Editorial


Tragedia humanitaria
3 de Julio de 2014


Quienes bloquearon la reforma en la C醡ara recuerdan una barrera que sigue pesando contra los sue駉s de millones de personas que luchan por la esperanza en tierras del Norte.

La posesión de Juan Carlos Varela como presidente de Panamá facilitó un encuentro informal de los cancilleres de Guatemala, Honduras y El Salvador con el secretario de Estado de la Unión Americana, John Kerry, que tuvo como centro la escandalosa migración de niños llevados por las redes de tráfico de migrantes que manipulan sus sueños de reencuentro con los padres que dejaron de ver cuando fueron a buscar el sueño americano y aprovechan sus miedos a la violencia y la pobreza que los acosan en países con enormes dificultades económicas y de gobernabilidad. Con 52.000 niños detenidos por la Policía de Inmigración y deportados a sus lugares de origen, a los gobiernos les resulta ya imposible evadir la amenaza de las redes mafiosas, eludir sus corresponsabilidades con menores de edad a la deriva o limitarse a aumentar medidas policivas que los disuadan de buscar un sueño difícil.


Dada la dimensión de la tragedia, el primer y necesario acuerdo gira sobre la necesidad de que los países instruyan a las poblaciones en riesgo de ser atrapadas por las redes de “coyotes” para que conozcan los riesgos de vincularse al “recorrido de la muerte”, las altas posibilidades de ser deportados a sus países de origen y la disminución de las que tendrían de alcanzar su porción de sueño americano, sobre todo cuando rija la inversión que el presidente Obama busca hacer por dos millones de dólares, a fin de aumentar la protección de las fronteras con México, la más usada por ilegales, y Canadá. El drama de los niños se suma a la tragedia de once millones de personas que llegaron antes de 2011 y que esperan la oportunidad de iniciar el proceso de residencia y el posterior de naturalización.  


La reunión del martes, y los esfuerzos que antes había desplegado el vicepresidente Joe Biden, hacen parte de los afanes del gobierno Obama para tomar decisiones ejecutivas que disminuyan el impacto por la falta de aprobación de la propuesta de política migratoria “comprensiva” que buscaba ser tan generosa que ofreciera esperanzas a esos migrantes que con su trabajo y esfuerzos han contribuido a mantener y hacer crecer a Estados Unidos y, a su vez, fuera tan estricta que brindara tranquilidad a los sectores más conservadores, que temen una invasión “latina”.


Hace un año, la reforma cruzó su primera barrera en el Senado, que en contundente votación de 68 votos positivos contra 32 negativos, dio un paso racional tendiendo su mano a ciudadanos latinos que han trabajado con la esperanza de ser también estadounidenses. El acuerdo entre demócratas y republicanos moderados, encabezados por el excandidato John McCain, no logró convencer, sin embargo, a la mayoría republicana de la Cámara de Representantes, más conservadora y restrictiva que sus colegas de la Cámara Alta. Porque se avizoraban las tensiones que le esperaban a la Reforma, el 29 de junio de 2013 anunciamos que “el escenario más probable, y tal vez deseable, para la Reforma Migratoria es su muerte en la Cámara”. El pasado lunes, John Boehner, líder republicano en esa corporación le confirmó al Gobierno que este año no habría discusión del proyecto y que en 2015 será debatido por los representantes que sean elegidos este año. 


La negativa de los conservadores republicanos de dar trámite a esa reforma tiene un tinte electoral en tanto saben que pueden jugar contra las aspiraciones demócratas a mantener la mayoría en Senado, que cambiará un tercio de sus miembros, y a obtenerlas en la Cámara. Pero también representa la voz aterrorizada que lanzó Samuel Huttington por la transculturación que los latinos han llevado a la Unión Americana. Quienes bloquearon la reforma en la Cámara recuerdan una barrera que sigue pesando contra los sueños de millones de personas que luchan por la esperanza en tierras del Norte.


Por haber deportado a dos millones de inmigrantes no legalizados, el 40 % de ellos ajenos a la delincuencia y la criminalidad, y por reclamar recursos para la represión en las fronteras, Barack Obama, el presidente hijo de padre inmigrante de África y migrante en la infancia a Indonesia, arriesga aparecer como enemigo de quienes sueñan con recibir cobijo en una nación que se quiere mostrar intercultural, interracial y abierta al mundo.