Columnistas

Un buen pastor para el rebaño
Autor: Alvaro T. López
15 de Enero de 2014


Uno de los grandes cambios que ha sufrido la sociedad de Medellín, se ha producido en materia religiosa: el ferviente catolicismo de antes, ha sido reemplazado por descreídas formas de comportamiento y la proliferación de iglesias y sectas

Uno de los grandes cambios que ha sufrido la sociedad de Medellín, se ha producido en materia religiosa: el ferviente catolicismo de antes, ha sido reemplazado por  descreídas formas de comportamiento y la proliferación de iglesias y sectas que desorientan a la gente. Se debe en cierta parte, a la dirección de nuestra Iglesia particular y a conformación misma de nuestro clero. Los jóvenes parecen estar en una nota distinta a la evangelización y la ayuda espiritual, que es lo que esperamos de jerarcas y religiosos. Llegan a extremos tan perniciosos como el desconcertante uso de aerosoles antibacteriales en reemplazo del lavatorio de manos antes de la elevación, negando el recordatorio de la auto exculpación de Pilatos.


Sin embargo, renace la esperanza de contar con una Iglesia incluyente y comprometida con la gente, sobre todo con la más necesitada, cuando se ve al señor Arzobispo de Medellín interactuando con su grey. En buena hora nos designaron a uno de los nuestros; uno que sabe de las necesidades y penurias de esta parte del mundo; uno nacido en las montañas agrestes y llenas de contrastes físicos y sociales de Antioquia. Era importante que nuestro obispo llagara conociendo el suelo que pisa, que la compasión y la asistencia fueran productos de ese conocimiento paisano y directo de su pueblo. El obispo debe ser más que una figura jerárquica para el clero, debe ser el pastor que indique el camino y que nos devuelva a  los católicos la figura del padre espiritual


 El veintitrés de diciembre lo vimos llegar en medio de un torrencial aguacero, que se volvía más crítico por la topografía, por la dificultad para transitar por unas calles pendientes, estrechas, llenas de vehículos de transporte público de gentes y mercancías, con enormes cerros de basura. Llegó solo monseñor Ricardo Tobón, dispuesto a cumplir con la promesa de rezar la novena de aguinaldo con la comunidad de los alrededores del cerro Pan de Azúcar. No dudo en ponerse botas pantaneras e impermeable para rezar, repartir regalos y bendecir. Tal vez nadie en ese barrio conocía al Arzobispo, a lo mejor ni siquiera sabían que teníamos uno, pero él llegó con la actitud de quien no recela, de quien llega a su casa y a su tierra.


El efecto fue mucho más que el rezo de una novena. Los abrazos a la gente revelaron cercanía y disposición eclesial a la asistencia física y espiritual. La presencia del Arzobispo, sin esquemas especiales de seguridad, son estímulos a  una colectividad olvidada que recobra la fe en su futuro, que deja de considerarse apestada y marginal. A las seis de la tarde, cayendo la noche, aún recorría el cinturón verde en construcción, no había temores. Dos hombres jóvenes, que habrían aterrado por la expresión de sus rostros lo saludaron y pidieron su bendición. Solo se necesitó una tarde, oscura y lluviosa, para que el rebaño reencontrara a su pastor. Cuando bajó nuestro Arzobispo, ya no había asombro en las caras,  ya era parte de ellos.