Columnistas

La ciudad pensada
Autor: Alvaro T. López
11 de Marzo de 2014


Una primera respuesta del hombre común, del que no tiene responsabilidades oficiales, cuando se le indaga por las dependencias que se encargan de la planeación de las ciudades, es que hay que acabarlas.

alvarolopez53@hotmail.com 


Una primera respuesta del hombre común, del que no tiene responsabilidades oficiales, cuando se le indaga por las dependencias que se encargan de la planeación de las ciudades, es que hay que acabarlas. Es una respuesta primaria, irracional si se quiere, pero primera. Esto apunta a la generalizada percepción de improvisación y deshumanización que se tiene de la burocracia anquilosada y rígida que tendría que estar diseñando el hábitat digno que merecemos los habitantes. 


Hablando de una famosa ciudad, alguien que la habita decía que estaba diseñada para diez millones de habitantes, pero que solo la habitaban tres y medio. Lo rescatable de este cuento, no es que este sobredimensionada la ciudad, sino que está diseñada: está pensada para que determinado número de personas puedan vivir cómoda y dignamente; tiene límites debidamente controlados en lo que se refiere a movilidad y contaminación, servicios públicos, densificación habitacional y zonas de solaz. 


La construcción de las ciudades, desde la visión de un lego ciudadano, para que funciones, debe tener dos momentos que el uno es el social, la consideración de bienestar general, que apunta a las condiciones emocionales; el otro es el de la proyección física que debe tener ese conglomerado para los individuos puedan realizarse como personas, para que se cumpla lo primero. Por eso cuando se privilegia lo físico sobre lo social, las ciudades simplemente no funcionan, pues estas deben mantener el perfecto equilibrio entre los dos componentes.


Aunque etimológicamente provienen de raíces que alojan el mismo concepto, el urbanismo y el civismo son cosas muy distintas. Lo primero tiene que ver con el desarrollo de las obras físicas de las ciudades, lo que debería estar imbuido de propósitos sociales en favor de los habitantes; lo otro es la realidad social, la apropiación ciudadana de los asentamientos humanos. Las poblaciones están pensadas para albergar a seres humanos, deben estar hechas a la medida de sus necesidades y aspiraciones. Es absurdo e inhumano, por ejemplo, pretender que una familia de diez personas quepa en los mismos cincuenta y dos metros en los que habita una de tres.


Aprovechando la construcción del nuevo POT, en Medellín deberíamos empezar a proyectar la ciudad, partiendo de una información veraz. El alcalde Gaviria, en una decisión con la que parecen no estar de acuerdo muchos de sus colaboradores, ha comenzado a delimitar la llamada zona urbana, erigiendo una frontera real, tangible. Los encargados de la nueva realidad, tanto en la Administración como en el Concejo, deben dejar de lado las consideraciones personalistas; deben dar muestras de sus competencias. Qué bueno sería que nos dijeran cuantos somos y cuantos podemos ser, para poder poner en cifras reales los sistemas de transporte, de basuras y de seguridad. Eso sí sería estar a la vanguardia de la concepción de ciudad.