Columnistas

El elogio de los 駉駉s
Autor: Sergio De La Torre
23 de Marzo de 2014


De los griegos aprendimos la noci髇 de democracia y aristocracia como antonimia cuyo 鷏timo t閞mino alude al gobierno de los menos, que se transmiten el mando y la riqueza, siendo 閟ta la que determina la prevalencia de unas familias.

De los griegos aprendimos la noción de democracia y aristocracia como antonimia cuyo último término alude al gobierno de los menos, que se transmiten el mando y la riqueza, siendo ésta la que determina la prevalencia de unas familias, devenidas en clanes inamovibles. En Colombia algo recogimos de aquella cultura, mas no lo mejor o arquetípico que a la civilización occidental, hija suya, hoy la adorna en el mundo del saber y en rutilantes áreas de la política y la sociedad que no hemos conseguido ni conseguiremos imitar. Contamos sí, para orgullo nuestro, con una aristocracia ya extendida a la periferia. Antes se contraía a la altiplanicie, ejemplificada en unos apellidos emblemáticos por el mérito y la gloria que arrastran desde los albores de la República, y otros más, que les son afines o cercanos. Enumerémoslos: Caro, Restrepo, Ospina, Mosquera, Holguín, Valencia, Lleras, López, Santos.


La vieja aristocracia de sangre en Europa, cuyos restos todavía respiran y suspiran en salones y castillos dispersos, se resumen en monarquías sobrevivientes, y las cortes acompañantes, cada vez más ornamentales ambas, decadentes y repudiadas, acechadas por el fantasma de la abolición, como la española, digamos. De hecho casi todas se hallan en vías de extinción: la sociedad moderna, mientras más igualitaria, menos tolera sus prerrogativas. Toda aristocracia termina degenerándose, por efecto del cruce entre parientes, y debido a su propia inanidad, lo aburrido y estéril de su existencia, el hartazgo que en el común generan sus privilegios tributarios y un estilo de vida no del todo ajeno a la corrupción, como también la Madre Patria lo atestigua .


Eso en lo tocante al Viejo Mundo, donde esta casta campeó durante siglos y hasta milenios. En Colombia sucedió al revés: la elite política que hoy campea en la provincia nació ya degenerada, gracias a lo cual nos ahorramos el tiempo requerido en otras latitudes para que se degradara. Hoy se encuentra en franco estado de putrefacción, lo cual nos favorece o nos perjudica, según se mire. Me inclino por lo primero. Lo relevante ahora es que de tal aristocracia regional (llamémosla así por lo hereditaria), inapta y venal como ninguna en el continente, a menudo financiada por fuerzas obscuras, emana el poder central. A través del Congreso, donde trueca su voto por favores para las comunidades, pero también para sí misma y sus validos. Favores muníficos, en cupos y asignaciones presupuestarias que, escandalizados, hoy llamamos mermelada, como si apenas la descubriéramos, cuando siempre la hubo para los parlamentarios oficialistas y para los contrarios que, tentados por ella, se vayan deslizando. Los congresistas inciden asimismo en la escogencia de las cortes, tanto como  del fiscal, procurador y contralor llamados a vigilarlos. Administran la vida de sus partidos, donde nada se hace sin su anuencia, siendo como son codueños del botín y amos de la repartija al por menor, aplicada entre las municipalidades rurales en cabeza de alcaldes y caciques. Acabamos de presenciarlo en la convención conservadora, donde poco les importó a los legisladores la muenda que recibieron y las trascendentes determinaciones (laudables y legítimas pero impracticables) allí adoptadas. Incluida la proclamación de una candidatura presidencial, a la que ignoran mientras el electorado azul, cebado por los habituales halagos, los reelige, como pasó el 9 de marzo.


A diferencia entonces de las genuinas democracias europeas o latinoamericanas, aquí los congresistas manejan los partidos desde las localidades o en las convenciones nacionales. Y con ellos la clientela que produce los votos. ¿Cómo? Pues a través de las pequeñas y medianas obras que el Estado, aconsejado por ellos, proyecta mal y ejecuta peor. O del dinero derivado de la gran contratación, que sirve para comprar y mover electores, al precio que se coticen en el mercado.


Así secuestraron la democracia los viejos barones regionales, y los nuevos, legatarios suyos, como Musa y Ñoño, hoy la personificación más fiel de la casta hereditaria. O sea que nuestra democracia en lo político acabó convertida en una aristocracia. Mientras aguante la paciencia nacional que, con ocasión de los últimos comicios y sus macondianos resultados en la Costa Caribe, va llegando al punto de saturación. El de la sacudida que limpie y depure al sistema electoral y con él al Parlamento, cuya integración luce cada vez está más pervertida por el fraude que se perpetra no solo en los escrutinios sino antes de que las urnas se abran, en las largas semanas que anteceden.