversaciones de La Habana y la búsqueda del acuerdo de fin del conflicto como exigente en su demanda de honestidad de las Farc con el proceso y el país. No hay razones para renunciar a las dudas sobre la voluntad de las Farc por un acuerdo que deberá fundamentarse en el reconocimiento y las garantías de verdad, justicia, reparación y no repetición, para sus millones de víctimas.


Quienes participaron en este primer encuentro son ejemplo de la generosidad de quienes han sufrido 48 años de conflicto, así como demuestran -especialmente para quienes osaron caricaturizarlas- que no son espíritus vengativos buscando saciarse sino ciudadanos con dolor y preguntas que anhelan conocer la verdad, recibir de su Estado justicia y protección y de sus victimarios, garantías de no repetición. Su defensa se extiende además a todos los colombianos, víctimas potenciales de las violencias que no cesan. Que ahora, y mientras dure el conflicto, tengan protección a sus vidas y respeto a su tranquilidad, debe ser compromiso inalienable de autoridades y guerrilleros. Solo con esas garantías se podrá propiciar que la delegación de víctimas que participe de la nueva ronda de negociaciones pueda sentirse con posibilidad de presentar las preguntas y exigencias que han acumulado por cuenta del conflicto, las mismas que compartimos todos sus compatriotas.