Columnistas

El reality de hacer política
Autor: David Roll
15 de Noviembre de 2013


Hay que decir claramente tres cosas: la política sí importa, sin políticos no hay política, y si son políticos profesionales, mucho mejor.

Hay que decir claramente tres cosas: la política sí importa, sin políticos no hay política, y si son políticos profesionales, mucho mejor. En su más reciente libro, El Oficio de Político (Tecnos), Manuel Alcántara, el politólogo que ha estudiado la profesionalización de la política latinoamericana magistralmente durante un cuarto de siglo (con encuestas periódicas en casi todos los países), concluye en el epílogo contundentemente: “la profesionalización de la política, en el marco institucional que existe y en función de las relaciones que se dan entre la política y la sociedad, es necesaria y tiende a ser positiva”. 


Por ello para las próximas elecciones es importante recordar, además de que hay que votar y votar bien, que el sistema democrático no funcionaría si no hubiera ciudadanos dispuestos a jugar en esa carrera de obstáculos de la lucha política, que no es para todos los corazones. De hecho, si alguien se le mide, debemos tener más admiración por ellos en lugar de ese disimulado o manifiesto desprecio habitual con el que los miramos, porque además, como lo saben bien los cónyuges e hijos de los políticos, la carrera política no es exactamente un jardín de rosas, sino más bien una especie de decatlon mezclado con reality, con muchas  pruebas por superar. La primera es justamente convencer a la familia y amigos, quienes casi siempre le aconsejarán no meterse en semejante berenjenal. Luego hay que escoger un partido y un grupo político con posibilidades, pero no muy contaminado por escándalos o con demasiados “investigados” a bordo. La tercera prueba es conseguir recursos y apoyos sin arruinar a la familia ni hacerse de “amigos malucos”, que le pedirán cosas idem o lo meterán en procesos judiciales por una mera foto. Lo siguiente es hacer política en una hábil combinación de plaza pública y medios de comunicación, cuál de los dos más llenos de peligros. Además, corre el riesgo de ser coptado a la fuerza o con dulces envenenados por grupos armados ilegales que lo quieren usar de títere y luego desecharlo. Seguidamente, hay que conseguirse los voticos sin demasiada ingenuidad, pero tampoco con trucos descarados que pasen el límite de la legalidad o sean claramente inmorales. Deben estar  ojo avizor de que no les roben la curul en los escrutinios como siguiente reto, y quedar a paz y salvo con las autoridades electorales y las del partido, y por ahí derecho con las listas negras de los Estados Unidos por si acaso. Como bien saben todos los políticos, estas son las nueve pruebas fáciles, porque luego viene la décima y más difícil: como gobernar bien o ser un buen congresista, diputado o consejal sin además meterse en líos o quedarse sin amigos, y eso en sí es una segunda decatlon. El solo manejo de los privilegios propios del cargo es una labor circense, pues debe aprender a distinguir la diferencia entre mandar a recoger al hijo de urgencia al colegio en el carro oficial y el peculado continuado que hace algún primo. Lo más importante es ser hábil para hacer algo realmente útil al mismo tiempo que atiende las peticiones externas, para lo cual hay que volverse un maestro del nepotismo sano y en el arte de decir sí a todo, pero hacer lo que realmente toca. Por añadidura debe soportar que hablen en abstracto de todos los políticos sin distinción de mal a muy mal en casi todos los medios de comunicación y soportar la carga sicológica de que lo puedan amenazar en su integridad personal por su cargo. El reality acaba con la rendición de cuentas ante las autoridades de control, que suele durar años, aunque usted les hubiera pedido permiso hasta para masticar un chicle de contrabando.


A la pregunta que el lector se está haciendo de cómo solucionar el problema de que hacer política honradamente en estas circunstancias sí es en general un mal negocio y al mismo tiempo no recibe tanto reconocimiento como se debiera, Manuel Alcántara en el último párrafo de su libro intenta dar la solución a través del ingenuo y al mismo tiempo sabio y práctico Sancho Panza. Así cuando el Quijote le comenta, a propósito del gobierno de la Ínsula Barataria, que asume Sancho, que “si el gobernador sale rico de su gobierno, dicen d’el  que ha sido un ladrón, y si sale pobre, que ha sido un para poco y un mentecato”; Sancho le responde: “A buen seguro, que esta vez antes me van a tener por tonto que por ladrón”.


Posdata: La Universidad Nacional contribuye enormemente a la modernización política, social y económica del país y a la sana movilidad social que fortalece la democracia. Merece el apoyo financiero del Estado y el respaldo de la sociedad colombiana.


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