Columnistas

Josefa D韆z del Mazo
6 de Septiembre de 2013


Do馻 Josefa D韆z del Mazo, madre de Atanasio, Pedro y Miguel Girardot, merece un especial reconocimiento de la historia no solamente por sus hijos, todos h閞oes de la Patria, sino por sus propias condiciones de patriota y revolucionaria

Socorro Ines Restrepo Restrepo*


Doña Josefa Díaz del Mazo, madre de Atanasio, Pedro y Miguel Girardot, merece un especial reconocimiento de la historia no solamente por sus hijos, todos héroes de la Patria, sino por sus  propias condiciones de patriota y revolucionaria, aunque no fue mártir en el estricto sentido de la palabra. Nació en Santa Fe de Antioquia, y allá casó con don Luis Girardot. Venía ella de familia muy comprometida con la revolución, pues entre sus parientes, está su primo hermano, Francisco Antonio Zea, hijo de doña Rosalía, hermana de don Antonio, padre de doña Josefa. 


De Santa Fe de Antioquia pasaron a vivir en Medellín, donde nació Atanasio (aunque algunos sostienen que éste nació en Antioquia o en San Jerónimo). Más tarde viajaron a Honda, donde don Luis fue Alcalde de la Santa Hermandad. Finalmente se radicaron en Bogotá donde doña Josefa fue una de las mujeres más entusiastas en la revuelta del 20 de julio de 1810. En la guerra civil entre centralistas y federalistas, la familia Girardot fue duramente perseguida por unos y otros. Don Luis sufrió la cárcel por parte de los federalistas y doña Rosalía por parte de los centralistas. Cuando murió su hijo Atanasio, en el Bárbula, doña Josefa estaba en prisión en Fontibón por orden del General Morillo.


Renunció entonces a la pensión que le otorgaba el gobierno de Bolívar, por ser madre de un héroe de la guerra. Sin embargo a través de su vida, y a la muerte de su esposo, sufrió grandes penurias económicas, pues Morillo había ordenado confiscar todos sus bienes. Pero la historia registra un hecho curioso, en 1823, doña Josefa elevó un memorial al congreso, reclamando los sueldos caídos de Girardot, a los que ya había renunciado, alegando extrema pobreza, (ya no era tan pobre, pues había recuperado los bienes confiscados) y la imposibilidad de sostener cuatro hijas, cuando ya todas estaban casadas. 


Tenida en gran estima por el Libertador, éste visitó la familia para presentar personalmente sus condolencias por la muerte de Atanasio. Doña Josefa entonces, entregó a Bolívar a su hijo Miguel, diciéndole: “Se lo entrego para que a su lado y bajo sus órdenes, mi hijo combata hasta vencer o morir por la libertad de la Patria”. Conocedora de sus derechos, cuando los españoles sacaron a remate los bienes de los criollos, doña Josefa, se presentó a pujar por los bienes que conocía ser de su hijo. Aunque las mujeres de la época recibían una instrucción  en bellas artes, en el manejo del hogar, y en protocolos sociales, doña Josefa era inquieta por temas bien apartados de estos, como la política. Asistía a la tertulia literaria que se reunía en la casa de doña Rosalía Sumalave, madre de los Almeyda, conocidos patriotas y revolucionarios de la época. Con el pretexto de ser una tertulia literaria de señoras de la clase alta santafereña, se ocupaban de los temas que preocupaban a sus maridos y a sus hijos; del desarrollo de las campañas, y de los posibles movimientos de los realistas. 


Doña Josefa, a la muerte de su esposo, casó en segundas nupcias con Ambrosio Almeida, rico hacendado de la sabana. A la muerte de su segundo esposo, recibió una jugosa herencia, lo que la resarció de los muchos años de pobreza sufridos durante la revolución. Doña María Josefa, murió a la edad 84 años, en 1852. Sus restos reposan en el Cementerio Central de Bogotá, hasta hace poco identificados con una lápida con su nombre. Doña María Josefa Díaz del Mazo merece el reconocimiento de la historia, como muchas mujeres de la Independencia, cuyos nombres apenas si figuran como madres o esposas de grandes próceres, por el aliento que siempre dio a sus hijos para comprometerse con la Patria. Por su propia valentía para enfrentarse a la adversidad y defender sus convicciones independentistas. Por esa labor callada, revolucionaria, de estar atenta a todo movimiento realista que pudiera poner en peligro la vida de la Patria. No murió fusilada, murió de avanzada edad, rodeada de los suyos, pero con las profundas cicatrices de la guerra que ella misma, de alguna manera, ayudó a ganar: sus tres hijos murieron en combate; sufrió persecución, cárcel y pobreza.


*De la serie 21 artículos sobre la Independencia Antioqueña, preparada por la Academia Antioqueña de Historia (16/21).