Columnistas

Rodrigo Saldarriaga
Autor: Henry Horacio Chaves P.
3 de Julio de 2014


Tras unos días de desconexión absoluta, me sorprendió la noticia de la muerte de Rodrigo Saldarriga Sanín.

@HenryHoracio


Tras unos días de desconexión absoluta, me sorprendió la noticia de la muerte de Rodrigo Saldarriga Sanín. El portavoz de la mala nueva tuvo que ser el diputado Jorge Gómez, uno de sus amigos más cercanos. Tanto así, que fue uno de los encargados de convencerlo de aspirar a la Cámara de Representantes, ante los buenos resultados de sus aspiraciones a la Gobernación, a pesar de que poco le gustaban los cargos colegiados. Creo que su personalidad no daba para eso, aunque siempre fue un hombre del colectivo.


A Rodrigo lo admiré desde que lo conocí. Ese encuentro lo hizo posible otro de sus cómplices: Ramiro Rojo, quien por aquella época protagonizaba, bajo la dirección de Rodrigo, “De ratones y hombres”, en la anterior sede del Pequeño Teatro, cerca al Pablo Tobón Uribe. El magnetismo de Rodrigo era incontrastable. Parecía un personaje de una de sus obras: siempre serio, circunspecto diría, pero cercano y afectuoso con los amigos. Siempre dispuesto a compartir una anécdota, a enseñar, a defender una idea o a proponer una solución. Siempre el centro de las charlas y el destino de las miradas.


Junto con Eduardo Cárdenas y otros hombres de teatro creó El Pequeño Teatro. Se llama así, porque para Saldarriaga, el Gran Teatro es la ópera. Comenzó como una aventura universitaria, pero pronto lo sacó del mundo de la arquitectura para ponerlo en su sitio: un escenario. Fue actor, director, dramaturgo y también crítico. Aunque siempre estuvo ligado al Moir, y desde allí integró el Polo Democrático, Rodrigo hizo un esfuerzo para que su teatro fuera arte y no panfleto. Al lado de Ricardo Camacho, el director del Teatro Libre de Bogotá, viajó a Europa y se formó, bebió del teatro clásico y lo montó tanto en Medellín como en la capital, en donde actuó en varias oportunidades con el Libre.


Sin embargo, nunca dejó de lado su militancia. En dos oportunidades aspiró a la Gobernación con un importante número de votos, fue fundamental en la campaña de Carlos Gaviria en Antioquia y, como dije, a regañadientes aceptó ser candidato al Congreso y logró una curul que no alcanzó a ocupar. Ahora será el joven Víctor Correa, quien tendrá la responsabilidad de mantener la curul y la voz de la izquierda antioqueña en el congreso. Seguro que a Rodrigo le entusiasmaría saber que es un fogoso muchacho el que reemplazará su voz, un joven altivo como era él cuando arrancó el camino de la política, que en horabuena no truncó su talento ni su capacidad como hombre de teatro.


Hará mucha falta en la escena teatral y en el ambiente político. En ambos espacios quedan su huella y su semilla. Quienes lo conocimos y lo quisimos, nos quedamos con su sonrisa franca, con el gesto de sus cejas ante el desacuerdo, pero sobre todo, con el abrazo sincero de un hombre que fue gallardo y respetuoso siempre de la idea contraria. La mejor manera de respetar a quienes piensan distinto es controvertirlos, me dijo un día. Y lo hizo siempre. Creo que lo hicimos mutuamente hasta el final.