Columnistas

¿Somos ingratos?
30 de Abril de 2014


La muerte de García Márquez ha traído al medio un viejo debate: ¿por qué algunos hijos ilustres de esta tierra se ven obligados a optar por el exilio en otro país, cuando no es que debido a la persecución pasan a “mejor vida”? , ¿será que la actitud de los colombianos es idéntica a la que en la mitología griega tuvo Cronos al devorar a los hijos que él mismo engendraba?

Juan Camilo Arias


jcariasm1@gmail.com


La muerte de García Márquez ha traído al medio un viejo debate:  ¿por qué algunos hijos ilustres de esta tierra se ven obligados a optar por el exilio en otro país, cuando no es que debido a la persecución pasan a “mejor vida”? , ¿será que la actitud de los colombianos es idéntica a la que en la mitología griega tuvo Cronos al devorar a los hijos que él mismo engendraba?


Visto a ojo de pájaro, las personas que desde algún nivel del conocimiento aportan a una sociedad deberían ser tomadas en consideración y respetadas. La construcción de una cultura y de una identidad colectiva requiere de tantos elementos sutiles que mal haríamos en pensar que se trata de una fácil tarea.  Sin embargo, por lo menos desde la segunda mitad del siglo XX, hemos visto partir a varias mentes brillantes que, debido a la persecución política, han encontrado en otros países la libertad que acá no les hemos sabido brindar.  Otros, lamentablemente, hallaron las balas antes que el exilio.  


Las desafortunadas palabras con que la congresista electa María Fernanda del Cabal despidió a una de las personalidades de mayor trascendencia en la historia del país – y del mundo – son ciertamente materia de preocupación.  Y es que más allá del aspecto escandaloso que cobra el caso – pues de manera aventurada y arrogante le deseó el infierno a quien ha construido parte de la identidad contemporánea del país –, es necesario interrogar la cultura política que se manifiesta detrás de esas declaraciones.  ¿Por qué en este país se prorrumpe con tanta facilidad en adjetivaciones e insultos con aquellos que no piensan como nosotros? ¿A qué responde esta particular tendencia a la exclusión de la cual la congresista es apenas una muestra ejemplar?  


Dicha actitud, por lo demás ajena a un espíritu verdaderamente democrático, tiene también algo de ingrata.  Contrasta notablemente con el respeto y el cariño con que durante varias décadas México albergó al escritor.  En su discurso de despedida a Gabriel García Márquez pronunciado en el Palacio de Bellas Artes, el presidente mexicano Peña Nieto insistió en que si bien Colombia había sido la patria del escritor, México había sido su “casa”, el país que le brindó siempre “el amor y el cariño de la gente.”  


Gabo se ha ido y su silencio prudente es una objeción a la estirpe del odio que sí ha encontrado una oportunidad en esta, nuestra tierra.  Su partida, al igual que la de Mutis o la triste sentencia callejera dictada contra Jaime Garzón, son motivos suficientes para reflexionar acerca del enorme costo social y cultural que trae consigo la exclusión de las personas que desde la crítica, la creación y el pensamiento han tratado de encontrar nuevos caminos, rumbos capaces de imprimir un aire distinto a la convulsa historia que legaremos a la generaciones venideras.