Columnistas

Democracia raqu韙ica
Autor: Jorge Alberto Vel醩quez Betancur
12 de Diciembre de 2013


Veinticinco a駉s de la elecci髇 popular de alcaldes, que se cumplieron este a駉 sin celebraci髇 alguna, no han servido para robustecer la democracia ni para construir una nueva cultura pol韙ica que aleje a los ciudadanos del da駃no clientelismo

Veinticinco años de la elección popular de alcaldes, que se cumplieron este año sin celebración alguna, no han servido para robustecer la democracia ni para construir una nueva cultura política que aleje a los ciudadanos del dañino clientelismo electoral y los acerque al uso responsable de los mecanismos de participación ciudadana. Así lo señala la investigación realizada en el segundo semestre de este año por el Grupo de Investigación en Comunicación Urbana –Gicu- de la Facultad de Comunicación Social Periodismo de la UPB, denominada “Cultura política, legalidad y transparencia en tres municipios del Valle del Aburrá”, y entregada el martes en un acto académico realizado por la Gerencia de Antioquia Legal, con cuyo auspicio económico se realizó. 


La democracia es mucho más que elegir y ser elegido. Pero ni siquiera las elecciones de autoridades regionales han promovido el acercamiento de más ciudadanos a los urnas, pues la votación en los municipios se mantiene dentro del promedio nacional, habida cuenta que la abstención en Colombia se mueve tradicionalmente entre el 50 y el 55 por ciento del potencial electoral.


Sin pecar de exagerados, porque las cifras así lo indican, llama la atención que los datos electorales no sufran mayores variaciones en algunos municipios, pese a aumentar el censo electoral.  En Bello, por ejemplo, el potencial electoral en 2007 era de 257.526 ciudadanos y en las urnas se depositaron 122.031 votos válidos para alcalde; en 2011, las personas capacitadas para votar eran 279.417 y los votos válidos para alcalde fueron 124.975, un aumento casi insignificante frente al incremento del número de ciudadanos hábiles electoralmente. La situación de Barbosa es un poco más dramática, si se quiere: Con 29.653 electores potenciales en 2007, votaron para alcalde 17.244 ciudadanos; en 2011, con 33.168 personas capacitadas para votar, efectivamente votaron 17.069, es decir, 175 personas menos que en 2007. Estas cifras pueden significar muchas cosas, además de la expresión visible de que las urnas no atraen nuevos electores; podría ser, que se trata de clientelas fijas, muy constantes y leales a sus jefes políticos, que no aumentan sino que disminuyen. Habría que averiguar, por ejemplo, el número de personas mayores de edad fallecidas en ese período en el Municipio y de pronto se encuentra alguna coincidencia.


¿Qué pasa? Que las personas votan por un estímulo adicional al de sentirse ciudadanos activos, responsables con su ciudad y con su futuro (un favor, una contraprestación) y, por otro lado, que cada día aumenta la decepción de la gente y la desconfianza en los políticos. También sucede que no hay nuevas alternativas políticas, que la gente está cansada de los partidos tradicionales y que en los partidos de reciente creación solo ven una extensión o ramificación del bipartidismo, porque se cambian los nombres pero no las costumbres.    


El paso de la democracia representativa a la democracia directa es un cambio sustancial. Bajo el primer esquema, propio de la Constitución de 1886, los funcionarios solo hablaban, hacían favores y llevaban “soluciones” como caídas del cielo. Bajo el segundo modelo, previsto en la Constitución de 1991, los funcionarios deben hablar menos y escuchar más. Y deben trabajar conjuntamente con la comunidad porque la democracia es el lugar de los acuerdos. En los municipios, hoy como ayer, las relaciones políticas son verticales: de arriba hacia abajo. El poder decide, la comunidad recibe. El poder informa (parcialmente), la comunidad escucha. La comunidad pide soluciones, el poder hace favores. No se ve, siquiera, como un asunto de justicia. No hay planeación participativa ni gestión conjunta o colaborativa. La democracia participativa no ha salido de la Constitución hacia las instituciones del Estado. Y No hay democracia sin ciudadanos activos.


Los resultados de esta investigación y su análisis son válidos en este momento, porque, además, los partidos políticos acaban de inscribir sus candidatos al Congreso y pronto lo harán los candidatos presidenciales, sin tener en cuenta la opinión de los ciudadanos –eternos convidados de piedra de la política colombiana- quienes –en venganza- se preparan para responder a este olvido democrático con el voto en blanco.