Columnistas


De ruido en ruido y ¡PUM!
Autor: Mariluz Uribe
2 de Junio de 2014


Que tristeza, quiero y admiro a mis profesores de tango, y me encanta bailar.

Que tristeza, quiero y admiro a mis profesores de tango, y me encanta bailar. Pero la verdad  es que no he vuelto a los bailaderos debido al volumen de la música  que maneja el disc jockey (?).


Me parece extraño que a tanta gente le guste el volumen, claro yo sé que mientras más fuerte sea menos se puede conversar y  más trago se pide, para ocupar la boca en algo, ¡Y también sé que si uno está borracho oye menos! 


Siempre sorprendida de que solamente a mí el ruido me molestara, fui donde un médico especializado en oídos y otros enredos de cabeza y cuello,  que me presta una atención infinita y a quien agradezco,  aprecio y admiro no sólo por lo que sabe, sino también por su forma de ser. Me explicó que si bien muchas personas iban perdiendo el oído con el paso del tiempo, otras oían más, y eso era Hiperacusia..


También me comentó que  los jóvenes de ahora que viven entre esos volúmenes y además se los conectan enterrándose audífonos entre los oídos pueden terminar sordos. 


Antes de los micrófonos y parlantes, ¿cómo hacía la humanidad? El cantante considerado el más grande del mundo, Caruso cantó siempre sin micrófono porque éste,  tecnología de la edad postmoderna, no existía. Y según he oído la voz de quién todos conocen, Frank Sinatra, con quién estuve sentada en una mesa del Waldorf de New York, comenzó cantando sin micrófono. Y ahora los cantantes que están en la sala de la casa cogen un micrófono como si este fuera su novia favorita y ensordecen hasta un punto que me ha tocado ver como la gente se va levantando y metiéndose al comedor, al baño o a la cocina... 


Bueh... como decía Mafalda (a quien ya clausuraron) posteriormente a causa de un desmayo sufrido, creo yo que sin motivo porque no tenía nada apretado ni me acababa de abandonar el ultimo de mis amantes imaginarios,  visité a un super-cardiólogo que me hizo exámenes durante una semana. Concluyó aconsejándome que para mi bien, no asistiera a lugares de ruido y tumulto pues me podían producir síncope. Esa palabra me pareció como de telenovela o más bien como de vieja zarzuela, pero como que la cosa era en serio:


Si les ha dado síncope no se habrán dado cuenta, pues hasta que uno no se despierta o lo despiertan y resucitan, no sabe que se ha caído -impredeciblemente- al suelo, eso sí preferentemente en una casa tapizada  y no en una “mod” de falsa madera, ni en la acera llena de sus consabidos huecos, ni en el asfalto. 


El joven corazonólogo me explicó algo muy interesante, en lo cuál por creídos, pretenciosos e ignorantes que somos, no pensamos nunca: Venimos del simio, no hay escape nada de la poesía bíblica de un Adán y una Eva “creados por Dios a su imagen y semejanza” (ojalá). Venimos del mico o mono si los racistas prefieren llamarlo así, y estos simiecitos de Dios  comenzaron andando en sus cuatro patas, para lo cual habían sido diseñados,  luego algunas de sus especies comenzaron a erguirse, no sé si para buscar alguna fruta de un árbol prohibido o para atacar a algún presunto enemigo. Y cuando llegó la variante Ser humano, llamado creo erradamente ¨Homo sapiens¨, éste se irguió del todo para reinar sobre todas las cosas y sobre todos los demás seres. Pero, el cerebro, diseñado para un ser que caminaba en cuatro patas, tuvo que adoptar otra posición, ¡vertical en lugar de horizontal! Y tratar de adecuarse a ella. Con esto el pobre cerebrito se asustó y empezaron, precisamente, a trabársele los cables  y resultó haciendo mucho más disparates que todos los demás animales juntos, y enfermando de mil cosas de las que no enfermaban los animales, a menos que hubieran sido domesticados... ¡para que fueran amigos del hombre!


*Psicóloga PUJ y Filóloga U. de A.