Columnistas

Coincidencias alentadoras
Autor: Manuel Manrique Castro
26 de Marzo de 2014


Bachelet y Sánchez Cerén se han propuesto invertir en la gente, privilegiar los derechos de la población, darle ingresos al estado para el cumplimiento de su tarea social y asegurar empleos de calidad especialmente para las mujeres y los jóvenes.

Chile y El Salvador tienen  poco en común aunque los une un hecho sencillo y anecdótico, ya que  tanto a la premio Nobel chilena de Literatura Gabriela Mistral,  como al poeta salvadoreño Julio Enrique Ávila se les atribuye la paternidad del calificativo Pulgarcito de América. El nombre ha sobrevivido por décadas  venciendo las más variadas  turbulencias políticas y es la marca orgullo de los salvadoreños,  dentro y  fuera de su territorio, como síntesis de una doble característica del país: el tamaño de su territorio y la amabilidad de su gente; el nombre está acuñado y hace  parte de la identidad nacional.


Sin embargo, más allá de los contrastes entre estos dos países, estamos ante nuevos hechos políticos producto de las recientes elecciones  que han puesto a Michelle Bachelet en el Palacio de la Moneda y a Salvador Sánchez en la presidencia de El Salvador.  La primera por margen holgado, el segundo por exiguos seis mil y tantos votos.


Chile tiene una extensión territorial 36 veces mayor que la de  El Salvador  y un PIB 11 veces superior,  pero la deuda externa salvadoreña es sólo 2.5  veces menor,  evidenciando una expresión más de las muchas diferencias geográficas, sociales y económicas  entre estas dos naciones  latinoamericanas.  


Pese al predominio de las diferencias,  los nuevos gobiernos de Chile y  El Salvador tienen en común dos rasgos de singular peso específico en la política latinoamericana actual.  De un lado, importantes similitudes en las plataformas políticas con las que llegaron a sus respectivos gobiernos y de otro,  ingresan al escenario regional sin estar inscritos en la disputa entre el  chavismo languideciente  y sus adversarios.  


Si una imagen queda grabada de la toma de posesión de Michelle Bachelet, es aquel abrazo  entre ella y la hija de Salvador Allende, ahora presidenta del Congreso, cuya calidez  hizo inevitable pensar en el largo trayecto recorrido por ambas desde aquel septiembre de 1973.  Sánchez Ceren tiene aún dos meses largos para afinar los detalles del inicio de su mandato presidencial.


Para Bachelet los ejes de su acción estarán centrados en transformar la Constitución nacional, dejando de lado la herencia pinochetista,  para que quepan en ella los derechos de todos los chilenos.  Sintiéndose orgullosa por provenir de la educación pública quiere  hacerla  gratuita, de calidad, incluyente y con horizontes y para ello está rodeada de los principales líderes estudiantiles hoy convertidos en flamantes miembros del Congreso.  


Hará también, y no será tarea nada fácil,  los ajustes necesarios a las finanzas del Estado de modo que “quienes tienen más, contribuyan con el bienestar de todos” y el país pueda asegurar  empleo decente  dando preferencia a las mujeres “para que puedan estudiar mientras sus hijos van al colegio”


El proyecto del actual vicepresidente salvadoreño, Sánchez Cerén, hijo de carpintero y vendedora de mercado, maestro, integrante del FMLN y firmante de los acuerdos de paz del 92, quiere  formación acelerada y masiva en todos los niveles para  “ despertar las capacidades innatas de las personas como también promover sus capacidades laborales”  porque entiende que “el país es uno e integral, y no separado ni diseccionado, ya que su disociación ha contribuido a la prolongada postergación de lo social, afectando a la gente”.


Ambos, Bachelet y Sánchez Cerén  se han propuesto invertir en la gente, privilegiar los derechos de la población, darle ingresos al estado para el cumplimiento de su tarea social y asegurar empleos de calidad especialmente para las mujeres y los jóvenes.  Quieren sentar, al final de cuentas, nuevas bases de gobernabilidad en Chile y el Salvador.