Columnistas

Haendel reencarnado
Autor: Olga Elena Mattei
6 de Noviembre de 2013


La Orquesta Filarm髇ica y el Estudio Polif髇ico de Medell韓 se unieron para presentar a su p鷅lico una programaci髇 poco com鷑 en nuestro medio: Una 髉era de Haendel.

La Orquesta Filarmónica y el Estudio Polifónico de Medellín se unieron para presentar a su público una programación poco común en nuestro medio: Una ópera de Haendel. Por motivos que todos conocemos tuvo que ser en forma de Ópera-concierto pero aun así es una oportunidad única para conocer en vivo algo de la obra de este famosísimo compositor alemán, de los siglos XVII y XVI, residenciado en Inglaterra, durante la mayor parte de su gloriosa carrera  como compositor de música sinfónica, coral y operística. En el podio, el  fundador y director de ambas entidades, el laureado maestro Alberto Correa. Desde el comienzo, la Obertura anuncia que se trata de una interpretación erudita y purista.


Al barítono Jacobo Ochoa en el papel del sacerdote, le corresponde la primera entrada. La ejecuta con actitud heráldica. De inmediato escuchamos el primer coro, muy parecido a otros de Haendel, (especialmente, “Unto us”, de El Mesías).


Aquí ya resalta el original y efectivo diseño de la acción teatral, en los desplazamientos de entrada de los miembros del coro y de los solistas, en medio de la penumbra, de manera discreta, y con el efecto de las luces en las cabezas de todos los cantantes. Todo esto, gracias a Diver Higuita,  nuestro tenor, (Júpiter),  quien estuvo a cargo de la dirección escénica.


En el papel de Sémele escuchamos a la soprano Milagros de Los Ángeles Soto, con un timbre notablemente brillante, y con una técnica un poco extraña que resulta en un cambio de timbre cuando pasa de notas medias a las notas más altas. Es capaz de espectaculares gorjeos, con fabulosa potencia de voz.


Y Athamas, el prometido, es el tenor Andrés Silva, quien hace gala de un timbre casi castrato, y maneja con perfecta disciplina los difíciles trinos y escalas de su papel.


Ino, la mezzosoprano Yenny Lorena Restrepo, como la hermana de Semele, también muestra una poderosa voz y muy buena “escuela”.


Avanzan las arias, los recitativos y los diálogos, y se destaca el largo lamento de Sémele que se escucha con bella voz y mucho sentimiento.


Chelo, (Pavel Rusev), y clave,  (Gerson Céspedes), se lucen en el fondo de un suave pasaje  con un peso preciso: nunca sordo ni borroso como sucede aveces, ni robando protagonismo.


Y ahora es Sandra Gómez en los timbales quien demuestra su excelente capacidad en el solo que le corresponde.


Y el trio de Sémele, Athamas y Cadmus se escucha muy sonoro y rítmico. Éste último, Carlos Antonio Arango, presenta una voz bien manejada y con buena pronunciación. Todos los  cantantes exhiben satisfactoria dicción.


En cada coro el polifónico muestra su magnífica preparación, buen ritmo y bella sonoridad.Y la orquesta, eatá manejada con preciosismo y sabiduría. Muy haendelianos los tuttis, con el brillo de los vientos, en especial los cornos, pero también los fagots y las maderas.


Entra a escena el personaje de Iris,  mensajera y amiga de Juno, por Ana María Burbano, soprano, con su sonora y vibrante voz y magnífica emisión.


La voz de Juno, Sofía Salazar, veterana en nuestro mundo lírico, madura cada vez más; parte de un magnífico timbre y reconocida “escuela”, y se apoya, por añadidura, en su innato histrionismo. Fuerte y segura, siempre se luce. Además se viste con elegancia teatral.


Algunos otros personajes figuran brevemente. Entre ellos están el bajo Lucas Tamayo, Somnus, Dios del sueño,  y Jacobo Ochoa, tenor, como Apolo, quien aparece únicamente al final.


Sólo a mitad del acto segundo entra Júpiter, nuestro experimentado tenor. Educado en Alemania y con gran trayectoria en el exterior, se convirtió en  promotor de nuestra lírica, fundando La ópera de Colombia,y despliega  múltiples actividades curriculares.


En su actuación para Sémele presenta perfecto equilibrio entre su timbre y el manejo que le da a su voz, lo cual denota una seguridad altamente profesional. De allí también se deriva la fortaleza con que acentúa sus inflexiones expresivas. Sus difíciles escalas y sus gorjeos resultan formidables.


El tercer acto se desarrolla de la misma manera consistente y erudita, con excelente desempeño de solistas y coros; y con vertical aplomo y horizontal atención al detalle por parte del director.


Los nuevos desplazamientos obligados cuando los coros deben retirarse o reaparecer, se solucionan a media luz, con discreción y sin molestias sonoras o estéticas, 


Ante el problema estético de estos movimientos, se rechazó la estática rigidez tradicional de la Ópera-concierto y se idearon fórmulas discretas, para que coros y solistas se movieron suavemente en líneas, en grupos o en círculos. Y así, se ejecutan las escenas álgidas, como cuando llegó el momento de levantar a la heroína que muere en medio en la desesperación..... 


...Tras de lo cual, los personajes todos cantan sus reflexiones y el finale sube al reino de los dioses como un  coro glorioso.


El maestro Correa dirigió al detalle. Se creería que la música no la producían los instrumentos y las voces sino que era él quien la iba tejiendo a mano sobre la marcha. Lo vimos enganchar cada punto, rematar cada nudo, acentuar cada rasgo, templar la tensión de la tela: la tela sonora. Es un perfeccionista. Y un doble de Haendel por reencarnación. Se nota que ha estudiado esta partitura y la manera personal y musical de Haendel hasta tenerla como un cuerpo sonoro sub-liminal en el cerebro, independientemente de cualquier acción temporal; y también en forma gráfica, como un telón de fondo accesible en cualquier momento. Fenómenos intelectuales de donde nacen todos sus movimientos y... ¡sus resultados!