Columnistas

Democracia al 50 por ciento
Autor: Jorge Alberto Vel醩quez Betancur
26 de Junio de 2014


Es tal el grado de conformismo que parece que con la pasada elecci髇 presidencial todos los problemas del pa韘 quedaron resueltos.

Es tal el grado de conformismo que parece que con la pasada elección presidencial todos los problemas del país quedaron resueltos. Los sectores políticos aceptan el estado de cosas actual y solo se discute si los resultados fueron acertados o no y cómo se reflejará en la composición del gobierno reelegido la extraña mezcla de fuerzas que concurrieron a la reelección del presidente. De paso, en departamentos y municipios se iniciaron las apuestas electorales por los codiciados botines de gobernaciones y alcaldías, como si lo electoral fuera el único tema pendiente de resolver en la realidad colombiana.


La larga campaña presidencial, iniciada un año atrás en clara violación de la ley -lo que a nadie importa- tampoco se ocupó de los temas que preocupan a los colombianos, quizás porque los ciudadanos tampoco se dan por aludidos y no exigen atención a sus temas ni protestan ante la ausencia de soluciones. Además, el sistema político tiene asegurada la presencia de por lo menos la mitad de los electores, con lo cual se garantiza una débil legitimidad del sistema, porque el otro 50 por ciento, el de los ciudadanos abstencionistas, no importa porque no concurren a las urnas, lo que quiere decir que con su indiferencia ni asustan ni perjudican a ningún partido en particular, pero si a la democracia como concepto y como vivencia cotidiana.


Nadie puede llamarse a engaño: si bien el presidente logró su reelección –aunque nunca se dirá cómo-, lo cierto es que la pasada campaña solo deja perdedores, porque el protagonista claro de la contienda fue el miedo: Santos capitalizó los votos del miedo a Uribe y Zuluaga sumó los votos del miedo a Santos y a la guerrilla. No se votó ni por los méritos ni por las propuestas de alguno de ellos, lo cual no es sano para la democracia ni para la sociedad de un país que dice prepararse para afrontar los rigores del postconflicto, aunque ese tiempo aparezca cada vez más dilatado y traumático.


Tampoco puede pasar inadvertido el predominio de un bipartidismo de derecha, que deja sin opciones políticas a los ciudadanos de centro y de izquierda, porque cierra las posibilidades de la libertad de expresión y perfila a la sociedad hacia el pensamiento único (ya que las diferencias son de nombres y no de fondo), en un retroceso mayúsculo y preocupante, cuando precisamente la tendencia global es hacia la democracia directa y a la participación ciudadana en la planeación, gestión y control de los asuntos de interés colectivo, lo que constituye una evidencia adicional del divorcio entre partidos políticos y ciudadanos.   


En el fondo, de lo que se trata es de una nueva división de clases impulsada por las políticas neoliberales que avanzan en la reducción de la clase media. Ya no se trata única y exclusivamente de la célebre división entre izquierda y derecha, sino de la polarización social entre ricos y pobres, que electoralmente en Europa se ve reflejada en la consolidación de los partidos de derecha (la derecha ganó las elecciones al Parlamento europeo) y en el ascenso de los partidos y movimientos de ultraderecha, xenófobos y racistas, que tendrán grupo propio en el Parlamento europeo.


En Colombia, aunque cada vez es mayor la brecha entre ricos y pobres, esta división no se refleja electoralmente porque, como se ha dicho, no hay en el país cultura política ni conciencia ideológica, y los partidos dominantes cuentan con expeditos mecanismos de obtención de votos a través de las maquinarias políticas que alimentan el clientelismo electoral. De esta manera, las clases pobres siempre estarán dispuestas a dejarse conquistar por un “auxilio” económico (la compraventa de votos, siempre denunciada, nunca combatida) y por los subsidios impulsados desde la administración pública, que es la manera más vergonzosa de mantener pobres a los pobres, pues alimentan el conformismo y crean un falso estado de confort, que más bien es resignación.


Esa política de subsidios (Familias en acción, Jóvenes con futuro, viviendas gratis) salta escandalosamente a la agenda pública en vísperas de elecciones con entregas masivas de subsidios por parte de alcaldes y gobernadores y con inauguraciones fastuosas que no son vistas por los organismos de control, pero que contribuyen a mantener activo ese 50 por ciento de ciudadanos que vota, unos porque deben un favor y otros porque lo esperan.


Posdata. Más adelante habrá tiempo para analizar las consecuencias de la reelección en la democracia colombiana y de los resultados del 15 de junio en las dinámicas regionales.