Editorial

A la expectativa
11 de Marzo de 2014


Ante la falta de una fuerza mayoritaria, el Legislativo será escenario de trámites interesantemente complejos, en los que las argumentaciones tendrán máxima exigencia y las decisiones tendrán que construirse mediante acuerdos de bancadas.

El domingo, Colombia eligió a su Congreso para el período 2014-2018. Lleno de defectos, seguramente, pero también de las virtudes de la pluralidad que demandará debates y decisiones entre las diez corrientes ideológicas representadas en el Senado y las doce expresiones políticas y sociales elegidas en la Cámara de Representantes. Ante la falta de una fuerza mayoritaria, el Legislativo será escenario de trámites interesantemente complejos, en los que las argumentaciones tendrán máxima exigencia y las decisiones tendrán que construirse mediante acuerdos de bancadas. 


Los 19 senadores que eligió el uribismo, la mayoría primíparos, y la decena de nuevos que llegan en las listas de otros partidos, ofrecen hasta cierto punto la renovación parlamentaria que muchos colombianos querían. El cambio en treinta por ciento de las curules ofrece la esperanza de nuevas voces representando también nuevos sueños; si podrán o no expresar y defender los deseos de los colombianos es interrogante que esos nuevos voceros tendrán que resolver en los próximos cuatro años, período en el que también deberán demostrar que merecían reemplazar a los derrotados, algunos de ellos tempranamente añorados. Para ese Congreso, la confianza y el control exigente son nuestros votos. 


Como todo proceso democrático, el cumplido el domingo abre análisis sobre los ganadores y los perdedores en la cantidad de votos recibidos, en su representatividad y en su capacidad para ser reconocidos por la ciudadanía como personeros de sus esperanzas. Por más que se hagan esfuerzos para disfrazar los resultados, el práctico empate en curules obtenidas por los partidos que apoyan abiertamente al presidente (la U, Liberal y Cambio Radical), con los que se han declarado en oposición (Centro Democrático, Conservador) es una señal que tiene que escucharse en la Casa de Nariño y La Habana. 


Corriendo el riesgo de incurrir en reduccionismo, consideramos que las 38 curules de los partidos de derecha expresan fuerte censura a la forma como avanzan las negociaciones con las Farc, especialmente en lo atinente al desconocimiento a las víctimas y su reclamo de justicia, a los silencios sobre lo negociado, y a la tolerancia, rayana con la alcahuetería, con la prepotencia agresiva de la creciente lista de guerrilleros llamados a la mesa. Y si de confirmarlo se trata, están los escasos cien mil votos obtenidos por la Unión Patriótica en las elecciones de Cámara de Representantes, un guarismo que debe interrogar a los líderes que han dicho que pretenden conformar una colectividad de izquierda pero alejada de la guerrilla. 


Mención especial merece el sorprendente resultado del Partido Conservador, que se consolidó como tercera fuerza electoral conservando su número de curules, a pesar de su identidad ideológica con el Centro Democrático y de que muchos de sus grandes electores habían migrado a esa organización significativa de ciudadanos. El atrevimiento de la doctora Marta Lucía Ramírez al tomarse la convención de su partido le dio un aire de renovación y una nueva fuerza desde las bases que está expresándose en la votación al Congreso, así algunos de los mayores electores sean los más afectos al Gobierno y sus favores. El estancamiento del Partido Liberal, que con el doctor Santos ha recuperado vocería y presencia, alerta por el error de haber renunciado a tener su propio candidato. A pesar del resultado nacional, el liberalismo antioqueño ha logrado una importante recuperación con las tres curules conseguidas en Senado y las cuatro consolidadas en Cámara.


Entre los derrotados de la jornada se escuchan vocecillas que denuncian una supuesta mayor abstención que la histórica para los comicios de Congreso y, en consecuencia, pretenden reclamar la ilegitimidad del Congreso. Pues bien, la abstención (calculada) del 56 % de los potenciales votantes está por debajo del 59 % de las elecciones del 2006 y muy similar al 55 % de los comicios del 2010. Pero de la que sí está lejísimos es de la abstención del 74 % registrada en 1990 en la elección de los constituyentes que en 1991 escribieron la Constitución que nos rige. En consecuencia, pues, el país ha elegido un Congreso legítimo y con representantes de lujo a pesar de que el proceso sigue despertando inquietudes respecto  al porcentaje tan alto de votos nulos (10,4 %); la corrupción denunciada en amplias zonas del país, y las confusiones del voto en blanco.