Editorial

Razones para un moderado optimismo
14 de Junio de 2014


Sabemos que esta generación de jugadores está en condiciones de superar lo hecho históricamente hasta ahora, pero somos conscientes de que al Mundial van los mejores.

Cuando los jugadores de la selección colombiana de fútbol salgan hoy al gramado del estadio Mineirao, en la ciudad de Belo Horizonte, para su debut en el Mundial de Brasil, los colombianos ya podremos estar orgullosos de nuestro equipo, pues su sola presencia en una cita orbital después de dieciséis años de ausencia y el sentimiento de unidad que ha generado en el país, son logros que ameritan todo el reconocimiento y que despiertan una ilusión que debe ser proporcional a la realidad de nuestro fútbol, de modo que el resultado final de nuestra participación, sea triunfo o derrota, sea asumido por todos los aficionados como lo que es: lo normal dentro de una competencia deportiva.


Cada participación colombiana en los mundiales ha estado rodeada de circunstancias particulares. Así, a Chile’62 los nuestros clasificaron enfrentando una serie ante Perú y el heroico empate ante la Unión Soviética fue por años el máximo logro. Más tarde, en Italia’90, en el furor de la era Maturana, el paso a segunda ronda y el empate ante Alemania marcaron el inicio de una era dorada que tuvo su máxima expresión en la fase de clasificación a Estados Unidos’94, incluido el 0-5 a Argentina en Buenos Aires, pero cuyo desenlace fue el estrepitoso fracaso en la cita orbital, colofonado con el asesinato del defensor Andrés Escobar. Con la inercia del proceso Maturana, Colombia clasificó a Francia’98, cuyo mayor recuerdo son las lágrimas del arquero Farid Mondragón, al caer eliminados en primera fase.


Los años de sequía que siguieron marcaron un cambio radical en el fútbol colombiano. De selecciones en las cuales lo novedoso era tener jugadores fichados por equipos extranjeros, pasamos a una generación en la cual, salvo uno de los convocados, todos militan en ligas internacionales, incluidas las más exigentes y prestigiosas del mundo, como son la de España, Italia y Alemania, lo que le da al onceno nacional la madurez y la jerarquía que no tuvieron sus antecesores. El proceso, de la mano del técnico argentino José Néstor Pékerman, también marcó una ruptura con el pasado, pues dejamos atrás los equipos manejados al vaivén de la crítica para asistir a un trabajo planeado a puerta cerrada, entre los directamente involucrados. El estilo Pékerman, con sus entrenamientos reservados y su concentración en Argentina, ha liberado a los jugadores de una buena carga de  presión, lo que hasta ahora parece haber dado resultado.


Los problemas no han faltado. La lesión del delantero Falcao García, en su momento catalogada de manera exagerada como tragedia nacional por parte de un sector de la prensa deportiva, afectó sicológicamente al grupo de jugadores y al país, pero como lo expresamos en nuestro editorial del 24 de enero pasado “Reflexiones sobre una lesión”, hubo tiempo suficiente para prepararse para jugar sin él y confiamos en que, pese a la esperanza que se guardó hasta el último momento, esa tarea se haya  hecho a cabalidad, así como se tuvieron que enfrentar otras lesiones, como la del defensor Amaranto Perea y la del volante Aldo Leao Ramírez. 


Nuestro optimismo es moderado porque sabemos que esta generación de jugadores está en condiciones de superar lo hecho históricamente hasta ahora, pero somos conscientes de que al Mundial van los mejores. Avanzar a segunda ronda sería el requisito a llenar, pues de ahí en adelante cualquier logro será histórico. La cercanía geográfica y cultural con Brasil, el mayor cubrimiento del Mundial gracias a los cada vez mejores medios tecnológicos existentes y la constante histórica según la cual en América solo ganan americanos, ha aumentado la emoción, la ansiedad y la expectativa. Nuestro mayor deseo es que todos esos sentimientos sean canalizados en alegría y orgullo y que, como ya dijimos, no perdamos de vista que el triunfo no está garantizado, que en el deporte solo existen las opciones de ganar y perder, que la selección ya hizo su trabajo y que en el desenlace, en alguna medida, el destino también aporta su parte.


Hemos sido insistentes en estas  columnas en reconocer en el deporte el factor que mayores alegrías nos produce y que más sentido de pertenencia por el país nos genera. Hoy no es la excepción, pero como medio de comunicación que promueve la democracia y el ejercicio pleno de la ciudadanía, no podemos dejar de invitar a nuestros lectores a no dejarse distraer por el Mundial y a ejercer, mañana, nuestro más valioso privilegio: el de votar en las elecciones presidenciales y meterle un gol a la abstención. ¡Suerte Colombia!