Columnistas

El piano no es la música
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
21 de Enero de 2014


“El ‘saber cómo’ no es nada en sí mismo, es un medio sin un fin, una mera potencialidad, una frase inconclusa. ‘El saber cómo’ no es una cultura, como un piano no es música.

“El ‘saber cómo’ no es nada en sí mismo, es un medio sin un fin, una mera potencialidad, una frase inconclusa. ‘El saber cómo’ no es una cultura, como un piano no es música. ¿Puede la educación ayudarnos a completar la frase, transformar la potencialidad en una realidad que beneficie al hombre?”Este es otro de los cuestionamientos del pensador E. F. Schumacher en su clásico “Lo pequeño es hermoso”, aparecido en el último tercio del siglo XX.  Se refería entonces a las diferencias entre los significados de la genuina educación y el superficial entrenamiento. Correspondería al ser genuinamente educado, además de conocer el “cómo hacer”, plantear el sentido último de aquella acción en los términos más profundos y humanísticos. Por aquellos años setenta ya era suficientemente conocido y respetado el hecho cierto del impacto potencialmente aniquilador del uso de las tecnologías nucleares. Ya  muchos académicos de talla universal -recordar a Linus Pauling, a Karl Jaspers, a Albert Schweitzer, entre otros- habían expresado sus hondas preocupaciones sobre la dirección armamentista y sobre los impactos negativos de ciertas aplicaciones tecnológicas. La ingeniería genética desde entonces -décadas antes del desarrollo del proyecto genoma humano- comenzaba a dar señales de su asombroso alcance. En aquellos años comenzaba a ser posible la modificación de genomas bacterianos mediante la introducción de materiales diferentes provenientes de virus transportadores; aún hoy nos interrogamos sobre las consecuencias de tales acciones experimentales y nos planteamos inquietantes preguntas acerca de las  consecuencias del uso de patentes sobre el material genético y la manipulación diagnóstica o presuntamente terapéutica del mismo.


La educación auténtica supone una sólida fundamentación antropológica -y hay que reconocerlo, también metafísica- en torno al sentido que tiene la asimilación de los saberes. No existe una neutralidad en el conocimiento. Popularmente se afirma que “el saber es poder”y la práctica demuestra que aquello es así, no siempre con el consiguiente beneficio de quienes no saben. Mucho más cuando en un mundo  impregnado de materialismo utilitarista lo que en realidad se promueve es el desproporcionado lucro de determinados individuos, instituciones o intereses que exprimen aquel poder -saber y actuar- olvidando deliberadamente las consecuencias para otros en el largo plazo, omitiendo lo que se ha llamado acertadamente “responsabilidad transgeneracional”.


Educar no es entrenar, es mucho más. Obtener lucro inmediato de una aplicación técnica novedosa no es necesariamente una acción deseable y buena, puede ser incluso, algo injusto y nefasto. El técnico opera la maquinaria en cuyo uso ha adquirido destreza. Pero el educador -hablamos aquí del deber ser- orienta e inspira el buen uso de aquel poder creado y perfeccionado por el talento humano. 


Las reflexiones de Schumacher coinciden con otro de los contundentes escolios del colombiano Nicolás Gómez Dávila, también pesador auténtico, cuando nos recordaba: “Una educación sin humanidades prepara sólo para oficios serviles”.