Editorial

La grandeza de un moderado
25 de Marzo de 2014


La casa de todos sus hijos que hoy es España tiene el sello personal de Adolfo Suárez, franquista moderado, para muchos personero del centro que no ha logrado ser opción política.

Las coincidentes declaraciones de pesar de los presidentes del Gobierno, Mariano Rajoy, y de la autonomía catalana, Artur Mas, hoy enfrentados por el modelo de país que debe ser España, y el encuentro de expresidentes de gobierno socialistas y del Partido Popular con el rey Juan Carlos, para rendir honores a don Adolfo Suárez, son invisibles y trascendentales victorias póstumas del exgobernante que cumplió con gran acierto el encargo de modelar el paso de la dictadura franquista a una “monarquía democrática”, según expectativa del rey Borbón transmitida a su pueblo tras la muerte del dictador, y supo retirarse con dignidad cuando la democracia le retiró su confianza, en 1981.


Como es común para los líderes de las transiciones democráticas, tras su gobierno Suárez encontró la soledad y superó las traiciones de quienes deslizaron la Unión de Centro Democrático al Partido Popular, poniéndolo más a la derecha de lo que él hubiera esperado y un tanto a la izquierda de lo que deseaba Manuel Fraga, franquista confeso. Soledad y silencio han sido sepultados en unos funerales que invitan a repensar  la figura de quien tuvo el talento y el pragmatismo suficientes para garantizar la presencia y voz de los partidos y regiones distintos y distantes, pero parte todos de una sociedad democrática, moderna, industrializada, integrada al mundo, que nació, maduró y se consolidó en apenas 35 años.


El abogado Adolfo Suárez se sobrepuso al escepticismo generalizado frente a su nombre, aquel que llegaba de amigos de la falange, sorprendidos por una designación que lo catapultó y que le mereció ser tratado como “trepador político”, y el de sus contradictores demócratas, que temieron que se limitara a ser notario de la preservación del orden instaurado en 1939, tras la derrota de la Segunda República, a manos del general Franco. El cambio fue la tarea difícil que Suárez emprendió con valentía, y mucha simpatía, y que le permitió romper con instituciones y prácticas de la dictadura derechista más larga del siglo XX, que se mantuvo por la proscripción de las libertades individuales y políticas, la prohibición de las identidades territoriales y los partidos políticos contrarios al régimen, y la reinstauración del carácter preconciliar del católico Estado español.


En acto con gran simbolismo, el señor Suárez escogió el sábado de Gloria de 1977  para levantar la proscripción al comunismo y ofrecerle la oportunidad para participar en las elecciones de la constituyente que redactó la Carta Política que define la España de hoy y espacio para que llevara a Comisiones Obreras, sindicatos aliados de la extrema izquierda, al Pacto de la Moncloa, que definió la modernización de la economía y las relaciones de trabajo en el país. Su determinación mostró el real tamaño del comunismo en España, limitó la radicalización de la izquierda y abrió camino a los gobiernos del Partido Socialista Obrero Español, democráticos y garantes de la libertad de empresa.


La Constitución, hoy debatida desde Cataluña y otros territorios autonómicos que aspiran a que se profundice su independencia y por quienes demandan la liberalización en temas como el aborto, recoge el alma del líder moderado y moderador, que logró disponer una mesa de discusiones con todos los sectores políticos y moderar los debates entre las alas radicales que en lo ideológico reclamaban, de un lado, la ilegalización del comunismo y, del otro, el retorno pleno a la república, sin monarquía, y en lo territorial se enfrentaban entre el deseo de una república centralista y la esperanza de autonomías plenas, sobre todo en Cataluña y el País Vasco. Que los distintos puedan hablarse sin necesidad de un moderador es otra victoria de quien los sentó en su mesa.


En esta etapa muestra su brillantez al moderar posiciones radicales a la derecha y la izquierda que clamaban por la España republicana abortada en el golpe franquista de 1936 y se oponían a los que pedían la ilegalización del Partido Comunista, al tiempo que el debate territorial enfrentaba a los partidarios del Estado centralista y los amantes de la autonomía plena. La casa de todos sus hijos que hoy es España tiene el sello personal de Adolfo Suárez, franquista moderado, para muchos personero del centro que no ha logrado ser opción política. La que puede llegar a ser, si es su deseo tener una historia de unidad en las diferencias ideológicas y territoriales, deberá contar con el ejemplo del político que logró tener una mesa tan bien dispuesta que todos los invitados se sintieron parte del mismo discurso.