Columnistas

¿Qué ciudad seremos?
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
5 de Septiembre de 2013


Una ciudad es una mezcla asimétrica de territorio, población y cultura, aunque los urbanistas y las autoridades piensan más en el territorio, porque es lo que más renta genera y porque mantiene reinante el espíritu de la especulación.

Una ciudad es una mezcla asimétrica de territorio, población y cultura, aunque los urbanistas y las autoridades piensan más en el territorio, porque es lo que más renta genera y porque mantiene reinante el espíritu de la especulación.


La sociedad capitalista dividió el territorio de la ciudad tradicional según los usos convencionales: residencial, comercial, industrial e institucional. Pero los usos sociales van más allá de la rigidez de los planificadores urbanos. La gente destina el territorio al compás de sus necesidades y de las exigencias de sus vecinos. Así se generaron los usos mixtos, que al mismo tiempo que combinan ventajas y capacidades son fuente permanente de conflictos entre los residentes tradicionales y los comerciantes y usuarios de los nuevos  establecimientos.  El ejemplo típico de Medellín es la larga lucha alrededor del Parque Lleras, entre sus pobladores de siempre y los propietarios de los establecimientos de diversión que colonizaron, hace cerca de veinte años, este otrora tranquilo sector residencial. Muchos años antes había sucedido un conflicto similar en la Avenida La Playa y en el barrio Prado, cuyos moradores cortaron por lo sano y se trasladaron con sus abolengos a El Poblado, para luego salir en desbandada hacia el oriente cercano, unos, y hacia Miami, otros, dispuestos a no compartir su espacio con nadie, dejándoles los amplios y confortables apartamentos a una clase media emergente que gustosamente ocupó los dominios tradicionales de la vieja burguesía paisa, hoy menos numerosa pero económicamente más poderosa, como bien lo establece la cartilla neoliberal. Pero ese es otro cuento.


Hoy ninguna de las categorías de usos del suelo se conserva intacta, con la única excepción de los denominados polígonos industriales, que las ciudades europeas y norteamericanas construyen en la periferia, pero que en Medellín se levantan en Belén, Guayabal, Barrio Caribe y cercanamente en Itagüí y Sabaneta.


Con el común denominador de los usos mixtos del suelo, residencial y comercial básicamente, las ciudades enfrentan la aparición de ciudades dormitorios (cuyos pobladores deben obtener los recursos de subsistencia fuera de ellas) y los cinturones de miseria, que crecen a pasos agigantados. Entre unas y otras se multiplican sectores urbanos autosuficientes, integrados física, cultural y económicamente, para ofrecer a propios y extraños la satisfacción de sus necesidades básicas, los servicios propios de la vida contemporánea (escuelas, bancos, centros comerciales, gimnasios) y espacios propios para la recreación y el ocio, no siempre productivo. 


Medellín tiene unas incipientes microciudades, unas en mejores condiciones que otras. Definir cuáles son constituye un buen ejercicio comparativo entre las potencialidades de El Centro, Ciudad del Río, Carlos E. Restrepo, Laureles, El Poblado, San Antonio de Prado, entre otros asentamientos. Un ordenado equilibrio entre las 16 comunas y los cinco corregimientos como auténticas microciudades cada una con las dotaciones de infraestructura propias de una centralidad sería una forma eficiente de construir una mejor ciudad capital.


Con este escenario de fondo, Medellín se apresta a redefinir los alcances del Plan de Ordenamiento Territorial. Pero antes de tomar decisiones que favorezcan a urbanistas y especuladores, la ciudad, es decir, su gente, debe decidir un modelo de ciudad por el cual trabajar con ahínco, con paso firme y seguridad en las acciones. ¿Seguiremos siendo una ciudad cerrada o podemos aspirar a ser una ciudad abierta? ¿Seremos una ciudad cultural, olímpica, verde, inteligente, innovadora o una mezcla de todas que privilegie la dignidad de la vida humana por encima de los negocios y los intereses particulares?