Columnistas

¿Primavera en Caracas?
Autor: Sergio De La Torre
2 de Marzo de 2014


Ofende mucho el silencio hemisférico frente a los desmanes perpetrados en Venezuela contra quienes, por una u otra razón, se oponen al régimen imperante.

Ofende mucho  el silencio hemisférico frente a los desmanes perpetrados en Venezuela  contra quienes, por una u otra razón, se oponen al régimen   imperante. Dicho silencio no es nuevo sino que viene de atrás, de cuando Chávez, fracasado el intento de deponerlo en 2002, se atornilló en la silla. Son 12 años de tolerancia en el vecindario con  esa satrapía, tolerancia que tuvo su expresión más elocuente en abril pasado, cuando la elección presidencial soportó el  mayor fraude   que recuerde Latinoamérica en las últimas décadas. Cómo olvidar la estridente reacción de Maduro contra nuestro presidente, a quien apostrofó por haber recibido a Capriles, el candidato burlado y vocero ya probado,  de la mitad, cuando menos, de Venezuela tras el timo de que el hombre  fue víctima.


Creo, sin embargo, que la paciencia con Maduro no es ilimitada y ya comienza a agrietarse en la región. De los gobiernos del Alba solo cinco lo apoyan expresamente en su rabioso afán por aplastar el clamor  estudiantil, al que se ha sumado la clase media  y sectores desengañados del oficialismo. Otros países, la mayoría quizás, han optado por callar frente a la represión  e invocar la convivencia, pero sin tomar partido. Entre ellos llaman la atención Perú y Uruguay, de cuyos mandatarios, dado su origen y afinidad ideológica, era presumible  que se alinearan con el chavismo. Tres países, Panamá, Colombia y Chile, sí se demarcaron, del todo o en parte, adoptando una postura de neutralidad o llamando al diálogo, pero a  partir del respeto a la protesta ciudadana y a la libertad de prensa.


Las manifestaciones no tardaron en propagarse desde Caracas hasta el país entero. Cobran cada vez más fuerza, sorprenden por su persistencia y temeridad, pese a las incursiones de paramilitares, que no se inhiben de disparar desde la sombra  si la ocasión es oportuna o  lo amerita. Y los muertos, ya próximos a la veintena (otrora, en el célebre “caracazo” no  sobrepasaron esa cifra y en la Ucrania de hoy bastó con ochenta para que el régimen se desplomara) van cayendo de uno en uno, cual si se tratara de  episodios graneados y contados para minar la moral y el arrojo de  los que machan  o levantan barricadas. Los universitarios no se amilanan, para sorpresa de  las autoridades que, al emprenderla contra ellos  por  primera vez, no  calcularon la dimensión,  virulencia y  duración del fenómeno,  frente a un adversario que no flaquea, resiste al verdugo sin  desespero y no se   deja provocar. La infame detención de Leopoldo López en plena calle, delante de la prensa y  la muchedumbre enardecida, fue la peor imbecilidad en que pudo incurrir el gobierno, en medio de tantos errores, de palabra y obra, como viene cometiendo. Le brinda a la oposición el mártir y  de paso  el líder que necesita, ante las conocida pusilanimidad de Capriles, quien  en vano trató de abortar estas jornadas heroicas que el ala más resuelta  y acaso más clarividente  de la oposición quiso adelantar y está adelantando con resultados inesperados. Tanto que en Venezuela hay ahora una especie de inflexión o punto de quiebre en una  prolongada  situación de  sopor o vana  espera   en que el gobierno abusa y castiga sin pausa desde hace 3 lustros mientras la contraparte,   a veces  dividida, siempre vacilante, no responde como debiera, acudiendo a la calle, ofreciendo resistencia pasiva, en alguna de  esas modalidades  gandhianas que, cuando las circunstancias lo aconsejan,  resultan  tan  efectivas y eficaces. Es lo menos que podía  pedírsele a Capriles y  sus camaradas  en el estado de cosas, semejante  a  la hibernación, que allá se vivía. En una sociedad ya casi entregada  a   la resignación y sumida en el desconsuelo, en manos del totalitarismo  filocastrista que quieren transplantarle.   Y el cual siempre acaba convertido en monolito inexpugnable que, por  lo  mismo, tenderá a perpetuarse. El experimento cubano ya casi ajusta los 60 años, pese a  operar  en pleno trópico,  entre gente  festiva y despreocupada, hoy reducida a la tristeza, acostumbrada a la obediencia y forzada al exilio o la migración.  Exactamente lo que venía ocurriéndole  a  nuestros vecinos hasta el 12 de febrero, en que parece  despuntar para ellos un nuevo amanecer.