Columnistas

Lo que sigue
Autor: 羖varo Gonz醠ez Uribe
21 de Junio de 2014


Es entendible que luego de cualquier competencia, sea del tipo que fuere, quienes no obtengan el primer puesto se sientan tristes, se preocupen e incluso -somos humanos- que expresen dudas sobre la manera como el ganador o ganadores obtuvieron el triunfo.

Es entendible que luego de cualquier competencia, sea del tipo que fuere, quienes no obtengan el primer puesto se sientan tristes, se preocupen e incluso -somos humanos- que expresen dudas sobre la manera como el ganador o ganadores obtuvieron el triunfo. También sucede mucho en todas partes que no solo se expresen dudas sino que se lancen acusaciones. Somos humanos…


Sin embargo, hay momentos en la vida en que es necesario pasar la página, tanto por parte de los de un lado como por parte de los del otro. En especial, en las dinámicas sociales y en la política ello es indispensable para avanzar hacia nuevas etapas, para fortalecer las instituciones que al fin y al cabo son las que permiten los sistemas pacíficos y civiles de buscar el poder.


Luego de las elecciones del domingo pasado el país no quedó dividido como algunos afirman, esto sigue siendo Colombia llena de colombianos con un sueño: el desarrollo, la paz y la equidad. Hubo dos altas votaciones por dos candidatos, por dos formas de ver el país ambas respetables y razonadas, pero uno de los dos tenía que ganar por cualquier diferencia mínima, media o abultada.


Siempre habrá quejas, algunas de las cuales se convierten en denuncias formales ante los sistemas judicial y electoral estatuidos para ello. También eso es parte de la democracia y consecuencia de las mismas elecciones. Pero hoy la realidad democrática y por tanto institucional es una y la debemos aceptar todos, al fin y al cabo esa realidad pudo haber sido otra, como estuvo a punto de serlo.


Así como un sector debe admitir que el otro ganó porque obtuvo más votos, quienes ganaron también deben comprender las críticas y las denuncias, así estas no se materialicen legalmente ante los órganos competentes, así no se alleguen o se encuentren las pruebas. Somos humanos, nos duelen las derrotas. No se trata de afirmar que por el solo hecho de que un candidato ganó debido a que sacó mayor cantidad de votos un día, tal ocurrencia legitima su victoria de plano, no, se trata de aceptar ese triunfo mientras no se pruebe lo contrario por medio de los mecanismos adecuados para ello. Y eso hasta ahora no ha sucedido.


Y me atrevo a decir que no sucederá, pese a que pueden pasar muchas cosas. Pero luego de las siete de la noche del pasado domingo tenemos que pensar bajo otra realidad. Pensar en un país cuyos mecanismos democráticos así sean imperfectos ayudaron a trazar una ruta clara y definida. Y esa ruta no es una autopista ancha y libre por donde transite sin escollos la búsqueda de la paz mediante los diálogos, también está trazada con las dificultades que implica el que una gran cantidad de personas con todo su derecho no crean en ese mecanismo para logar esa paz, personas respetables que se seguirán oponiendo a este, lo cual no es impedimento para que el gobierno elegido siga ese rumbo marcado en unas elecciones, aunque intentando con logros sumar mas adeptos a dicha causa.


Para el ganador, haber triunfado implica el mandato de seguir las ideas y programas expuestos en su campaña, aplicarlos valiéndose de todos los mecanismos y medios que otorgan ser gobierno, pero siempre dentro de la Constitución y las leyes. Para quienes no obtuvieron la mayoría de votos implica también cumplir el mandato de sus votantes, no desde el gobierno sino desde otros espacios como el Congreso, los demás órganos deliberativos regionales y los medios de opinión. Pero también con la verdad y con la razón de frente, que son las que le dan fortaleza a la oposición.


Lo que sigue ahora es reflexión, mucha reflexión; responsabilidad, mucha responsabilidad; tolerancia, mucha tolerancia; respeto, mucho respeto. La campaña fue dura, muy dura, y se abrieron heridas profundas, muy profundas en grandes, medianos y pequeños espacios. Pero esa es otra labor si queremos una Colombia con futuro: restañar las heridas sin que ello implique borrar las diferencias. O que al menos quede una lección: mientras más duros los ataques, más profundas las heridas y más difícil la reconciliación. Hagámonos más pasito para que podamos unirnos más rápido y con más fortaleza.