Columnistas

Enigmas no resueltos
Autor: Sergio De La Torre
30 de Marzo de 2014


El rol que le corresponde jugar frente a la crisis venezolana es como de tragedia griega, por el dolor que entraña y porque, además, raya en el absurdo.

Triste destino el de Colombia. El rol que le corresponde jugar frente a la crisis venezolana es como de tragedia griega, por el dolor que entraña y porque, además,  raya en el absurdo. Sabido es que  quien vive  ese género de tragedia es el que menos la merece. Ahí reside su paradoja cruel, lo retorcido de su ocurrencia. ¿Cómo se explica que de toda Latinoamérica hoy seamos precisamente nosotros el país más castigado por Venezuela, cuando debiera ser lo contario?  Lo digo sustentado en poderosas razones: 1) la hermandad primigenia, que nace de tener la misma raíz y un padre común, 2) las afinidades de base entre sus habitantes: no hay diferencias culturales de fondo,  3) los estrechos vínculos que las unen, por compartir una  prolongada  frontera  y por la presencia allá  de millones de compatriotas nuestros  trabajando en oficios básicos,  derivando de ahí su subsistencia.


Pocos casos se dan en el  mundo   de dos pueblos tan conectados, tan urgidos de auxiliarse mutuamente y compartir la vida, con  sus azares y viceversas.


No  bien obtenida la independencia - que fue una gesta común -  fundamos  la  Gran Colombia como nación unitaria,  siendo  el tejido de ambas  uno solo, tanto que al norte respiramos el mismo aire caribe y al suroriente viven  confundidos y  entremezclados los llaneros, esa etnia altiva y recia que nos enorgullece a todos. Cada que un colombiano y un venezolano se cruzan, el trato brota espontáneo, fácil, confiado, como en familia. Hablando el mismo lenguaje, ellos  se entienden sus propios  giros, sus particulares  tonalidades, amén  de que  participan de  iguales alegrías y preocupaciones.


La Gran Colombia se disolvió pronto, cuando Páez (que, presumo yo, no gustaba de Santander, a quien, pese a su ancestro cucuteño, tomaba  por  la encarnación del altiplano) cuando Páez se apartó de Bolívar. Vino  un largo siglo de disensiones, mandobles y zarpazos, mas nunca falló, aquí o allá, la convivencia fluida y natural entre las gentes del común, ni el respeto  mínimo  entre los gobiernos. Hasta que llegó Chávez con su lenguaje bronco, sus  amenazas rituales  y su amparo a la guerrilla, utilizada para debilitar a Colombia, con vistas a insertarla  en su delirio bolivariano. Ahora es Maduro quien nos ruge,  desafiando,  él también, la fuerte tradición  de fraternidad y mutua colaboración que atrás reseñamos.


Sin hipérbole ni tremendismos  podemos  concluir  que el  chavismo  es  la peor amenaza que  hayamos enfrentado en  la historia. Aludo a la estabilidad institucional nuestra,  a la democracia balanceada que nos cobija y tanto les escuece y a la integridad territorial. Todo  ello lo tienen en la mira. Su patrocinio a los diálogos  habaneros con los mismos facciosos que  protegen   en su  territorio, obviamente es interesado. En él no hay nada gratis ni altruista. Sería el colmo de la ingenuidad imaginar siquiera  a   dicho régimen disociado de la  insurgencia  o del partido político que la reemplace  una vez ella  se desmovilice tras un acuerdo de paz. En el cual, sin embargo, sigo creyendo, pues las percibo más   afanadas  que el propio  Establecimiento  por  ponerle fin a un conflicto  que ellas mismas, tanto como sus protectores foráneos, estiman inútil, además de arriesgado  para sus rollizos comandantes que, aburguesados  en su dorado exilio de varios  lustros,  y  más proclives     al satisfecho Epicuro que al  adusto Marx, ya quieren jubilarse.  Lo cual no es malo en sí, pues mientras más  pronto  se  corrompan  en los  vicios  y  delicias del capitalismo, más rápido serán  cooptados, o reinsertados, como ellos, con un resto de pudor, prefieren decir.  Pero como el espacio se nos agota, proseguiremos luego con estas notas.