Editorial

Mal comienzo para el Pacto Agrario
14 de Septiembre de 2013


Inquieta el muy posible fracaso del promocionado Pacto Agrario Nacional, porque con él se ahoga una esperanza de los colombianos que aspiramos a que la ciudadanía sea reconocida como legítima porque su palabra argumenta los sueños que defiende...

En los días más difíciles del Paro Nacional Agrario, el presidente Santos ofreció el Pacto Agrario. Entendimos, tal vez con inocencia, que se trataba de un proyecto de amplio alcance en el que los colombianos vinculados con el campo irían a participar en un proceso transparente y democrático con convocatoria a los legítimos voceros de los productores agropecuarios y del pueblo colombiano, muchos de ellos con intereses que podrían entrar en contradicción, para acordar, con todos las renuncias que ello implica, una política agraria integral, incluyente y democrática. Los voceros del Paro Agrario y de los sindicatos decidieron inasistir y los congresistas de comisiones distintas a las quintas lamentaron no haber sido convocados.


Así se reconozca y se gestione como oportunidad de encuentro de los distintos, un proceso de pacto es guiado por el convocante. Por eso, cuando el presidente reconoció la validez de la protesta de los productores agropecuarios y llamó, en reunión con los alcaldes y gobernadores, el país soñó con el nacimiento de una política agropecuaria que resolviera problemas de muchos años y así lo consignó en documentos de propuesta, como el que presentó la Gobernación de Antioquia, tras juicioso análisis con distintos grupos de productores. Estas esperanzas fueron frustradas por el propio presidente al poner el énfasis de su intervención no en la convocatoria a los campesinos sino en que “es la primera vez que se alcanza un acuerdo de fondo con la guerrilla, y precisamente con una que centra su origen y sus principales reivindicaciones en el campo”. 


Los responsables del Paro Nacional Agrario conquistaron el respeto del país tras distanciarse de los violentos y argumentar sus legítimos reclamos y propuestas sobre las dificultades para garantizar sus ingresos, en un marco de mayores costos de producción por los precios de insumos, las reglas sobre semillas y las dificultades de transporte, y grandes problemas de comercialización, atribuibles al contrabando y, según algunos de sus voceros, a los TLC. Para ellos siguen vigentes problemas y propuestas que merecen ser analizados, junto con los que propongan los grandes productores, los importadores, los universitarios, los partidos políticos representados en el Congreso y los desplazados del campo. 


La agenda que el presidente quiere mezclar con la que defienden los campesinos solo considera un punto de seguridad alimentaria, sin desarrollar, y uno general sobre acciones contra la pobreza rural, también sin desarrollo, mientras dedica seis grandes ítems, cuyas precisiones no se han divulgado, a temas de propiedad, tenencia y uso de la tierra, acordados con los latifundistas de las Farc, como marco de lo que pudiera ser una reforma agraria, necesidad vigente del campo colombiano pero, según la demostración de los campesinos, no la más importante ni la que ha sido expresada por portavoces legítimos de los gremios de productores y las asociaciones de campesinos.


Yerra el presidente al pretender usar la expectativa de acuerdo sobre el campo liderada por los productores que se han reunido en torno a las organizaciones de “dignidad agropecuaria” y al convocar a los gremios de producción, que representan agendas y problemas relacionados con el comercio exterior, para forzarlos como legitimadores de un proceso ajeno a sus aspiraciones. También yerra el ministro del Interior, doctor Valencia Iragorri, cuando intenta descalificar su ausencia del encuentro de Bogotá como una actuación partidista: quienes asumieron la vocería legítima de los ciudadanos expectantes por el desarrollo de sus unidades productivas, si bien han alcanzado una voz política, no representan una unidad partidista. Como se ha configurado, inquieta el muy posible fracaso del promocionado Pacto Agrario Nacional, porque con él se ahoga una esperanza de los colombianos que aspiramos a que la ciudadanía sea reconocida como legítima porque su palabra argumenta los sueños que defiende, no porque sus armas amenazan las esperanzas y las vidas de sus compatriotas.