Columnistas

Las carrozas cartageneras
Autor: Anibal Vallejo Rendón
15 de Julio de 2014


En el canal UNE de televisión aparece una mujer haciendo una ruta hotelera por distintas ciudades promocionando sus costosos servicios, sofisticados espacios y exclusivos clientes.

En el canal UNE de televisión aparece una mujer haciendo una ruta hotelera por distintas ciudades promocionando sus costosos servicios, sofisticados espacios y exclusivos clientes. En uno de los últimos filmado en Cartagena, la dama terminó montada en un carruaje turístico, espacioso y cómodo, con doble banca enfrentada compartiendo con otros cuatro turistas. El débil caballo que tiraba del coche también tenía que soportar el peso de este y el de su conductor. La presentadora intercambiando sobre la procedencia de los turistas no tuvo una mirada de esas escrutadoras que acostumbra en sus recorridos hoteleros para maravillarse con los servicios ofrecidos, para abogar por el escuálido animal. El caballo cansado cumplía su rutinario recorrido. Dicen que son bastantes kilómetros de ida y regreso desde Chambacú hasta el centro histórico de Cartagena. Mal alimentados, mal herrados, maltratados, sin corresponder al peso, la alzada y la edad requerida, son mantenidos en un lugar inhóspito y desaseado. Sin cuidados veterinarios, con horarios extendidos , sin cumplir los requisitos de movilización andan a la mala suerte cargando un turismo indiferente, con remembranza de periodos pasados en los callejones de la vieja ciudad, cuyo alcalde incluso se atreve a acudir a eso que llaman tradición cultural, con cuyo argumento permite explotar a los viejos y cansados animales. Nefastas referencias, como lo fue el “tranvía de sangre” y los hipódromos, como lo son ahora las cabalgatas, los raid, las zorras que todavía continúan en muchos pueblos y ciudades y lo que ahora llaman competencias de enduro.


Caballos fatigados hasta la extenuación por el cansancio acumulado, sin garantizar que antes de la jornada turística no hayan cumplido otra cargando escombros. Flacos y viejos, con manchas de mertiolate para disimular sus heridas. Sacados de las filas de los mataderos para explotarlos sin medida, sin comida, para librar la exigua inversión. Legalizada su comercialización para el consumo humano, excepcionada la ley de transporte y tránsito terrestre para ser utilizados en el turismo, siguen soportando el látigo, la baticola, la albarda, el freno metálico, las peladuras en sus lomos, las cojeras y los cólicos. Se incumple con la elemental norma de no hacer el mal, de no dañar. Con el excesivo peso del carruaje, el de los turistas y el de su cochero indiferente. Además de cargar con su desgracia, desmadejados en las calles, presentando escenas de primitivas costumbres bárbaras. Esas sí que le deben de preocupar al alcalde: la imagen de la ciudad que quiere ofrecer. Si la presentadora del referido programa indagara, podría tranquilizar su conciencia para que no le quede la duda si fue “Luchador”, el caballo caído en el pavimento, el mismo que ella abordó esa romántica noche de ensueño en la vieja ciudad. 


“Cuando las arrugas surcan la frente, / y el alma tenemos llena de consejos, / la vida que todo lo ve brutalmente, / nos manda a morirnos dolorosamente, / como mueren siempre los caballos viejos…!”. (La oración de los caballos viejos, Ricardo Nieto).