Editorial

El tr醤sito de un inmortal
7 de Diciembre de 2013


Su mayor lecci髇 es haber demostrado que el camino de la Noviolencia es, adem醩 de humanista y civilizado, m醩 expedito que el de la guerra cuando de luchar por la conquista de derechos fundamentales se trata.

Con su fallecimiento, Nelson Mandela ocupa el merecido pedestal que la historia le había preparado como padre fundador de la Sudáfrica democrática, esto es, de la Nación libre y plural que incluye a todos sus hijos en el Gobierno, la participación ciudadana y las oportunidades. Ese podio reconoce que su pensamiento y vida son imborrable legado para la humanidad, que los recibe como trascendentales lecciones de ética, pedagogía y acción social para quienes aún soñamos con un mundo que logre superar las injusticias y, consecuentemente, conquistar los derechos conculcados a las minorías. Nos reconocemos estudiantes que desean abrevar en su grandeza, la de los líderes de la Noviolencia en el siglo XX.


En las eufóricas declaraciones que suceden a su muerte, se hacen esfuerzos, a un lado y otro, por comparar los conflictos o desigualdades en otros países del mundo, como Colombia, con el sudafricano, y a líderes presentes con quien fundó su grandeza en la humildad personal y en una gran capacidad de reflexión, que les permitió revisar sus errores para reinventarse, con el esfuerzo que ello impone. Las sociedades afectadas por conflictos armados tenemos todo que aprender de líderes como Mandela y su contraparte blanca, el presidente Frederick de Klerk, lo que comienza cuando comprendamos que él fue único y que las situaciones, los personajes y sus contextos son diferentes.


De sus 95 años de vida, Mandela dedicó 71 a la política. Tenía 24 cuando ingresó al Congreso Nacional Africano, partido de origen racial proscrito por un régimen que impedía el voto de los negros. En 1948, apenas seis años después de iniciar su militancia, fue designado secretario General de juventudes. En el mismo año en que emergía para Sudáfrica la luz que orientó su tránsito a la convivencia y el respeto, el sociólogo Hendrik Verwoerd, de la Universidad de Stellenbosch, en Johannesburgo, ideaba el apartheid, sistema de segregación al estilo nazi, que agravó la discriminación cotidiana que se constituye en violencia cultural inaceptable y que da origen a los recortes de los derechos sociales de las personas excluidas de las oportunidades, y convirtió la segregación política en criminalización del Congreso Nacional Africano y sus líderes, entre ellos Mandela, que sufrió sucesivos encarcelamientos desde el año de 1955 hasta su condena de prisión perpetua y trabajos forzados, en 1964, cuatro años después de que el régimen perpetrara la masacre de Sharpeville.


Una virtud que demuestra la grandeza del hombre a quien los suyos llaman cariñosamente Madiba es la capacidad de reflexionar y buscar caminos. Tras esa matanza que costó la vida a 69 personas negras, incluidos mujeres y niños, su partido defendió la opción guerrillera para combatir al Gobierno que los oprimía cobijado por la indiferencia del mundo, que en la ONU lo tenía como interlocutor legítimo y en las misiones comerciales, como socio de negocios. Entonces, el CNA, con acuerdo de Madiba, buscó ayuda en los países comunistas para fortalecerse ideológica y militarmente, aquella era una opción usual en los años sesenta. Mandela, sin embargo, encontró con prontitud los errores de la acción violenta y retomó la noción que Gandhi había construido en Johannesburgo, la satyagarta, o “resistencia por la verdad”. 


Mandela murió envuelto en las banderas de gloria que conoció en los últimos veinte años de su fructífera vida. Pero vivió con las incomprensiones comunes a los líderes que abrazan las banderas de la Noviolencia, muchas de ellas proclamadas y promovidas por los suyos. Su renuncia a las armas como medio de confrontación, al comunismo como proyecto político y a la expulsión de los Afrikaneers como objetivo de su partido, lo pusieron en contradicción con la ideología de sus copartidarios, a quienes tuvo que convencer de las virtudes y posibilidades de un cambio de método. En los veinte años que corrieron desde su viraje ético, que nunca modificó su rebeldía contra la discriminación, la desigualdad y el totalitarismo, Mandela consiguió romper un régimen discriminador, propició la reconciliación de dos pueblos hermanos que habían llegado a odiarse y facilitó caminos para la superación de muy hondas desigualdades sociales. Su mayor lección es haber demostrado que el camino de la Noviolencia es, además de humanista y civilizado, más expedito que el de la guerra cuando de luchar por la conquista de derechos fundamentales se trata. Toda una victoria de la vida y la democracia, que el mundo celebra al despedirlo declarándolo inmortal.