Columnistas

Dos palabritas
Autor: Rub閚 Dar韔 Barrientos
7 de Agosto de 2014


Hace pocos d韆s, le dio a un m閐ico de Cali por publicar un clasificado en el diario El Pa韘, que hac韆 referencia a la b鷖queda de una m閐ica cirujana de 25 a 35 a駉s de edad, pero con la exigencia de que fuera de piel blanca.

rdbarrientos@une.net.co


Hace pocos días, le dio a un médico de Cali por publicar un clasificado en el diario El País, que hacía referencia a la búsqueda de una médica cirujana de 25 a 35 años de edad, pero con la exigencia de que fuera de piel blanca. El apellido del galeno es Guarín. De inmediato, la organización “Chao Racismo” se le vino encima y lo denunció ante el Tribunal de Ética Médica del Valle, en pos de solicitar la suspensión definitiva de la licencia para ejercer la medicina. Y le cayó también la desventura de una denuncia por transgredir la ley antidiscriminación.


El doctor Guarín ofreció disculpas, pero nada le valió. De contera, esgrimió un argumento peregrino, según el cual “lo que no está jurídicamente prohibido, está jurídicamente permitido”. Y que como a un ser humano la Constitución y las leyes no le prohíben hablar de “eso”, entonces él consideró que podía hacerlo. Fue peor el remedio que la enfermedad. Hacer énfasis en el color de la tez de la médica que buscaba enganchar, es hoy un villano acto discriminatorio, que no tiene escapatoria. Incluso, algunos pidieron que se le expulsara de la clínica donde presta servicios. 


De entrada, hay dos normas transgredidas: La Ley 931 de 2004, que ancla el derecho que le asiste a la gente de no ser discriminada para trabajar por ser joven, adulta o vieja. Quienes osaren burlarse de la norma pagarán multas sucesivas equivalentes a 50 salarios mínimos legales mensuales vigentes (cifra superior a $ 30 millones de hoy). Recuerdo los periódicos del momento que, con grandes titulares, mencionaban que se declaraba la guerra a quienes que se amparaban en la edad, para discriminar a las personas que buscaban empleo. Y la Ley 1482 de 2011, que castiga los actos de discriminación con severidad, bien sean por raza, religión o género.


El clasificado de marras, pisotea ambas normas en una carambola deplorable. Máxime, que fue publicado en una zona que alberga la mayor cantidad de afrodescendientes del país (más de 500.000). Jugó con candela el doctor Guarín, quien la quería tiernita y blanquita y omitió que las virtudes e idoneidad están por encima de la apariencia física. Siguen, pues, las burlas y los esguinces a las disposiciones legales. En este país, como decía el finado Hebert Castro, “se pasan la advertencia por la faja”. Y este hombre volvió ripio la legislación vigente, estrellándose porque las personas están llamadas a denunciar cualquier discriminación que vean y perciban. 


No contaba el polémico médico con que su clasificado de 3 centímetros, iba a tener despliegues mediáticos hasta de media página en los grandes diarios capitalinos y de repercusiones radiales en los principales noticieros. Se conoció también que este personaje pagaba arriendo y el arrendador lo puso de “patitas en la calle” al día siguiente, como retaliación a un acto desobligante. Hasta le tocó poner un aviso al propietario, que decía que él no tenía nada que ver con el médico inquilino. 


Finalmente, los periódicos deberían parar mientes a este tema, filtrando los textos de los avisos que discriminen en cuanto a edad y vapuleo racial. Es imperdonable que salga a la luz pública este clasificado en un medio tan connotado de Cali, como lo es El País, y que quien recibió el aviso no se haya percatado siquiera de que se trataba de algo salido de lo normal que, al menos, requería validarse por su superior. El jueguito le salió caro al médico Guarín que, entre otras cosas, pasó a ser investigado en su especialidad porque algunos dicen que lo han conocido como homeópata y no como reumatólogo. Se le vino encima el mundo. Dos palabritas (“piel blanca”) arruinaron el ejercicio profesional de alguien que no midió las consecuencias de un atrevimiento y no se ubicó en que estamos en el siglo XXI.