Editorial

Fútbol y responsabilidad pública
17 de Septiembre de 2013


La violencia alrededor del fútbol ha significado un recorte en los derechos y libertades ciudadanas. Los barrios quedan sin la normal protección por la Fuerza Pública y se van presentando otras restricciones en el transporte masivo y en el derecho

Cuando los periodistas deportivos describen los estadios de fútbol como “máximos escenarios” de una ciudad o región, se está concediendo el carácter de hecho público a  los torneos del fútbol profesional, a pesar de que su promoción y gestión se instalan en el orden y las lógicas de los intereses privados, signados por la aspiración al éxito particular. Se trata, pues, de iniciativas privadas que por su tamaño, se convierten en eventos de ciudad, que como tales, requieren de creciente atención por parte de los administradores de lo público. Esta doble condición (privados y públicos) provoca las dificultades que las sociedades enfrentan para tramitar y resolver los hechos de violencia y vandalismo que giran en torno al fútbol, entre ellos los que el sábado ocurrieron en Medellín.


Desde hace más de una década, el Municipio de Medellín ha asumido con responsabilidad la búsqueda de soluciones a los impactos negativos de las llamadas “barras bravas”. Como medida preventiva y de control, destina gran parte de su capacidad policiva, reduciendo la seguridad de otros sectores de la ciudad para la vigilancia del Estadio y sus alrededores. Como acción central, además, lidera esfuerzos de coordinación de acciones preventivas a través de la Mesa por la Convivencia en el Fútbol. Los esfuerzos de la Alcaldía están respaldados por la Ley 1445 de 2011, que establece fuertes sanciones para las personas responsables de hechos violentos dentro y fuera de los escenarios deportivos, y el Acuerdo 078 de 2010, que promueve la convivencia en el fútbol.


La violencia alrededor del fútbol ha significado un recorte en los derechos y libertades ciudadanas.  No solo se le impone a la ciudad entera el sacrificio de ver los barrios sin la normal protección por la Fuerza Pública sino que se van presentando otras restricciones en el transporte masivo, y en los días previos o posteriores a un “Clásico” aumenta la intranquilidad y disminuye el derecho a gozar la ciudad en libertad. También los buenos hinchas son perjudicados, pues a ellos y sus familias se les niega acceder con tranquilidad a un espectáculo que era de todos, y terminan estigmatizados todos por unos cuantos. Actuar para frenar ese vandalismo es una responsabilidad que hasta ahora la sociedad ha delegado en el Estado, cuando en realidad debiera ser compartida por todos.


El pasado 26 de agosto, por invitación del Municipio de Medellín, se realizó el Seminario Internacional por la convivencia en el fútbol, que tuvo entre sus expositores al premiado periodista argentino Jorge Barraza y al exárbitro Fifa, Javier Castrilli, además de directivos del fútbol colombiano. Los participantes identificaron buena parte de las acciones que esperan que el Estado lidere en procura de evitar el crecimiento de los actos vandálicos, indicando que “por más que queramos acompañar estas iniciativas, es poco lo que podemos hacer”, como señaló el editor jefe de El Gráfico. Su cómoda postura parece aclimatar el peligroso acostumbramiento al vandalismo por una sociedad que se atemoriza, es incapaz de actuar o llega a disfrutarlo como espectadora en un evento de entretenimiento. Esa tolerancia a lo anormal es la que ya se manifiesta en hechos como el “secuestro”, como lo hemos calificado, de la universidad pública por algunos grupos marginales, la aceptación a las agresiones a miembros de la Fuerza Pública o la sospecha gratuita contra soldados y policías, como se puso en evidencia en la crisis de los paros.


Siendo claro, como indica el árbitro Castrilli, que la violencia ocurre porque el fútbol “es aprovechado por unos violentos para generar violencia, lo que se les facilita por tratarse de un espectáculo de masas”, es preciso también recuperar para el fútbol su carácter lúdico, lo que requiere que directivos, medios de comunicación, hinchas y ciudadanos, propendan por el establecimiento de símbolos y lenguajes que defiendan el juego y la estética del fútbol, y que lo hagan invirtiendo esfuerzos y recursos tan importantes como los que por muchos años se destinaron a su entronización como batalla. Es hora de que los principales agentes y beneficiarios de la faceta privada del deporte se comprometan o sean compelidos por la ley, a construir una fuerte cultura noviolenta y ciudadana en torno al fútbol y no se entretengan con pequeñas iniciativas desarticuladas que apenas sí alcanzan a tocar a algunos de los protagonistas de una desviación que amenaza convertirse en tragedia.