Columnistas

Democracia secuestrada
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
28 de Diciembre de 2013


Al Estado no le interesa que la gente vote o, mejor dicho, que MUCHA GENTE VOTE, porque quizás cambiaría el “statu quo”. Es el colmo que la inscripción de cédulas en los puestos de votación se haga solo durante UNA semana

Al Estado no le interesa que la gente vote o, mejor dicho, que MUCHA GENTE VOTE, porque quizás cambiaría el “statu quo”. Es el colmo que la inscripción de cédulas en los puestos de votación se haga solo durante UNA semana y precisamente en la víspera de la Navidad, cuando la gente piensa en fiestas, regalos y carreras y no tiene tiempo para recordar que el año siguiente hay elecciones. La inscripción es casi clandestina, sin una campaña masiva, pedagógica, que ilustre a los ciudadanos sobre el derecho a elegir y ser elegido y sobre la mejor forma de ejercer el sacrosanto derecho al voto, el instrumento de participación más eficaz en una democracia. Pero la colombiana es una democracia clandestina, secuestrada por el clientelismo, que se reproduce por el abstencionismo y por el voto de las maquinarias electorales que tienen al Estado como botín y como legitimador de intereses particulares y no como opción de justicia e igualdad.


La soberanía del Estado reside en el pueblo. Y “el pueblo”, esa expresión casi peyorativa, que perdió sentido por su maltrato y abuso, somos todos los ciudadanos. Cada ciudadano es poseedor del poder constituyente, que es como el fuego inicial que da vida a la democracia y que se manifiesta en la capacidad de votar. El poder constituyente es, valga el símil, la lámpara mágica de la cual brota el genio que puede conceder los más grandes deseos. Todo depende de lo que se le pida: si se le pide clientelismo, dará clientelismo; si se le piden cambios, abrirá la puerta para que pasen los cambios necesarios y si nada se le pide –que es la actitud de los abstencionistas- pues permite que continúen las injusticias y los desequilibrios sociales que perpetúan el estado de cosas existente. El poder constituyente, que se ejerce cuando se vota, otorga al ciudadano la capacidad de producir cambios  y, si lo desea una inmensa mayoría, de generar la gran revolución ciudadana que ponga las cosas en su sitio y le devuelva al pueblo lo que es del pueblo: el ejercicio del poder legítimo.  


Por eso mismo la inscripción de cédulas se hace antes de que empiece la campaña electoral, se oculta artificiosamente, se dificulta, se programa en plenas fiestas navideñas, no se promociona, se estrechan horarios.  Porque si miles y miles de ciudadanos inscriben su cédula, estarán motivados para ir a votar cerca de su casa, sin mayores congestiones y con tiempo suficiente para ejercer su máximo derecho político. De resto, si de pronto se anima a votar sin estar inscrito, tendrá que ir a las grandes concentraciones electorales, coger bus o esperar que algún político lo traslade, hacer fila y, como no faltan los enredos, llevarse la sorpresa de que su nombre no aparece en el censo electoral o está anotado para votar en otro lugar. Casos se ven. En el exterior, si no se está inscrito, no se puede votar. 


La inscripción de cédulas debería ser una empresa colectiva, impulsada por el Estado y con la participación de los demás sectores sociales: Las organizaciones económicas, las instituciones educativas, los medios de difusión,  todos poniendo su grano de arena para que la jornada electoral sea una fiesta de la participación y la autonomía, es decir, de la democracia plena. El plazo debe ser más amplio, siquiera dentro del último año y hasta una semana antes de elecciones, pues para eso la tecnología debe brindar las posibilidades y las seguridades con el fin de que los listados correspondan a la realidad y no haya forma de alterarlos o adulterarlos. Pero pese a la revolución informática, la autoridad electoral colombiana sigue apegada a los procedimientos del siglo 19, cerrando inscripciones con tres meses de anticipación, como si las comunicaciones se hicieran todavía por caminos de herradura a lomo de mula y no por Internet.


Qué esperanzas entonces para poder votar algún día a través de Internet o utilizando los dispositivos móviles, a través de los cuales la gente podría inscribir su cédula para votar. Pero no parece posible: La consigna del Estado parece indicar que es mejor la democracia entre poquitos, que solo voten las clientelas políticas y los votos amarrados, para que nada cambie.