Columnistas

Los peligros de las encuestas
Autor: Jorge Arango Mejía
15 de Septiembre de 2013


Posiblemente sea esta la época de las encuestas de opinión y nada pueda hacerse: solamente aceptarlas y seguir sometidos a sus dictados. Pero sí conviene reflexionar sobre ese fenómeno de la vida contemporánea.

Posiblemente sea esta la época de las encuestas de opinión y nada pueda hacerse: solamente aceptarlas y seguir sometidos a sus dictados. Pero sí conviene reflexionar sobre ese fenómeno de la vida contemporánea.


En los últimos tiempos se ha vuelto costumbre entre los que gobiernan el guiarse por la opinión de las gentes, acomodar sus decisiones a lo que empresas dedicadas a investigar la opinión de la gente, dicen que es la voluntad de la mayoría. En esto hay peligros, unos ostensibles y otros no tan visibles pero no por ello menos reales.


Están, en primer lugar, los intereses de quienes encargan la encuesta. Muchas  veces persiguen finalidades económicas, en otras ocasiones, políticas. Si esos intereses coinciden con los reales de la nación o de la comunidad, aparentemente no se causa ningún daño. ¿Pero qué decir cuando son opuestos?


No hay que olvidar que la llamada opinión pública puede manipularse, acomodarse a los deseos o a los caprichos de quienes tienen  el poder o el dinero. Los nazis fueron expertos en el arte de crear mitos, de desfigurar la realidad. En esta materia se destacó Joseph Goebbels, ministro de propaganda, quien lanzó alguna vez los once mandamientos de la propaganda. Basta citar dos de ellos para mostrar hasta dónde esa ideología menospreciaba el pueblo:


“4. Principio de la exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.


5. Principio de la vulgarización. “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”.


En segundo lugar, el gobernante que se vuelve esclavo de las encuestas, corre el riesgo de incurrir cada día en peores errores, porque olvida su papel de conductor y se limita a obedecer a sus gobernados.


En una democracia, cuando se elige a alguien para gobernar, se tiene en cuenta no solamente cómo interpreta el querer de la mayoría en el momento de la elección, sino su capacidad  para trazar el rumbo, para señalar el camino que deba seguirse.  


Ahora el presidente Santos, para recuperarse de su última caída en las encuestas –la mayor que haya tenido presidente alguno en los años recientes- ha publicado la que sería su respuesta jurídica y política a la sentencia de la Corte Internacional de Justicia. No me sumo al coro de los aplausos, porque pienso que, en síntesis, no dijo sí ni no. Se quedó en la mitad del camino y quiso dar una sensación de seguridad que a cualquier buen entendedor tiene que haberle parecido falsa. Lo que está por verse es el concepto de negociación que tiene Ortega y el que quiere aparentar Santos. El primero dice que tratado sí pero solamente para cumplir el fallo como está escrito; el segundo ha querido hacerle creer a la gente que está en capacidad de acordar una especie de línea media que reduzca considerablemente las pérdidas de Colombia. Miro esta pretensión con un sano escepticismo, incompatible con ilusorias esperanzas. Pensar, por ejemplo, que un decreto expedido por el presidente de Colombia, puede modificar o invalidar una sentencia cómo  ésta, es, a todas luces, crear un espejismo.


Habrá que esperar otros capítulos de esta tragicomedia. A la cual, hasta ahora, es difícil augurarle un final feliz. Ni siquiera para mejorar la maltrecha imagen del presidente.