Columnistas

La Ola Amarilla
Autor: Omaira Martínez Cardona
18 de Junio de 2014


El primer propósito para meterle goles a la construcción de democracia y de tejido social debería ser el de la formación en cultura ciudadana

Oma66co@gmail.com


Desde hace varios años con las marchas y los conciertos por la paz, no se veía tanto poder de movilización ciudadana como el de la ola amarilla del pasado fin de semana en el primer partido de Colombia en un mundial de fútbol después de tanto tiempo. Pocas veces los colombianos, tan reacios a uniformarnos, portamos sin distinción y sin protestar la misma prenda como símbolo del nacionalismo emotivo que nos caracteriza y que ojalá funcionará para otros propósitos. 


Que el deporte sea un motivo de cohesión y alegría es maravilloso, que sirva como estrategia de poder también es válido,  que sea la mayor distracción de un pueblo es excelente, pero no debe ser el único interés en torno al cual todo un país que tanto necesita unirse y movilizarse, lo haga. Si la intensidad y compromiso con el que todos hacen fuerza por su equipo, se desbordara también en otras causas, sin duda se superarían muchas dificultades y se evolucionaría como nación.


La nación y la democracia no se consolidan con simbolismos y manifestaciones de orgullo nacionalista de momento, se logran como los buenos equipos deportivos, con estrategias y objetivos claros en un proceso a largo plazo que va madurando y en el que es vital la participación de la ciudadanía.


El primer propósito para meterle goles a la construcción de democracia y de tejido social debería ser el de la formación en cultura ciudadana; así como para apoyar un deporte hay que saber y conocer cómo se practica, asimismo se debe aprender a ser ciudadano, conocer lo que significa y el compromiso que se adquiere por el hecho de haber nacido en un territorio compartido con otros, un país y una cultura. 


Si con el mismo interés que cada uno adquirió una camiseta, también cada ciudadano se movilizará a ejercer la ciudadanía no solo mediante el voto sino con otro tipo de deberes, el país sería más próspero para todos. Si con el mismo entusiasmo todos se movilizarán en torno a la generación de propuestas y proyectos de ley para la atención de necesidades básicas que aún no están cubiertas como por ejemplo, una buena cobertura y servicio en salud, se lograrían grandes transformaciones. Si con la misma facilidad con que se genera conversación con los otros sobre un equipo deportivo se generará diálogo sobre otros temas, el panorama cambiaría. Si con la misma tranquilidad con que se comparte un espacio frente a una pantalla para celebrar un triunfo deportivo se hiciera para solidarse con los otros traspasando “fronteras invisibles”, el ambiente sería otro.


Si es motivo de orgullo que un ciudadano salga por los medios masivos alardeando de la hipoteca que hizo a su vivienda para viajar a ver a su equipo jugar, es porque algo está faltando en ese proceso de construcción de cultura ciudadana. El país y los ciudadanos no deben dejarse aturdir por emociones momentáneas que aunque sirven para distraerse y hasta olvidar las dificultades unos días, no cambian la realidad. Que el deporte sea como un bálsamo que genera pasión y una buena excusa para movilizarse y unirse, está bien, pero todo en su justa medida es lo que recomiendan los médicos, los técnicos, los sicólogos y hasta los guías espirituales. 


Una buena cultura ciudadana propicia ciudadanos apasionados que tienen la camiseta puesta sin importar de qué color, pero comprometidos con el bienestar de sus coterráneos en tiempos de conflicto, de dificultad, de tragedia o de fiesta y celebración, con tácticas y acciones claras. Así también se celebran goles y se hace patria.