Columnistas

Semblanza aproximada de un tiranuelo
Autor: Sergio De La Torre
6 de Abril de 2014


Sabemos ya que las promesas de amor y respeto que Maduro nos hace de cuando en cuando y su acompañamiento a los diálogos de La Habana son meras ritualidades y palabrería, inducidas por la fragilidad de un mandato nacido del fraude.

Sabemos ya que  las promesas de amor y respeto que Maduro nos hace de cuando en cuando y su  acompañamiento a los diálogos de La Habana son meras ritualidades y palabrería, inducidas por la  fragilidad de un mandato nacido del fraude. Pero a él sí le gustaría (y debe dolerle no poder hacerlo) apoyar a las Farc  a la manera de Chávez,  o sea con  cabal impunidad. Cada que se agriaba el trato con Uribe el coronel amenazaba con incursiones aéreas,  o con mover la tropa  hacia la frontera.  Se aventuró  incluso a mencionar a Arauca y La Guajira como predios venezolanos anexados por Colombia  y que algún día deberían restituirse.  Maduro no llega tan lejos pero sí tiene el cuidado de recordarnos  su patrocinio a la paz, lo cual me huele  a chantaje o,  cuando menos, a cuenta de cobro en espera. En cierta ocasión mandó  callar al presidente Santos y varias veces se ha tomado la libertad  de regañar a Colombia en términos soeces y altisonantes mientras pierde, o finge perder,  los estribos , llevado por la misma ira  santa, esa sí justificada,  que a veces acometía  al  Nazareno  en su arduo y noble peregrinar  por Palestina. 


Un episodio en particular  nos llamó la atención por su gravedad y por el   silencio,  o circunspección,  que lo rodeó:  fue cuando aviones de guerra rusos, en raudo vuelo de Venezuela a Nicaragua, propiciado por la primera,  cruzó nuestro espacio aéreo sin permiso y (avergüenza decirlo)  sin que se mosqueara  la ilustre  y muy   sagaz   dama que  hace de  canciller. Tanto que bramó  Chávez ante la posible presencia militar gringa en Colombia mientras ahora  se permite allá la de Moscú.  Nunca faltan, el fariseísmo y la doblez, en todo  experimento populista, o falsamente redentor, que es lo mismo


A Caracas poco le  preocupa, por lo visto, la demora u olvido  en el pago de lo que todavía debe  por viejas compras hechas aquí (nuevas ya no se dan). Nada hace por restablecer , siquiera en algo,  el holgado  volumen de comercio  de  hace 8 años, cuando Venezuela (que aquí se abastecía  en   buena medida)  para castigar a Colombia en lo económico y así ver de doblegarla, le cedió su mercado a otros países, más  distantes, con menos nexos históricos, pagando  mayores precios por productos de inferior calidad y  lentos en llegar. Pues Argentina, Brasil y otros  no  colindan con ella  o están  lejos.  Insistimos: en asuntos cruciales, tan sensibles como el   comercio bilateral,  la prédica de la hermandad  no admite retórica. Ella se demuestra  con hechos. Si somos  tan cercanos y entrañables como dicen, debieran honrar su deuda y   comprar  nuestros automóviles y nuestros  víveres, que  a la mano los tienen, y  más baratos. Sobra decir que jamás  se concretan o ejecutan    rimbombantes  proyectos comunes  como el oleoducto al Pacífico y  una  refinería en  nuestra costa Caribe financiada por ellos.  Anunciados en pomposas ceremonias  presididas por  Chávez  hace ya tiempos,  no ven la luz ni la verán. Y me asalta una pregunta, que resulta oportuna para entender  a quién tenemos al lado. De los 500.000 millones de dólares que en 3 lustros de bonanza petrolera (coincidentes con la edad del régimen chavista)  Venezuela  ha regalado a sus vecinos latinoamericanos  ¿cuánto recibió Colombia?  pues ni un mísero centavo. Lo cual en el fondo  no debe disgustarnos, como no lo debiera todo aquello  que nos  ilumine  el contexto geopolítico en que nos movemos, con sus luces y sombras. Si, víctimas  de la deliberada indiferencia  o  la declarada hostilidad de Caracas no nos hemos derrumbado aún como nación o  caído en sus garras, es porque Colombia  parece  llamada, o condenada, según prefiera el lector, a  sobrevivir  a todas las desgracias  o  infiernos en que se hunda.


Volviendo al señor Maduro, motivo de   estas lucubraciones, poco habría que agregar,  tratándose, como a mi juicio se trata, de un fenómeno pasajero,  no  de la política sino de la naturaleza.  Al atildado  y gentil canciller de  otrora  le bastaron, en verdad, unos cuantos meses  para revelarle al mundo  su real  condición de bestia,  transeúnte  en el  trono, de donde sus propios compinches (y hasta los camioneros , abochornados de haberlo tenido  alguna vez  entre los suyos)  no tardarán en apartarlo,  con destino a la jaula.